El doctor Donoso.

 

Con los años había adquirido el insano hábito de acomodar la hora a sus necesidades sociales. Adelantaba ocho minutos las manecillas para no llegar tarde al primer show de Laura, o las movía diez minutos hacia atrás cuando no deseaba delatar su ansiedad en una cita clandestina. Esta forma de trampear con el mecanismo y de endilgarle sus culpas había cesado la tarde anterior, después de sintonizar radio-reloj y de poner las saetillas donde dictaba el movimiento del mundo: la hora exacta, los minutos precisos. Incluso el reloj pulsera le pareció más varonil y honesto cuando lo sincronizó con la realidad. Se lo había vendido un viajante argentino cinco o seis años antes, aseverando que estaba enchapado en oro y que provenía del sur del paralelo 42. Lo primero era fácil de comprobar, pero el otro aserto  recubría al adminículo con un halo incierto de misterio y nobleza que sugería tierras gélidas y exención impositiva. Laura lo miraba de soslayo y sonreía, pues no imaginaba a su hombre sin esos pedacitos robados al tiempo que lo ayudaban a tramar su vida.

Pero lo más bello que el destino le había puesto en el camino era Laura, no la joya austral. Lo primero que supo de ella fue que disfrutaba la “leche con sabor” de frutilla, pues la veía en el almacén cuando adquiría aquella asquerosidad viscosa. Le agradaba el dosel de su flequillo rubio oscilando sobre los ojos verdes y la nariz perfilada, y la sonrisa traviesa que inventaba una complicidad. La tarde era el momento del día señalado para encontrarla en el almacén, y el almacén el sitio más extravagante para iniciar un gran amor… Esa fue su primera sorpresa.

El asombro que siguió quedó al descubierto cuando ella se desnudó con gestos lentos y vacilantes, y le ofreció la exquisitez de un cuerpo insospechado bajo el vestido suelto que usaba para hacer las compras. Las manos le temblaban cuando la despojaba del corpiño ceñido y de la bombacha escasa, y cuando aún estaba de pie, mirando su desnudez como a un manjar bien servido. Laura era blanca y diminuta, pero la exhuberancia y armonía de  sus curvas lo dejaron sin aliento un instante antes de amarla por primera vez.

El tercer estupor provino de su boca roja y temblorosa, dos tardes después, cuando volvían del almacén. Ella pugnaba por decirle algo desde el primer beso, y al fin había acopiado la resolución necesaria. Su reacción inicial fue de apatía, después de oírle confesar que trabajaba en la noche. Inmediatamente lo pensó mejor, y las palabras le latiguearon el corazón: “Trabajo de noche”, y sus ojos culpables, y el balbuceo de la voz, lo condujeron fatalmente a donde ella sabía que apuntarían sus recelos de macho. Pensó: “es puta”…

--Eres…

 El vocablo puta se le enzarzó en la mirada, pero ella comprendió y sonrió con amargura mientras él hurgaba en su memoria por un sinónimo más amable.

 --No, soy striptisera. Hago strip-tease en “Las Tinajas”, todas las noches menos los lunes… Si quieres puedes ir a verme… cuando gustes... o puedes dejarme… si crees… pero no soy… -E insistió, como para ella misma:- No soy.

No sólo se desnudaba; también hacía copas, departía con los clientes y tomaba té con hielo de aspecto etílico. Laura no era puta, y se enteró de que además era “Dafne”, que en griego significa laurel, porque la mitología contaba que en eso se había convertido Dafne para escapar del asedio de Apolo, en un árbol de laurel… De a poco fueron brotando los jirones de la vida de una mujer: un ex amante de prosapia nacional y negocios espurios, un hijo criado por la abuela esquiva que lo mantenía apartado de las “indecencias” de la madre cuya sangre las unía, y al final los detalles menos espectaculares y más íntimos, que son los más pertinaces, como su deleite con las plantas y su afición a los comics.

“Las Tinajas” era un salón enorme y penumbroso que segmentaba en dos mitades casi idénticas una manzana de negocios imprósperos y de casas bajas abiertas al sol. En el amplio vestíbulo donde los transeúntes se guarecían de la lluvia reposaban dos previsibles tinajas tropicales, grandes y del color del cacao, gastadas desde mucho antes de encallar en aquella boite de Viña del Mar. Dos pesadas cortinas forradas con terciopelo rojo, separadas por un rellano de medio metro, sumían a los clientes en un recinto de luces pálidas y oblicuas que provenían en su mayor parte del gran escenario ubicado al fondo. Las centellas rojas de los cigarrillos menudeaban en aquel falso crepúsculo como estrellas en el firmamento, entre el ruido de los vasos y el embrollo de las conversaciones trasnochadas. Cuando los ojos se adaptaban a la parvedad de la claridad era posible distinguir las caras, los cabellos rubios, los besos y sonrisas, y los mozos zigzagueando con pericia entre las mesitas que cubrían dos tercios de la superficie.

A la derecha de la cortina roja interior estaba el mostrador forrado con cuerina negra y grandes tachas plateadas, a donde los mozos recurrían permanentemente para reabastecer sus bandejas, bajo la mirada atenta del maître de porte elevado y peinado a la gomina. En los extremos se abrían las escaleras que trepaban a los palcos longitudinales y angostos que el último dueño había mandado construir a cada lado, y que a la larga constituían una mala inversión, porque sólo se refugiaban allí los músicos en sus intermedios, las putas cansadas y los clientes más desdichados.

El último tercio de la planta baja era un espacio libre que se abría frente a las mesas más alejadas de la entrada, y se usaba como pista de baile. Dos orquestas, la típica y la sonora, se alternaban de a media hora antes de cada uno de los espectáculos; los intérpretes se apretujaban con sus instrumentos a la izquierda del escenario y desde allí perfumaban el ambiente con melodías repetidas seis días de la semana, mientras la concurrencia iba abandonando sus sillas atraída por el baile argentino y por los menos complicados y tristes del norte tropical, en los que trataba de demostrar destrezas heterodoxas.

Súbitamente el rincón de la orquesta quedaba vacío e inmerso en la sombra, se encendían las luces más potentes y los reflectores que destacaban el escenario, y la voz de Tony anunciaba en off que boite “Las Tinajas” se complacía en presentar su show “internacional”. Entonces iban desfilando las artes más heterogéneas que se podía imaginar reunidas sobre unas tablas, comenzando por el bolerismo de Leticia Rivera, “la voz que encanta cuando canta”, quien interpretaba antes que nada “La hiedra” con ánimo y suavidad, porque ese había sido el bolero con el que debutó en la profesión y no podía desligarse de la cábala. La seguía un mago taciturno y parco que antes había actuado en un circo itinerante y que por eso nunca se habituó a un público tan diferente y poco receptivo, según confesaba a quien quisiera escucharlo detrás de bambalinas. Enseguida salía el cómico, sañoso con la gente y siempre dispuesto a aceptar una dádiva para enojar al cumpleañero de turno.

