La ley de Moraga (el que la hace la paga).

 

“Mira a quien tengo acá, po. Ni más ni menos que a Moraga, el culiao que tuve de profesor en sexto grado. Hazte el vivo ahora si puedes. Ahora que la venda te separa de mí y de todo, y que ni siquiera te da para rascarte el culo porque te hemos atado a la espalda y arrojado al agujero más húmedo de este hotel… Tú ni te debes acordar de mí, eso es seguro. Yo era el cabrito esmirriado de la tercera fila al fondo, a quien le enseñaste a sentarse como se debe a punterazos en la espalda o con la presión de tus dedos sobre mis hombros, jalándolos pa`trás... Chucha que me jodías, culiao. Pero chucha que lo lograste. A veces me acordaba de ti en los años del entrenamiento militar, porque ahí había que sacar pecho a la fuerza y dejarse de joder. Si pudieras verme ahora estarías orgulloso de mí, pero no te voy a hacer el servicio, po. Déjalo así. Este es mi turno de enseñarte cosas, vai a ver. Has caído bajo mi ley, la ley de Cuevas.”

 Moraga oyó que unos pasos enérgicos trasponían la puerta de metal y se acercaban a él. Una mano firme lo sujetó por la nuca mientras la otra mano le pasaba por la boca un trapo remojado.

--Agua, agua…, por favor…

 “No podí tomar agua. Mínimo tienen que pasar cuatro horas después de la picana, y no quiero que te me mueras tan pronto, o no quiero que te mueras. No sé. Nunca te tuve ojeriza, y siempre respeté la ley de Moraga porque era justa y merecida. Eso era entonces, claro, en la escuela 75… Después me contaron cosas feas de ti, po, y la vida nos arrojó a este calabozo hediondo donde vamos a huevear un tiempo. Tú en el piso sin saber qué te va a pasar, yo tratando de que digas la verdad y sin que malicies qué te va a pasar… Cómo se te ocurre, penca. En qué cabeza cabe enfermar la mente de los chiquillos con toda esa mierda comunista…”

 --Por favor, un poco de agua…

 --No puede tomar agua… Aguaite, maestro.

 --¿Maestro? ¿Me ha dicho maestro?

 “Puta que la cagué. Ahora sí que metí la pata. O tal vez no, y en el estado en que te han dejado no podrías reconocer ni la voz de tu madre. Después de todo te he llamado por tu oficio, como bien podía haberte dicho plomero, doctor, zurcidor… Pero te he dicho maestro, huevón. Se me ha escapado como si aún tuviera doce años y tratara de torear tu ley, po.”

 --¿Usted ha sido alumno mío?

--No diga zonceras, deje de malgastar saliva.

 --Déme agua… Se lo imploro.

 --¡Cállese de una vez! Va a tomar agua en unas horas, a menos que desee morirse con los primeros tragos.

--Morirme… Morir con un vaso de agua sería bueno, antes de que usted y… los suyos me maten… como a una cucaracha.

 --Eso nadie lo sabe… Sólo usté sabe si lo merece… Nadie lo mandó a enseñarle a las criaturas la basura esa… lo de la igualdad, los derechos, toda esa huavá…

 --¿Acaso no es lo mismo que le enseñé a usted? Y aquí está…

--A mí nada me ha enseñado… A mí…

 --Seguramente usted aprendió buenas costumbres conmigo…, a pararse bien, a sentarse correctamente, algo de modales…

 --Mire, señorcito, yo no lo conozco, ¿entiende?

 --Alguna otra cosa buena le habré inculcado para que esté aquí, humedeciendo mis labios.

 --Me han encargado que haga salir la verdad de esos labios…

 --La verdad…

 “Si, la verdá, Moraga. Dé nombres, direcciones, situaciones… Sólo eso podrá salvarlo. Invente. Exagere. Distorsione, qué sé yo… Después de todo tai jugándote la vida, y esto no es un colegio. Acá no te dan un diploma, sino la vida o la muerte…. Mira, en el fondo sé que todo esto es un enorme error. Huele a podrido, pero ya está. Es así… Sálvese, maestro. Yo sé por qué se lo digo.”

