Momento de una mujer sola y un niño.

 

La mujer era insospechable y usaba una larga pollera negra, plisada cuidadosamente. El marco de los anteojos era muy antiguo, y al observar su rodete el niño se preguntaba cuánto tiempo ella se detenía frente al espejo, muy temprano en la mañana, y con dotes de arquitecta o de artista entrelazaba su largo cabello negro en la carda de los dedos, lo arrebujaba en el aire y lograba ese arreglo que pendía a la altura de su nuca señorial, delineado siempre por las peinetitas de nácar castaña. Para el niño era indefinida la edad de la mujer, pues aunque su aspecto respetuoso le señalaba que estaba en presencia de una señora mayor, vagamente sospechaba que tenía menos años que su madre, en quien no reconocía la misma tersura de la piel, las manos sin arrugas, la frente lisa, el aroma de una juventud encubierta…

 Y aunque su padre lo había advertido muchas veces acerca de la inconveniencia de hablar con extraños en la calle, el niño estaba convencido de que la mujer no podía causarle daño alguno, ella menos que nadie… La había visto por primera vez en la heladería de la avenida, hasta donde lo dejaban llegar solo, pero ojo, sin cruzar; ella, que estaba sentada cerca de la empleada, se acercó para ofrecerle un helado más grande que el que iba a comprar, pagándole la diferencia. Luego se sentaron juntos y charlaron un largo rato, incluso hasta después de que arrojaron los cucuruchos y las servilletas al cesto. Ella le preguntó por el colegio, por los juegos, por su familia… El niño supo que la mujer era viuda y que vivía a una cuadra de allí, sobre la avenida pero en la vereda de enfrente, y sólo pensaba “ojo, sin cruzar”.

 Ese verano compartieron muchos helados, siempre de frutilla y crema chantilly, que eran los gustos preferidos del niño. Ella había pedido toda su vida chocolate y dulce de leche, y recién ahora descubría lo deleitable de los sabores que le agradaban a su amiguito, dulces y claros, agradables al paladar, frescos y suaves como no recordaba nada de su vida reciente.

 --Papá, me hice amigo de una señora.

 El padre lo miró y no dijo nada. El niño le hizo saber que era una señora muy buena, que le compraba helados y le hablaba de cosas amables. El padre no dijo nada, y se asombró cuando la mujer le mandó decir que invitaba a su hijo a tomar la merienda en su casa de la avenida, ahora que el verano terminaba y el clima era más apto para una taza de chocolate caliente que para postres fríos… Miró a su hijo de diez años y no dijo nada, pero se sintió incómodo con la nueva amiga adulta que parecía quererlo bien. Aún así lo autorizó a ir a merendar con ella el sábado siguiente, y por primera vez le dio el exequátur para cruzar solo la avenida, respetando las luces de los semáforos y fijándose bien que no viniera ningún auto…

 Al niño le temblaban las manos cuando pulsó el timbre que estaba junto a la puerta negra que resguardaba a la mujer. Intuía en su visita algo incitante y vedado, pero no podía precisar con certeza qué era. Los minutos que ella tardó en abrirle le parecieron eternos, pero se relajó cuando vio su sonrisa y recibió un beso en la mejilla que lo alentó a pasar al enigmático interior.

 Subieron una larga y crujiente escalera y llegaron a un enorme comedor, con una mesa de caoba en el medio y repisas con infinidad de fotografías en blanco y negro. Sobre la mesa estaban las tazas, las masas finas, las servilletas primorosamente dobladas. Sintió que nunca lo habían agasajado así, ni siquiera en su cumpleaños, y se llenó de orgullo, mientras la sensación extraña que había sentido antes de entrar le roía las ideas y lo abandonaba sin respuestas frente a un sinnúmero de interrogantes que él percibía como una vaga inquietud.

 Notó que ella no tenía puestos los anteojos, y que el cabello caía sobre sus hombros y su espalda con una libertad nueva. Y sólo entonces se percató de que la mujer tenía unos hermosos ojos verde-oscuros que lo miraban desde muy adentro, con una mirada parecida a la de su madre cuando no estaba enojada y no sufría una crisis alcohólica.

 --Fíjate, este era mi marido.

 El hombre lo observó con gesto adusto desde un retrato en sepia, casi como si le reprochara algo.

 --Lindo traje –se le ocurrió decir, y supo que era otra de las tantas  estupideces que se le escapaban cuando no sabía qué decir.