El plato fuerte empezaba con “Salomé”, que se desnudaba de prisa y había adelgazado mucho en las últimas semanas, al extremo de provocar su despido por el director artístico, quien para colmo de males no había conseguido llevarla a la cama. A continuación Jesús Lema, un recitador gitano con acento andaluz y pasaporte argentino, nacido en Devoto y exiliado doce años en España por desavenencias con la temible Policía Federal… Y finalmente las  mujeres que se quitaban la ropa al compás de sones voluptuosos destilados por los parlantes, en una seguidilla cuyo orden respetaba estrictamente la escala de belleza que las diferenciaba entre sí.

Dafne era sin duda la más hermosa, y por lo tanto siempre cerraba el show con un strip-tease desmigajado en tiempo de blues, que como toda la que perdura, comenzó siendo una música del diablo. Ella misma había llevado el disco para su acto, convencida de que esa pieza con armónica y guitarreo eléctrico cadencioso, que narraba un desamor, era la que mejor sonorizaba el tempus interior con el que se despojaba de las prendas y se abstraía del gentío.

 Él solía subir por la escalera de la izquierda y se sentaba en la última mesa del palco, junto al enrejado con rombos, encima de un costado del escenario. La elección no era caprichosa: la propia Laura había sugerido ese ángulo por estar oculto a su mirada cuando salía a actuar, pues admitía que enfrentarse con los ojos de su hombre en un momento tan intenso lograría perturbarla y deslucir su acto. Como el equilibrista que trabaja sin red, como el lanzador de cuchillos, Dafne no podía perder la concentración al exhibirse para tantas personas, y la mirada del amor le habría provocado ese efecto…

 El también debía ensimismarse para soportar tal trance. Cuando su pareja se desnudaba en la habitación lo hacía con movimientos menos gráciles y sensuales, pero ambos estuvieron de acuerdo desde el preludio de su romance en no llevar a Dafne a casa, sino dejarla en la boite, con su vestido corto de seda brocada y sus tacos altísimos, su exceso de maquillaje  y la lencería incitante que Laura no acostumbraba usar en la intimidad.

A tres meses de su primera visita a “Las Tinajas”, ver a Laura, su Laura, desnudándose en público con nombre helénico, seguir su sombra áurea mientras alternaba en las mesas, o advertir que algún parroquiano la acariciaba con audacia a la espera de alzarse con aquel botín fresco y firme, se había convertido casi en un vicio solitario, como fumar, como beber… El maître subía en una pausa de su ajetreo y le ponía sobre la mesa un vaso alto de piscola donde nadaban tres cubitos, copucheaba un rato y volvía a dejarlo balseando en sus pensamientos. La bebida iba por cuenta y cargo de Dafne, y se la descontaban religiosamente del sueldo semanal.

 El único precepto que no debía desconsiderar lo sentenciaba a no acercarse a Dafne en ningún momento de la noche, y al despuntar el alba, cuando todos se iban a casa después de la última entrada, tenía que esperarla junto a las cortinas rojas con su corazón adormilado por la vigilia y por el trago consumido a sorbitos para hacerlo durar hasta el final… Y a eso también se había adaptado, porque hasta que no consiguiera un trabajo como la gente los únicos escudos provenían de las funciones de Laura, y no había que importunarle la pega.

Acodado en la mesa, miraba distraídamente hacia abajo y descubría que aquella madrugada en particular, que unía en una suave pendiente un domingo de sol y un lunes destemplado, toda la fauna variopinta de la bohemia se había congregado en “Las Tinajas”. Consultó su reloj pulsera recientemente sincerado y constató que faltaban algo más de tres horas para las seis de la mañana. Dafne estaba sentada en una mesa del medio; conversaba desde hacía rato con dos yanquis de presencia hercúlea y cuidadosamente desprolija, y eso le trajo a la memoria que el Eugenia-C llevaba dos días atracado en la bahía de Valparaíso con un cargamento de turistas ociosos.

Entonces curioseó hacia el mostrador y creyó descubrir una silueta conocida. Entrecerró los ojos para enfocar mejor y verificar la primera impresión, y terminó rindiéndose a las evidencias: el que acababa de entrar era el doctor Donoso, y a juzgar por sus pasos inciertos sólo podría haber venido para agravar una borrachera bastante avanzada, fraguada quién sabe dónde y con qué mezcla de licores… Alguien le había advertido que su dentista era un aficionado a las bebidas con alcohol, pero la prestancia naval que lucía en el consultorio, como la firmeza de su mano cuando trabajaba en los premolares, no se condecían con el estereotipo del borrachín al que divisaba aferrándose al mostrador cual si viniera de un naufragio.

 Por un momento se olvidó de Laura, de los yanquis, del sopor que le producía el pisco de graduación 60 en aquella parte de la madrugada, y verificó mentalmente su siguiente cita en el consultorio del doctor Donoso. Constató el día, la fecha, la hora, y ese derrotero de sus pensamientos lo despabiló como un rayo: a las diez de la mañana de ese mismo lunes tenía reservada una sesión doble para que Donoso le realizara un tratamiento de conducto, y ver a su galeno en condiciones tan atroces hizo que un dedo frío le recorriera la espina dorsal.

Volvió a girar la cabeza hacia donde estaba Dafne y pretendió olvidar la presencia que lo inquietaba, pero no pudo evitar el dolor que la muela apolillada comenzaba a atizarle en la boca y en el corazón. Sintió, como nunca antes, que el nervio condenado estaba dentro de su hueso espoleándole la conciencia con una pulsación vivaz, y de nada sirvió hacerse buchecitos con la piscola que todavía conservaba una estela de frescura. Intentó concentrarse en su mujer, en los dos extranjeros que evidentemente se la querían llevar al barco; muchas veces se inquietaba por el asedio a que estaba expuesta en sus jornadas de copas, pero nunca imaginó que el verdadero acoso, la insistencia definitiva, sucedía en el camarín que compartía con “miss Tetas de Chile”, quien había concebido por Dafne una pasión que superaba todos los sacrificios y todos los desenfrenados placeres que él podía ofrecerle entre las sábanas.