 --Si, la verdad…

 --La verdad es que soy maestro de primaria desde hace 30 años. Y de mis aulas han salido mejores personas de lo que eran en marzo… Usted tampoco es malo, pero la vida nos dio papeles antagónicos para representar, y hay que ser consecuentes con el rol que nos toca.

 --¿Consecuentes?

 --Quiero decir que no podemos esquivar el bulto a lo que tenemos que hacer. Yo debo morir acá, y usted es el encargado de ejecutarme injustamente.

 Cuevas volvió a pasar el trapo por los labios de Moraga, que lo chupó con efusión. Después dijo “gracias” y dejó caer la cabeza, ignorando la presencia del guardia, que seguía de pie y mirándolo como a un raro espécimen.

 --Vamos, Moraga, hable. Estoy aquí para escucharlo.

 Moraga levantó la cabeza hacia la oscuridad de la venda. Su carcelero creyó por primera vez que iba a despacharse con una confesión.

 --Tiene que haber sido en la escuela 75… Por su voz estimo que anda por los treinta y tantos, y en los días de su infancia yo enseñaba ahí, todas las mañanas.

 --Pierde el tiempo… Mejor concéntrese en lo que deseo saber.

--Es que los dos deseamos saber… Si fue mi alumno, me debe eso. Dígame un año, una fila, y lo identificaré.

 --¿Acaso recuerda a todos los alumnos que sufrieron su ley?

 --Mi ley siempre fue ecuánime, magnánima…

 --Oiga oiga, no me hable en latín…

 --Mi ley debe haber sido justa incluso para usted… Un año, déme un año…

Cuevas transpiraba la camisa, y luchaba por no perder el anonimato… Pero qué tentador era ser reconocido por su viejo maestro, si es que en verdad Moraga tenía tan buena memoria. Lo mejor hubiese sido encontrarlo en la avenida, saludarlo, invitarlo a almorzar con la patrona y charlar de bueyes perdidos, o simplemente cruzar dos palabras de afecto y seguir de largo… Y qué distinto era todo. Venir a toparlo acá, con la orden de la superioridá de hacerlo confesar y matarlo… Las vueltas de la vida… Será de Dios…

 “Tá bien, guatón. Tú lo pediste. Ahí te va… “

 --1952.

 La frente del viejo maestro se contrajo, como buscando el recuerdo correcto.  

 --Permita que me ubique… 1952… Asumió la presidencia Ibáñez, el del ruido de sables… Hizo mucho frío ese año… Yo era un joven maestro, y hacía mi trabajo con la ilusión de estar formando buenas personas… Si, ya recuerdo… Dígame su fila, alumno, y lo identificaré… Sólo usted y yo lo sabremos… Su fila…

 La palabra “alumno” le sonó a Cuevas como un latigazo, y le impuso un respeto que creía conjurado con los años. Algo parecido a las rebeliones de esclavos del Caribe, que los amos no podían derrotar con armas de fuego sino con los látigos que inspiraban obediencia.

 --Tercera, contando del ventanal.

 --Tercera fila, me parece verlos. Adelante estaba Matorras… Salinas… Pérez… Iñiguez…Cuevas, y al final Sandoval… Creo que así era la cosa… Matorras trabaja en la fiscalía, no podría estar parado frente a mí, complicado en mi muerte. Pérez tuvo un accidente poco después de aquel año, y quedó lisiado, pobre… Salinas tenía ya entonces modales femeninos, no lo imagino calzando esas pesadas botas que vienen retumbando por el corredor y me anuncian su arribo. ¿Voy bien?

 --Usté sabrá, maestro.

