La gaviota de oro que llegó tarde.

 

La cantaba Romuald, un francés desconocido que tenía una voz increíble...

Recuerdo que nos colábamos en la Quinta Vergara por el cerro, es decir por los alrededores del anfiteatro, porque no teníamos dinero para pagar la entrada. Ya que era imposible llegar a la zona de las butacas,  subíamos a los árboles como los monos y desde allí, con prismáticos prestados, veíamos a los  artistas y escuchábamos la música que a veces el viento empujaba hacia nosotros.

Era 1973. Era febrero, y vivíamos una belle époque americana. Después vendrían meses difíciles, huelgas, protestas, cacerolas, paro de los camioneros, y finalmente septiembre, con el ocaso de la fiesta y de la esperanza socialista… Pero en febrero lo único que nos preocupaba –y mucho- era quién ganaría el festival de la canción de Viña del Mar. Poco a poco habíamos conocido los temas del concurso, prestado atención a las voces de sus intérpretes, indagado por los autores y compositores que tentaban a la suerte. Por ahí andaban los “detectives musicales” (entre ellos Lucho Saravia), tratando de descubrir los posibles fraudes que solían pergeñar los malintencionados participantes, por ahí andaban los que apostaban a los resultados impredecibles…

En fin, paulatinamente descartamos a los otros. No cabía duda: Romuald era el favorito. Su voz potente y abaritonada, pero dulce y expresiva al mismo tiempo, lo convirtió en el preferido de nuestro grupo de amigos. Algún renegado discutía, alguien de nacionalismo exacerbado mencionaba a la canción vernácula, pero el francés… la pucha, el francés era muy bueno.

Claro que Romuald corría con el caballo del comisario, porque la canción con que participaba había sido escrita nada menos que por Jourdan y por Caravelli. El propio Caravelli, una gloria de la música parisina, estaba sentado en primera fila, emocionándose con su creación, "Donnez-moi le temps". Por esa época aprendíamos algo de francés en el colegio, y sabíamos que eso quería decir algo así como dame el tiempo, dame tiempo, dame algo… La primera vez que escuché el tema (en francés, claro) lo entendí a medias, pero me gustó. La segunda no lo podía creer. La tercera me convencí de que era una composición soberbia, y de que sin duda ganaría la gaviota de oro.

Ese año no hubo invitados conocidos en el show internacional, con la excepción de Julio Iglesias, que todavía cantaba en español. Pero saltamos con el grupo Cenizas y con Gino Renni, pues dieron un toque de desenfado argentino a la solemnidad y acartonamiento que tenía el espectáculo…

Y fue discutiendo y colgándonos de los árboles como llegamos al día en que se conocerían los resultados de la competencia, en que se sabría quién se iba a quedar con el tercer premio, quién con el segundo,  quién (Romuald, por supuesto) sería proclamado ganador de 1973…

Pudo más el chauvinismo, creo yo, en un año en que el país necesitaba éxitos internacionales, cualquiera que fuese… Creo que el mismo mecanismo con que los argentinos ganamos el mundial de 1978, hizo que en 1973 Chile se quedara con el triunfo en el Festival de aquel febrero. La canción ganadora era irrecordable, y el intérprete no tenía voz, no tenía rostro, sólo una bandera… Ceilán se apoderó del tercer puesto, y Romuald y Caravelli consiguieron un honroso (pero injusto) segundo lugar.

Ese día no estábamos equilibrados en las ramas de los árboles. Habíamos conseguido pagar la entrada y presenciar la entrega de los premios, a lo mejor porque –en mi caso- estaba pisando el anfiteatro por última vez. Hacía frío cuando salimos de ahí, y caminábamos en silencio y decepcionados. No podíamos creer que los franceses y su canción pasaran sin pena ni gloria, sólo porque el premio debía quedarse en casa.

Un mes después todos cantábamos esa canción, que la radio pasaba cacofónicamente. Poco a poco se hizo evidente lo que al principio apenas supusimos: que sólo una maniobra política había retaceado a ese poema musical el premio merecido. Aunque apoyábamos al gobierno de Allende en esos momentos difíciles, comprendíamos que algún funcionario de segunda línea, algún tarado que creía hacer lo correcto, en realidad acababa de cometer una injusticia y una estupidez.

Después la popularizó Frank Sinatra en una versión de Paul Anka, que se llamó “Let my try again”. Y por supuesto, todo el mundo la cantó, muchos se emocionaron, y el disco se vendió por cientos de miles. (Eso si, aunque la cantaba “la voz”, carecía de la emoción que Romuald transmitía en su versión.) Me parece que también la paladeó Elvis, “el rey”, y cientos de otros que no vienen al caso. Pero el francés…, la pucha, el francés era muy bueno.

27 años tardó la reparación de la falta. Esto recién sucedió en febrero del  2000, tardía pero necesariamente. En esa oportunidad “Laissez moi le temps” ganó el premio a la mejor canción en la historia del Festival Internacional de Viña del Mar, y entonces sí, le otorgaron la gaviota de oro y una suma muy importante en dólares.

Para entonces ya no importaban Romuald, Caravelli o Jourdan. La canción tenía vida propia, tenía una historia de frustración y poesía, tenía belleza y amarguras, casi como nosotros mismos… Y aunque el desagravio fue muy importante, aprendimos que en la vida de los pueblos rara vez el deporte y el arte quedan al margen de las luchas históricas.

En fin, la canción ganó, con el tiempo ganó, y dejó de ser rehén de los vaivenes políticos de 1973. Hoy sigo escuchándola con placer, aunque daría cualquier cosa por conseguir la vieja versión de Romuald, que con su ausencia sólo demuestra que Internet dista mucho de ser perfecta.

Y claro, el título resultó profético, porque como si fuese una promesa de éxito, la canción pedía tiempo, dame tiempo, dame le temps.

 

23 de septiembre de 2003                                 

 

Cortesía de Miriam Chepsy

Gentileza de Sandra Tardel

El video en youtube