Un rato después la gente se había cansado de bailar cumbia, y regresaba a sus sitios con la ropa transpirada y la libación soliviantada por el meneo. Los músicos estaban dejando sus instrumentos y preparándose para el descanso, y en el cuchicheo que precedía al anteúltimo show sonó como un estampido el vozarrón dominante del descalabrado odontólogo.

--¡Qué mierda pasa acá, carajo! ¡He dicho que me traigan una botella!

 Todas las cabezas se volvieron hacia el mostrador, de donde provenía la exclamación. Donoso, bamboleándose como si estuviera en la cubierta de un barco, se sujetaba al mostrador con una mano, y con la otra intentaba llevarse a la boca escurridiza un cigarrillo que el barman acababa de encenderle. De alguna manera había reunido la fuerza requerida para sacar de su cuerpo aquel clamor, y aguardaba que le acercaran la botella de pisco que necesitaba para acrecentar su embriaguez. Puesto que lo conocían de otras noches no menos intoxicadas, sabían que no aceptaría un no como respuesta. Y también sabían que sin importar el precio con que marcaran la consumición, aquel hombre lo pagaría con creces y libraría una propina generosa… Además, la embriaguez de Donoso no era alborotadora, aunque siempre trasponía el límite de su conciencia.

El maître, que era el encargado de contener a los dipsómanos, lo ayudó a caminar hasta la mesa más próxima al mostrador y un mozo le puso delante una botella de buen pisco y un vaso pequeño. Nadie cuestionaba la estirpe boliviana del zingani, pero en cambio el origen nacional del pisco inflamaba de tanto en tanto un debate inmemorial con los vecinos de Perú, y a veces adquiría el tremendismo de una disputa fronteriza. Viendo la ansiedad con que Donoso derramaba en el gaznate el espirituoso líquido, se podía concertar que si los indios piskos vecinos de Lima lo habían ingeniado en un siglo inusitado, en cambio eran los chilenos sus consumidores más entusiastas.

Vaso tras vaso, Donoso fue apurando el contenido de su botella. Cada tanto regalaba la poca atención de que era capaz al artista de turno, y parecía que todo le agradaba con la misma intensidad. Aplaudía al recitador, a las desnudistas, a la cantante e incluso al mago, aunque a este último lo vitoreó a destiempo, estropeándole el clímax en que cortaba por la mitad a una señorita enjuta y de sonrisa ensayada.

Cuando Tony proclamó que Dafne saldría al escenario un silencio espeso y de colores se enseñoreó de la boite. Los que ya la habían visto auguraban a sus amigos novatos que disfrutarían de una aparición desnuda, y todos por igual se acomodaban para respirar cada segundo de magia. Los mozos dejaron de deambular, bajaron sus bandejas y eligieron un rincón discreto desde donde observar y no obstruir la visión. El maître se cruzó de brazos con la mirada fija en el escenario, y cesó de golpe el tránsito constante e inevitable del mostrador, donde el dueño del establecimiento había apagado las luces de la caja para disfrutar también él del espectáculo, acodado entre las botellas. El rumor de que una vestal rubia ofrecía su impudor bajo una luz azulada deambulaba en la ciudad, y a más del beneficio monetario que ese boca-a-boca le agenciaba, lo imbuía de un orgullo que no terminaba de explicarse sin recurrir a emociones inconfesables.

Dafne consiguió que Donoso se mantuviera en silencio durante los cuatro minutos y medio que duró su desabrigo, admirándola como todos allí; luego, cuando desapareció detrás de los bastidores, el buen hombre siguió pidiendo bis desde su mesa durante un largo rato, hasta que la típica ahogó sus aclamaciones con bandoneones y violines. Entonces verificó que la botella estaba casi vacía, se levantó y caminó con torpeza hacia el baño situado junto a la cortina roja -en el lado opuesto al mostrador-, semejando a un infante que estuviese aprendiendo a dar sus primeros pasos.

 Transcurrió un rato, y habían desaparecido todos los indicios de Donoso, salvo la botella y el vaso, que seguían sobre la mesa en actitud de espera. Él sintió la urgencia de bajar también al baño, y como había perdido de vista al hombre del torno y la jeringa creyó que ya iba, a esa hora, camino de su casa para descansar la mona. Así que bajó lentamente olvidándose de la muela insana, y una luz lechosa y tan intensa como la del sol le hirió las retinas cuando empujó la pesada puerta del water-close.

 Contra todos los pronósticos, Donoso estaba ante un mingitorio con la frente apoyada en los azulejos, mientras sujetaba con las dos manos el pene que a duras penas y no sin maña había logrado extraer del pantalón de pana. Tenía los ojos fuertemente cerrados, y de no haber murmurado quejas guturales e ininteligibles se habría podido aseverar lícitamente que acababa de dormirse de pie, como un marino, o que recitaba plegarias monásticas.

En ese momento pensó en hablarle, en sugerirle que se fuera a su casa, en recordarle que a las diez de la mañana él iba a estar sentado en su sillón con la boca muy abierta para dejar que intruseara en ella con sus instrumentos punzantes y cortantes, con sus espejitos diminutos y la manguerita que gorjeaba al extraer saliva…, pero no se atrevió. En lugar de eso se encerró en un excusado y se sentó con la cabeza entre las manos, intentando desoír las murmuraciones del beodo.

 --Dafne… mi Dafne… -musitó Donoso.

Supuso que los oídos lo habían engañado, pero aguzó los sentidos para intentar comprender el mensaje casi indescifrable que se agazapaba en los murmullos mal articulados de su verdugo, y así pudo identificar claramente y sin lugar a dudas el conocido nombre:

--Dafne… mi cabrita… ya no me ama´i, po…

Lo siguiente que oyó fue un tremendo acceso de vómito, largo y acuoso, que interrumpió el soliloquio amoroso de la beodez. Otro acceso más leve que el anterior, un tercero y un cuarto, casi agonizantes. Imaginó el cuadro que se pincelaba detrás de la delgada puerta del retrete, y se propuso no salir hasta que hubiese desaparecido el menor asomo de regurgitación. Pero el aroma de la inmundicia, mezclado con el del perfume delicado del ser humano que no había sobrevivido las dos últimas botellas de licor, lo impelieron a abandonar rápidamente aquellos sanitarios.