 --Si, voy bien… Iñiguez resultó docente, como yo. Ese muchacho es mi orgullo. Lo he visto con el guardapolvo blanco, pero qué le voy a explicar estas cosas… Así que quedan Cuevas y Sandoval…

El corazón del captor se hizo un nudo. Por un instante deseó ser Sandoval, aquel mequetrefe que lo molestaba permanentemente.

 “Vamos cabrón, no puedes saber cuál de los dos soy.”

--Alumno, usted es Cuevas. Recuerdo cuánto lo molestaban Sandoval y su grupo, a pesar de mis intervenciones… Usted no sabía defenderse entonces,  y en verdad era una preocupación para mí ayudarlo a sentirse seguro, a salvo… Recuerdo que no era bueno en el estudio, pero tenía tesón, era insistente… Se acercó a mí en la fiesta de fin de curso, me obsequió un pañuelo bordado por su madre…

De los ojos de Moraga cayó una lágrima. Una sola. Un reproche íntimo.

--Carlos Cuevas, cómo está su madre…

--Mi madre ha muerto hace unos años, maestro…

--Quizá sea mejor así. Sino tendría que pedirle perdón, por no haber hecho bien mi trabajo…

--Usted hizo bien su trabajo. Pero la patria está en peligro, esto es una guerra…

 --Alguna vez le enseñé el concepto de patria… No se escude tras esa palabra para justificarse… Déme agua.

 --Patria si, agua no, maestro… No puede beber aún.

 --Pues retírese, alumno Cuevas… Necesito descansar.

--Descanse, pero piense en confesar. Sólo así tendría alguna chance…

 “Puta que es duro el maestrito, no ha cambiao ná´.”  Y se fue hocicando por el corredor, maldiciendo su sino. “Justo Moraga, no podía ser otro culiao comunista… Justo el maestro.”

 --Despierte, hombre.

 Era el día siguiente. Moraga había sido puesto en la parrilla, y sólo deseaba morir.

 --¿Cuevas?

--Si, maestro, soy yo. Qué tai haciendo, hombre. Dejai que tu vida se vaya por la cloaca…

 --Mi vida ya no importa… Usted sabe, alumno, que no saldré de aquí…

 --No… No saldrai vivo, maestro. Pero te juro que yo no tengo na´que ver, yo sólo cumplo las órdenes de la superioridá…

--Lo sé… Pero está aquí, y va a recibir el castigo que impone la ley de Moraga… Después de que yo muera, esto es lo que hará…

 Dos días después lo mataron. Cuevas salió del cuartel como siempre, fue a la parada de buses, esperó, viajó diez minutos alejándose con la mirada en dirección al mar. Bajó cerca de su barrio, pero antes de ir a la casa pasó por la calle comercial para hacer unas compritas. Eligió dos flores para su señora, chocolates para los niños, tres cuadernos de caligrafía para él y un bolígrafo nuevecito, de punta fina.

 Esa misma noche, cuando todos dormían, se sentó a la mesa de la cocina y empezó a hacer la tarea que le había mandado el maestro. Hacía años que no practicaba caligrafía, eso no podía hacerle daño. La mano que había matado tomó el bolígrafo casi con pudor y comenzó a dar trazos inseguros al principio, pero más y más firmes a medida que llenaba las hojas con la frase

No debo matar al prójimo

 

Esa noche completó dos hojas, la siguiente seis, el domingo avanzó bastante cuando la familia salió a pasear. Dos semanas después había escrito la frase más o menos mil veces, y se sintió exculpado de la muerte del viejo maestro.

 “Ya está, Moraga, he cumplido con tu ley…”

Y vaya que la penitencia le vino bien. En las últimas páginas del tercer cuaderno el acento caía sobre la “o” casi con elegancia. La pancita de la “b” era idéntica a la de arriba y a la de abajo… Y no había “j” que no tuviera su sombrerito de punto.

 

26 de junio de 2005