 Ella rió con ganas, mientras ponía otra vez la foto en la repisa correspondiente (se veía que era una señora ordenada y metódica). El niño degustó las masas finas tratando de no demostrar ansiedad, aunque hacía mucho que no le servían manjares de confitería tan ricos como las bombas de chocolate,  las trufas, los pañuelitos de crema y frutilla que tenía frente a él…

 Entonces sus ojos se detuvieron en una foto diferente, la única de color que había sobre el estante del rincón opuesto al ventanal. Estaba separada de las demás, y sobresalía tanto en la geografía de la sala que se asombró de no haberla visto en primer lugar, de no haberle preguntado a ella, antes que por las otras, por la imagen de ese niño, que por cierto no carecía de semejanza con él.

 --¿Quién es ese chico? ¿Otro amigo?

 Ella sonrió y le tomó la mano sobre la mesa. Después se incorporó lentamente, levantó el retrato y se sentó junto al niño, muy cerca del niño, tan cerca que le permitió sentir su calor. Detuvo la imagen del otro chico frente a los dos, y habló con una modulación suave y tierna, que por un instante le recordó algunos momentos con su madre, pero hacía mucho tiempo, antes del alcohol, antes de la locura y de todo…

 --Se llamaba Martín. Y no es un amigo; mi único amigo eres tú… Él era mi hijo…

 --Ahhhhh… Y ¿dónde está? A lo mejor podemos hacernos amigos él y yo…

 Una sombra aleteó sobre el rostro de la mujer, y el niño pensó que había dicho una nueva estupidez…

 --No, no vas a poder conocerlo. Ya no está entre nosotros… Pero gracias… Estoy segura de que habrían sido muy buenos compinches…

 La mujer le dio un beso en el cachete, lo despeinó en un gesto de ternura, y volvió a poner la foto de color sobre la repisa del rincón. Después se recompuso y le ofreció más chocolate con leche.

 --Bueno, voy a tomar otra taza. Está  muy rico…

 --Ya te lo traigo.

 Ella iba a llevar las tazas sucias cuando se escuchó el sonido del timbre, nervioso e insistente. Dejó las tazas nuevamente sobre la mesa y bajó con el ceño fruncido, indagándose acerca de la inoportuna visita. El niño aprovechó ese momento de soledad para llevarse otra masa fina a la boca, justo cuando la voz de su padre llegó a él desde la puerta de calle, alterada y enérgica, en un incremento resonante que caracterizaba otro de sus progresivos arranques de furia.

 Lo oyó insultar a la mujer, que no atinaba a defenderse de la andanada de improperios e imprecaciones. Lo oyó acusarla de depravada, de degenerada y abusadora de menores, escuchó claramente cuando le gritaba “puta vieja”. Después fueron los pasos de su padre los que agitaron golpe a golpe la escalera de madera, hasta que lo tuvo junto a él sujetándolo por un brazo.

 --Vamos a casa, y no te quiero volver a ver con esta mujer, mucho menos acá.

 --Pero papá…

 --¡Pero papá las pelotas!… ¡Vamos!

 Bajaron en dos o tres trancos y pasaron junto a la mujer, que permanecía petrificada en la puerta de la casa, del lado de adentro. Jamás se había sentido tan humillada. Cuando vio que el hombre, furioso aún, jalaba a su hijo como a una cometa, y cuando cruzó su mirada con la que la observó furtivamente desde un pequeño rostro arrebatado de vergüenza, supo que el niño sentía la misma mortificación. Alea jacta est… Pensó que estaba jugada en la tarde gris, que el niño y ella estaban jugados como dados que el destino acababa de arrojar sobre el paño de la tarde verde. Y cerró la puerta detrás de los últimos agravios, de la cólera injustificada que se alejaba por la avenida, del niño que no era suyo y que se parecía tanto a Martincito…

 Como en esa época las heladerías cerraban todo el invierno, no volvió a verla por allí. Tampoco se cruzó con ella en la avenida, y no se atrevió a pasar por la puerta de su casa, a tocar su timbre, a espiar su salida o su entrada… El verano siguiente el padre desactivó permanentemente la consigna de “ojo, sin cruzar”, pero aún pesaba sobre él la prohibición de acercarse a la mujer. Unos meses después se mudaron a otra ciudad, y allí el niño padeció la adolescencia y descubrió el amor.

 En su casa nunca se volvió a hablar del asunto, y para él fue mejor así, pues prefería no mancillar innecesariamente el recuerdo de la mujer… El niño pensaba que su padre nunca iba a cambiar de opinión acerca de aquel episodio, pero él se comprometió secretamente a buscar a la mujer algún día, a mirar de frente sus ojos verde-oscuros y a pedirle perdón.

 

 Agosto 18 de 2004.