Pasó por detrás de Donoso, que estaba agachado frente al chorro de agua y se mojaba la cara, salpicándose la ropa que ya de por sí soportaba las manchas del estómago revuelto y las del orín…

Cuando volvió al palco faltaban quince minutos para las cuatro de la madrugada, y los sones de un tango de salón arrebujaban a las pocas parejas que danzaban en la pista. A esa hora se empezaba a notar la merma en la concurrencia, y los yanquis pagaban su cuenta con dólares americanos. Él seguía escuchando el nombre de Dafne pronunciado con un amor mustio y abatido, y comenzó a pensar que realmente había sido la cabrita de Donoso en algún momento anterior a los tres meses que llevaban juntos. Y entonces interpretó algunos eventos a la luz de la revelación que lo había alcanzado en el toilette de caballeros, y recordó que la propia Laura le había dado la tarjeta del doctor para que le subsanara los problemas que tenía emboscados entre  las encías.

Sus meditaciones fueron interrumpidas por el aullido de un perro, cuyo pelaje ensombrecido había pasado inadvertido por el personal del lugar, hasta que llegó al lado de la típica en el instante mismo en que ofrecía un solo de bandoneón. El animal estaba sentado sobre su cola, movía el rabo alocadamente y aullaba con desesperación y altanería. Se interrumpió la interpretación, y Tony explicó a un público entre azorado y divertido que aquel improvisado intérprete no formaba parte del espectáculo, y que lo sacarían de allí lo más pronto posible. El director de la orquesta, hombre ducho con la música y con los perros, hizo algunas pruebas con su bandoneón, y determinó que la nota que lastimaba los oídos del mastín era el do bemol sostenido. Luego ejecutó una simple melodía arrabalera, y en los estribillos hizo sonar con insistencia el cuchillo hiriente de su instrumento para acompañarse con los potentes aullidos de un cantante tan inesperado cuan peculiar. A decir verdad, esto hizo reír a la concurrencia más que los remanidos chistes del cómico, al punto que el dueño propuso al director artístico quedarse con el animal y armar algún acto con el do bemol sostenido. Finalmente la razón primó, y ordenó que lo echaran a patadas a la calle y a la madrugada, y se asegurasen de que no volviera a colarse bajo el cortinado ineficaz.

En el momento del último recambio de orquesta distinguió al doctor, que de nuevo ocupaba su mesa. Un mozo le puso delante otra botella llena de pisco, y él comenzó a ingerirla con el escaso vigor que le quedaba para llevarse el vaso hasta los labios. Se sorprendió maldiciéndolo doblemente, por seguir amando a Laura –de lo cual ya no dudaba-, y por ser un aficionado a las bebidas fuertes... Sintió deseos de bajar y matarlo, pero habría sido descortés quitarle la vida en tal estado de indefensión.

Apenas dos o tres parejas bailaban cumbia en la última entrada de la sonora. Las cuatro y cuarto de la madrugada parecía un espacio de tiempo más adecuado para la conversación que para el movimiento. Afuera, el día se preparaba para despuntar, y nunca faltaba quien hacía añicos el sortilegio de la boite con el consabido comentario “ya está por amanecer”. Un poco más tarde la magia se rompería definitivamente, cada vez que alguien, al trasponer los cortinados que daban al exterior, dejara que se colasen la frescura del alba y la primera claridad del día. Entonces nada tendría sentido: el amor ya no sería tal sino aventura, las mujeres glorificadas recuperarían la condición de putas, y las verdades esenciales de la trasnoche parecerían estupideces cuando las amenazara el sol.

El último show de Las Tinajas se hacía con una ambientación diferente. Los artistas estaban cansados. La paloma del mago tenía varias plumas menos y escasas fuerzas para hacer lo que se esperaba de ella. Las desnudistas, aburridas de ponerse y quitarse la ropa y de sonreír sin ganas en las mesas, divisaban desde el escenario que el parroquiano prometedor se batía en retiraba, llevándose el manojo marchito de amor y bienestar. Ya que muchos de los presentes habían visto al menos uno de los anteriores espectáculos, el cómico no despertaba hilaridad. En el mostrador, los mozos se apresuraban a presentar las últimas cuentas y a pedir los vueltos, así que el dueño se concentraba en el dinero de la caja y no tenía tiempo para contemplar a Dafne.

Y era exactamente entonces cuando él veía a su Laura con ojos de piedad, pues percibía lo que en ella se ocultaba de endeble y artificioso. No hay desdicha más grande que la de la belleza desdeñada, y la de Dafne era omitida en el salón casi vacío, donde pululaban sin verla los sobrevivientes de la noche. Algunos peleaban las cifras de la adición, pero al final pagaban y se alejaban mascullando un reproche. Los mozos levantaban vasos y ceniceros llenos de baba y rouge, manteles chorreados, marquillas de cigarrillo. Las botellas vacías iban a  engrosar el cúmulo de desperdicios, y las que conservaban más de un dedo del valioso contenido volvían a la cocina para un sórdido reciclaje. Mientras tanto, una armónica y una guitarra eléctrica desganada, que parecían brotar del corazón de la mujer que se estaba desnudando, marcaban las últimas arenas de una velada mágica.

Sabía que Laura demoraría casi veinte minutos en cambiarse, y no quería bajar y aterirse de frío en el exterior, o sentirse incómodo en los alrededores del mostrador, donde se hacía el arqueo de la caja en medio de discusiones de último minuto. El dueño se ponía nervioso cuando trabajaba bajo mucha presión, y parecía molesto al sentir la proximidad de gente ajena al lugar, en particular tratándose del hombre de su desnudista estrella. Por lo tanto se quedó en el palco un rato más, sin perder de vista al borracho semiinconsciente que era todo lo que quedaba del doctor Donoso.

El maître en persona intentaba cobrarle las dos botellas de pisco y el laudo, pero un cliente tan vapuleado por el oleaje de la destilación ya no escuchaba ni lograba mantener los ojos vivos, y sólo el brazo fuerte de su acreedor lo sostenía respaldado en la silla y evitaba que se desplomara encima de la mesa. Podía ser que alrededor de la medianoche se tuviera algo de empatía con los mamados y hasta que se riera con ellos, pero después del último strip-tease de Laura ya no había consideración para nadie. Así que el maître palpó a su cliente hasta encontrar la billetera en el interior del terno, la extrajo sin ansiedad y confiscó el importe de la deuda y el de la propina que honraba la acreditada dadivosidad de Donoso; después la aseguró nuevamente en el mismo bolsillo, tal como lo habría hecho su propietario si hubiese conservado un atisbo de lucidez.

Enseguida, respondiendo a un gesto elegante y discreto del jefe de salón, dos fortachones que parecían entrenadores de cachacascal (*) disfrazados de mozos tomaron al sacamuelas por debajo de los brazos y lo transportaron gentilmente hasta la acera, sin olvidar que su jefe les había recomendado por lo bajo “con cuidado, que es un buen habitué”, aprovechando la ocasión para despacharse con una palabrita francesa, aunque la lengua de Racine y Corneille era tan arcana para él como el mapuche antiguo.

Miró su reloj con los ojos turbios por la confusión lumínica, y se enteró de que eran las cinco y cuarto de la madrugada. De lo cual no cabía duda, porque justo la tarde anterior se le había ocurrido la estupidez de ponerlo en hora minuciosamente. Le pasó por la cabeza la idea de atrasarlo o adelantarlo como hasta la víspera, de volver a vivir en una hora falsa, pero entonces comprendió que eso jamás había tenido sentido. Su preocupación por la consulta que se acercaba le dolía casi tanto como la muela carcomida, al punto de pensar seriamente en cancelar el compromiso con alguna excusa plausible, en el supuesto caso de que a media mañana el doctor subsistiera a los excesos alcohólicos y pudiera entender cualquier explicación irrefutable.

 Cuando sacaron a Donoso ya no quedaba concurrencia en el local. Los artistas merodeaban el mostrador esperando recibir su salario semanal, ya que era día de pago y víspera de franco. Dafne demoraría un poco más que los otros días, pues prefería esperar con su compañera de camarín y cobrar al final y con más discreción. Cuando la vio caminar hacia la salida con el abrigo puesto supo que era el momento de bajar y esperar en la calle hasta que terminara de embolsar sus escudos y se despidiera de sus compañeros con un beso.

El viento de la mañana le azotó la cara cuando traspuso la cortina roja exterior. Se subió el cuello del saco y entibió las manos en los bolsillos, prometiéndose la compra de un abrigo para el siguiente invierno, pero uno bueno, de piel de camello. Pasó junto a las tinajas gastadas, salió a la acera para caminar bajo las primeras luces del día y se enfrentó con el espectáculo de otros amaneceres iguales, con cansancio y resaca equivalentes. Algunas putas todavía patrullaban la cuadra, obsesionadas con un postrer feligrés (la única manera de ser puta es convencida de que ronda el último cliente, pero el último de verdad, el último de la vida)… En cuanto a Donoso, lo habían abandonado a media cuadra del establecimiento convenientemente reclinado en un portal, sumergido en su semiinconsciencia y en sus semiinmundicias.

Dos prostitutas viejas caminaron hasta Donoso y comenzaron a hablarle para despertarlo. Él pensó que tenían la intención de robarle la billetera aprovechando su desamparo, pero en lugar de eso lo ayudaron a incorporarse con mucha dificultad, y cuando lo tuvieron de pie, abrazado a las dos, lo condujeron hasta la parada de taxis de la puerta de la boite,  desolada entonces.

--¿Qué pasa?

 La voz de Laura le sonó cansada y sorprendida, a sus espaldas. Una de las mujeres apresuró la respuesta a borbotones.

 --Mira cómo está Donoso, Laura. El pobrecito es un estropajo. Fíjate si puedes conseguir un taxi que lo lleve a casita.

Laura miró a su hombre, que a su vez la observaba desde un reproche. Los dos comprendieron que no era conveniente hablar de ciertos temas cuando faltaba tan poco para las seis de la mañana: los celos y el alba no son buena dupla. Ella titubeó un momento, y decidió que los ocultamientos tampoco completaban un buen trío a esa hora. Extrajo un pañuelo diminuto del bolsillo y lo pasó por el rostro del pestífero amigo, retándolo como a un chico.

 --Cómo se te ocurre hacer esto, Alberto... No me gusta verte así… ¿Quieres que te llevemos a tomar un café, o te vas a casa?

 Un odio nuevo se le atragantó en la glotis, destinado al sacamuelas diletante del alcohol. Ahora estaba sostenido por tres mujeres, ahora entornaba los ojos distantes y miraba a su Laura mascullando la palabra “casa”. Si no creyera saberlo todo, si no intuyera la forma en que la amaba, si no lo atormentaran las imágenes de los dos sobre la cama como una mala película… si no… si todo eso… hasta simpatizaría con él (sin desmedro del pánico a someterse -en un rato nomás- a la ciencia de tal argonauta de los brebajes ardientes). Pero así, era imposible. Ahora miraba a Laura con expresión de borracho enamorado, ahora lo miraba a él, que estaba cinco pasos alejado del patético grupo… Si, era un sacamuelas de mierda, y se estaba enterando de que la mayoría de las prostitutas habían pasado por su sillón y abierto la boca para él, y abierto su cuerpo para él, con la modalidad de un intercambio de servicios en el que sólo les cobraba los materiales odontológicos y sólo pagaba con su mano de obra profesional. Otras noches iguales a esa había instituido una cooperativa de trabajo que se prolongaba en la vida diurna.

Ahora lo miraba a él, ahora se le descolgaban los párpados de nuevo y clausuraba el oído al parloteo de sus tres edecanes.

--Ahí viene un taxi. ¿Lo paro?

Advirtió que había dicho eso retóricamente, pues el taxi ya estaba deteniéndose frente a la parada. Laura le pidió, sin mirarlo, que abriera la puerta para que las tres pudieran acomodar el cuerpo garboso de Alberto (¡zorra, lo llamó Alberto otra vez!) en el asiento de atrás. Este proceso de estibaje duró unos minutos, y después Laura lo besó en la mejilla con medio cuerpo metido dentro del vehículo.

 Ahora Donoso abría los ojos como podía, retenía a Laura por un brazo y la quería llevar con él.

--Vente, po, no sea´i fome…

 --No puedo, Beto, no estoy sola… Vete a casa, descansa mucho, y nos vemos otro día.

 El  brazo de Laura resbaló en la mano casi inerte del hombre, que reclinó la cabeza en el asiento y volvió a percibir la realidad como algo lejano y contradictorio, donde la mujer que amaba, donde las putas y la boite, donde sentía que no había vomitado lo suficiente. El conductor, asiduo concurrente de esa parada en particular, observaba la escena con desinterés, pero ya había echado a andar el taxímetro.

 --Señor, tiene que llevarlo a Valparaíso, a… -indicó Laura.

 --No se preocupe, sé dónde vive el caballero: lo he alcanzado en otras oportunidades.

 --Gracias.

 Ella cerró la puerta y el vehículo partió como una ambulancia, con las luces altas hendiendo las sombras de la calle que se resistían a desaparecer en la incipiente claridad de lunes.

Caminaron a casa, pues no estaban a más de siete cuadras. Transitaban en la zona gris del día en que los trasnochados se confunden con los madrugadores, todos cansados, yendo y volviendo. Volvían de muchas cosas, de tres meses de amor, volvían sin hablarse, tratando de adivinar lo que pensaba el otro, cuánto sabía el otro, cuánto pretendía ignorar. La siguiente esquina les dio una digresión momentánea al clima que respiraban, cuando se toparon con el perro cantor de los quince minutos de fama, el mastín negro que bebía con ansiedad el agua de una charca, con una sed que justificaba su noche de juerga. Estuvieron tentados de acariciarle una oreja o decirle palabras melodiosas para que moviera la cola, pero temieron que los siguiera, y lo dejaron atrás.

El departamento los recibió con el frío de su propia ausencia, y mientras se desnudaban para ir a dormir él se sacó un grandísimo peso de encima, casi tan grande como la infidelidad retroactiva de ella:

 --Tengo que hacerme un conducto con Donoso, a las 10.

 Se miraron con desconfianza. En otras circunstancias ella le habría hecho una broma, se habría reído de él, pero en las actuales él lo interpretaría como una burla a su masculinidad, a su amor propio viril.

 --Cancela el turno, es lo mejor.

 --No sé… Tengo mucho dolor… Prefiero que él se niegue a atenderme… No sé…

 Recordó un poema de Neruda, el único que sabía de memoria, rémora del colegio secundario. Le gustaba la liberalidad del poeta, su confianza en sí mismo, su seguridad en lo amoroso y su comunismo sexual. Sólo así cobraba sentido el poema.

 

SIEMPRE (Pablo Neruda)

Antes de mí
no tengo celos.

Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, el tiempo

¡Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra
para comenzar la vida!

 

Él siempre se había pensado así, se había sentido así con sus parejas anteriores, y ahora admitía para sí mismo que en realidad era falta de interés. La diferencia estaba en que le costaba mucho la mera idea de aceptar a Laura con un río de hombres, con un dentista en la espalda, susurrando entre los dos y dándole consejos de cómo cepillarse los dientes, mientras hacían el amor. No, él quería a una mujer que sólo fuese suya, que hubiese sido únicamente suya incluso antes de conocerlo. Y eso, claro, no se logra con una hembra como Laura (que además era Dafne), aunque también esta convicción era una estupidez machista.

Después se dijo que podía soportar el río, pero al dentista amateur del pisco… a ese no. En el fondo lo ofendía su porte elegante, su desplante desenfadado, su solvencia económica, el atractivo de una madurez gallarda al que las mujeres no suelen ser inmunes.

Cuando regresó del baño Laura ya dormía en la penumbra, como si se hubiese muerto mientras él orinaba. Se tendió a su lado y la contempló un rato bajo los rayitos de sol que se colaban por la persiana. Notó que, dormida, era una de las mujeres más desagradables que había conocido. Abría mucho las piernas, abría la boca y a veces mojaba la almohada con un hilillo de baba. Daba en la cama las vueltas necesarias para enredarse con la sábana, y el cabello rubio se le encrespaba con el exceso de almidón de la ropa blanca.

 Trataba de no pensar en la muela y en su ejecutor, pero no podía. El dolor le impedía dormir, el cuerpo de su mujer despedía un calor fastidioso, y su aliento le reveló que en la mesa de los yanquis no sólo había consumido té con hielo.

 A las 9 no aguantó más y se levantó. Se higienizó la boca y las axilas, se vistió con ropas de paciente y salió con sigilo a la calle, rumbo a la cita tan temida.

 La geografía urbana había variado en las últimas dos horas. Estaba empezando a hacer calor, característica de un clima mediterráneo. Ya no había noctámbulos a la vista, y él se sintió agotado, con un cansancio insomne provocado por su dificultad para dormir durante el día, con el profundo repudio de lo vespertino que Laura no le había podido contagiar. En el fondo sabía que cada vez que perdía una noche de descanso tardaba más de un día en volver al ciclo normal de su vida, a la secuencia dormir-levantarse-vivir-acostarse-dormir, que repetía en horas más o menos fijas.

 Una micro azul que rebuznaba con sonido metálico lo llevó a Valparaíso bordeando el mar, que relucía con una mezcla de azul y verde pintado a la acuarela por un Turner ciclópeo. Bajó en la plaza y caminó varias cuadras hasta el consultorio de Donoso, retrasando el momento de subir al patíbulo-sillón y enfrentarse con el torno-guillotina, e intentando encontrar serenidad en el conteo de las baldosas que iban quedando atrás y en el pasado.

Nada podía ayudarlo ya, ni siquiera el reloj que corría con rigor inexorable hacia las diez de la mañana. La flechita pequeña en el diez, la grande a cinco minutos del doce, y la puerta del edificio abierta de par en par, con el conserje franqueándole la entrada y convirtiendo en una postergación estéril el hábito de anunciarse por el portero eléctrico.

Ascensor. Arriba. Más ascensor. Dolor. La muela. Calor sofocante, calor de menopausia, según dicen. Cada trac-trac de la puerta metálica marcaba un piso que quedaba debajo. Dolor y ascensor, y calor. Las diez en punto, hora oficial. El ascensor se detuvo, y ahora silencio y calor, al salir al pasillo. Una claraboya derramaba luz sobre las baldosas recién trapeadas. Calor y dolor, y la muela. La puerta barnizada de Donoso, la chapa profesional, “doctor en odontología, 10 a 17 hs.”. Apoyó el pulgar en la cucaracha blanca del timbre y le arrancó un gemido resuelto, pero no insistente. Después esperó a que algo sucediera, avanzando en el tiempo a través de las múltiples posibilidades fácticas en que se bifurcaba la continuidad de ese momento.

Supuso que lo más probable era que nadie abriera, que el doctor estuviese tirado en un rincón del consultorio, el cual –según sabía- hacía también las veces de vivienda desde que se había separado a principios de ese año. A lo mejor lo recibía la sonrisa de una secretaria largamente planificada y nunca contratada, que esa mañana había comenzado a trabajar para disculpar a su jefe frente a los pacientes del día. O mejor aún, Donoso mismo se asomaría a ver quién interrumpía su convalecencia, con los ojos inyectados en sangre y la boca pastosa.

 Se dijo que el tiempo no era una secuencia, que era mucho más que una suma de eventos unidos por las cosas y las personas, que el tiempo era la pelotita de acero de un flipper Bally/Williams y podía saltar en las bandas  histéricamente, subir o bajar por los pasillos, agitarse en los bumpers, ocultarse en los raíles de 50 créditos o perderse para siempre en el pozo fatal. Eso era el tiempo, y el suyo rebotada frente a la puerta roja de aliso sin que él supiera a dónde iría a parar apenas un instante después, apenas ahora.

La primera señal de vida le llegó con los pasos que se acercaban del otro lado, con un pestillo que se descorría, con la hoja que se abría y exhalaba un aroma de antisépticos. En el marco se recortó una figura que no era la del chupado que no sostendría el torno de agua sin riesgo para los dos, sino la del consabido profesional de la salud que jamás le había provocado un dolor en sesiones pasadas. Se asombró al encontrarlo perfectamente afeitado y con el rostro fresco, con el cabello húmedo peinado cuidadosamente hacia atrás, luciendo una impecable bata blanca adornada con las iniciales “AD” por si cabía alguna duda acerca de la identidad de quien se ataviaba con ella.

 --Buen día. Usted siempre llega puntual… Pase, por favor.

 Donoso lo había recibido con una sonrisa cordial, sin tenderle la mano como otras veces (detalle que no podía menos que advertir). Lo enfiló directamente al consultorio, adelantándose como si tuviese que abrir camino en la jungla. Al entrar alcanzó a ver una habitación contigua cuya puerta interna estaba entornada, y supo que en un catre de metal con las cobijas revueltas había sucedido el milagro de la resucitación, la transformación del hombre-pisco en el capitán de alta mar que se aprestaba a timonear su acorazado contra un enemigo con forma de muela.

 Mientras él se acomodaba en el sillón el otro cerraba la puerta indiscreta, maldiciendo el no haber podido evitar el fisgoneo delator. Luego se calzaba los guantes de látex y se acomodaba en la banqueta, junto a su víctima.

 --Vamos a ver. Cómo anduvo la cosa.

 Notó que había vuelto a hablar como un dentista. Eso era lo primero que el alcohol volatilizaba: el lenguaje. Un borracho se expresa como un borracho, por más que sea ingeniero, decorador de interiores o agregado cultural (con lo penoso que puede ser que la cultura sea un agregado, un apéndice, algo en lo que se pensó después). A un dentista, sobre todo, jamás debe escapársele el modismo “po”.

 Le refirió, tratando de ser conciso y explícito, la magnitud de su dolor. Enfatizó la duración de su dolor, la forma en que se presentaba de improviso, la manera en que lo invadía y lo anulaba. En suma, él no era él, era su dolor, y esa situación debería terminar cuanto antes, al margen de cualquier otra consideración. Pero…

 --¿Pero qué? –indagó Donoso

 Se miraron con desconfianza, estudiándose, midiéndose sobre un ringside imaginario, intentando decidir por qué ángulo podrían pegarse con mejor efecto, en caso de necesidad.

 --Pero si usted prefiere, podemos hacerlo en la próxima sesión… A lo mejor necesitaremos más tiempo.

 --Nada de eso, faltaba más. Hoy tenemos agendados dos turnos de media hora, para hacer el conducto y terminar otros arreglos. ¿Acaso no lo recuerda?

 --Si…, si, ahora que lo menciona…

 --Bien. Entonces será mejor comenzar de inmediato. Permítame ponerle el babero –concluyó, encendiendo el reflector sobre su rostro.

 Después de los últimos preparativos atávicos le colocó la manguera de succión, y acomodó al alcance de la mano la mesita que exhibía el instrumental quirúrgico y dos jeringas. Tomó una de ellas con parsimonia, la cargó diestramente con un tubito de anestesia como si empujara una bala en la recámara de un rifle, la golpeó con el dedo anular e hizo saltar un chorrito en el aire por algún motivo oscuro que sólo conocían sus colegas y él. Enseguida le pidió que abriera bien la boca y se relajara para poder inyectarle el medicamento, y esperó sin impaciencia el momento de asestar la primera estocada sobre las rojas encías.

 Él malició las intenciones del otro y sintió pavor. Sin notarlo iba corriendo la cabeza, moviéndose en el sillón para escamotear la carne al arma de su rival. Las manos, crispadas en los apoyaderos del sillón, le transpiraban casi tanto como la frente, y al mirarse en los ojos del doctor supo que estaba al tanto de su miedo, de su odio y de que él era el hombre de la mujer que amaba.

 Vio que el repugnante aficionado al alcohol dejaba la jeringa sobre la mesita y se cruzaba de brazos.

 --Así no podré trabajar… Debería serenarse, pues está muy nervioso.

--Ji, ja o je… -Se extrajo de la boca el eyector de saliva y recomenzó su réplica:- Si, ya lo sé. No tendría que haber venido.

 --No, no, hizo muy bien en venir. Su problema bucal exige una atención inmediata…

 --Puedo esperar unos días más… Debo esperar, si vamos al caso. –Se infló de coraje, lo miró con un aire vagamente desafiante y completó la idea:- Me parece que usted no está hoy en condiciones de atenderme con idoneidad.

 En el silencio que se produjo se podía percibir la respiración de los dos, sacudiéndose en sus bocas. El asunto estaba planteado, y ninguno de ellos podía dar vuelta atrás.

 --Está bien, entiendo… Recuerdo que lo vi hace un rato, y que yo no mostraba mi mejor aspecto. Pero si me permite, quisiera que fuésemos por parte, y resolviésemos los dos malentendidos que se han instalado entre nosotros.

 --Eso sería lo mejor.

 --Por supuesto... –Hizo una pausa escénica, y continuó:- En primer lugar, usted debe enterarse de que Laura y yo terminamos nuestra relación hace dos meses… “Terminamos” es una forma digna de decirlo: ella le puso fin.

 Una simple aritmética desnudó la infidelidad de Laura, la vileza de su amor declamatorio, tres meses, dos meses, un mes, ya no importaba. Se sintió bermellón hasta el páncreas, pero mantuvo la compostura. En el fondo parecía que toda la noche había sido una lenta preparación para enterarse de la verdad en esas extrañas circunstancias, una verdad infame que a lo mejor era una verdad chiquita, parte de otra verdad mucho más vasta y desgarradora. Lo bueno era que se lo hacían saber de frente, que se lo confesaba su oponente, que no tendría que adivinarlo cada hora del día en miradas, gestos, incongruencias discursivas y síntomas cronológicos. Sin duda, así era preferible, y lo único que le molestaba era sospechar que esta predilección podía estar encubriendo una sutil claudicación y un inconfesable deseo de evitar confrontarse.

 --Ustedes terminaron después de que ella y yo comenzamos… Eso no se le hace a un paciente, ¿no cree?

 Donoso lo miró algo perplejo, porque jamás había meditado en que al amar a Laura faltaba a la ética médica. Aunque se había recibido en un año en que no se exigía el juramento hipocrático, recordaba bien aquello de “MANTENDRÉ MI VIDA Y MI ARTE ALEJADOS DE LA CULPA”, pero no lograba discernir si la frase podía aplicarse al mandamiento que vedaba a la mujer del prójimo (le parecía que era el sexto, pero no estaba seguro).

 --¿Qué puedo decir? Sólo sucedió, y hasta supongo que ella y yo ya éramos amantes cuando usted apareció… En fin, esa historia fue breve y terminó hace bastante, sin posibilidades de recomenzar… En todo caso, lo que debemos hacer es dejar esta cuestión al margen de nuestra relación médico-paciente… Si está de acuerdo, por supuesto…

 Él vaciló un instante antes de tomar una decisión, tratando de discernir quién tenía la culpa de semejante galimatías. Luego se dijo que estaba muy cansado para hacer de esa situación un casus belli, y que al fin y al cabo no valía la pena luchar una batalla que los hados ya habían decidido en su contra.

 --Por mí está bien, estoy de acuerdo…

 --En cuanto a lo otro…, quiero enseñarle algo que acredite mi idoneidad como cirujano dentista, algo que le haga pensar que el que vio anoche no tenía nada que ver conmigo y con este momento. Fíjese –intimó, quitándose los guantes.

 Se corrió un poco hacia atrás con la banqueta, arrugó la bata y la camisa hasta dejar a la vista sus muñecas desnudas, y después, conminándolo con amabilidad a observar detenidamente, estiró los brazos hasta dejar las dos manos a la altura de sus ojos, con las palmas hacia abajo, semejando en el aire a pájaros blancos y desinfectados, o más bien a estatuas de pan de esos pájaros.

 --Tómese su tiempo. Observe concienzudamente.

 Se incorporó unos centímetros en el sillón y aceptó el desafío. Contempló las manos inmóviles que flotaban en el aire frente a él e intentó descubrir en ellas el temblor de la noche pasada, el estremecimiento de la ingesta despiadada de alcohol, la palpitación del corazón que latía -o había latido- sólo para Laura. Cada tanto se miraban para adivinar los esfuerzos del otro por obtener la victoria en tan extraña compulsa, y se ensimismaban otra vez en el papel que les correspondía interpretar en tan singular pieza de teatro: Donoso mantenía las manos inmóviles aparentemente sin grandes esfuerzos, y entrecerraba los párpados para ayudar a la concentración; él, por su parte, fijaba toda su atención en la mirada, hasta que comenzaron a lagrimearle los ojos debido a su esfuerzo para no pestañear.

 --Está bien, usted vence –aceptó de mala gana-. Debo reconocer que su pulso es firme, y eso me tranquiliza bastante, si he de ser sincero.

Donoso bajó los brazos, ufano, mientras él se preguntaba cómo lograba semejante prodigio. La mejor explicación lo llevaba a la posible existencia de un gemelo, de otro Donoso descarriado y quizá repudiado por la familia, pero eso sólo pasaba en las novelas de la tarde.

Vio que el dentista se calzaba otra vez los guantes quirúrgicos, tomaba la jeringa y se disponía a trabajar en su boca.

 --¿Podemos proseguir, ahora que aclaramos todo?

 --Si, proceda –consintió, mucho más tranquilo. Se colocó él mismo la manguerita que le hacía cosquillas en la encía y se relajó lo necesario para recibir el pinchazo.

 Cerró los ojos para protegerse de la luz potente que le hería las retinas, y pensó que después de unas cuantas horas todo estaba bien. Se sentía relajado, ya no le importaba Laura, quería olvidar Las Tinajas, los amaneceres con mal gusto en la boca y dolor de espalda, la sensación soporífera del pisco, el sentimiento de que su vida no conducía a ninguna parte.

 Todo se lo debía a su dentista, había que aceptarlo. Mientras lo sentía  trabajar con los pinches y el torno sonoro, mientras le mataba al maldito nervio como un Quijote a su molino, llegó a la conclusión de que lo habían engañado en un aspecto fundamental, pues aquel hombre evidentemente no era un aficionado a la bebida, un amateur del alcohol, no señor, nada de eso…

 DONOSO ERA TODO UN PRO-FE-SIO-NAL.

  

***

 Las Tinajas cerró sus puertas en 1974,

agobiada por problemas financieros

y por el quiebre de la vida nocturna

que suscitó el golpe de estado

de Pinochet. Unos años después aparecieron

pubs, boliches, discoteques, discos, cantobares, nighclubs, etc., etc.,

pero la boite, como fenómeno social, dejó de existir,

siguiendo los pasos del cabaret. Hoy no hay

ninguna en Viña del Mar.

 

 

***

 

 

Alberto Donoso se jubiló de la Marina en 1983, y en 1991 abandonó

la práctica privada de la odontología. Actualmente vive

en un Hogar Naval de Valparaíso,

sufre de mal de Parkinson

y tiene estrictamente prohibido

por sus doctores

el consumo de bebidas con alcohol.

 

 

***

 

 

El mago retornó a la actividad circense, solo,

pues su asistente prefirió continuar

trabajando en la

noche,

realizando prodigios inenarrables. El mago pasó de

circo en circo, de arena en arena,

feliz y solo, solo pero feliz.

Recientemente lo encontraron muerto

en su carromato, con la paloma dormida sobre su pecho.

 

 

***

 

 

Salomé y el maitre se toparon una tarde en la calle

Valparaíso, tomaron un helado, se contaron la vida. Cuatro meses después

contrajeron matrimonio,

y formaron una familia que llegó a

tener dos hijos, cuatro nietos y un gato. Él trabaja en una parrilla

de la costa, de 10 a 24 hs. Ella hace esfuerzos

muy meritorios para combatir

su obesidad.

 

 

***

 

 

Del perro, claro está, nadie sabe nada. Quien tenga

información puede enviarla a hgorla@hotmail.com.

 

 

***

 

Tony intentó de varias maneras ganar dinero con su voz.

Fue cantante, animador, recitador,

y todo lo hizo mal. Un amigo

de la noche le ofreció

la oportunidad de realizar una

prueba en la radio más importante

de la ciudad, y desde entonces

tiene su propio programa

nocturno, en el que pasa

música, lee poemas

y cuenta anécdotas como

la del perro cantor.

 

 

***

 

 

Miss Tetas de Chile hoy es Adriana Fuentes,

propietaria de la cadena de boutiques

“Chez Adri”. Estudió Diseño de Indumentaria durante

tres años,

y el rubro en el que

su creatividad descolló

fue el de los soutiens, que se

hicieron famosos en el país

y se exportaron a Holanda. Nunca se casó,

y aunque las malas lenguas le endilgan inclinaciones

lésbicas, jamás se  pudo

demostrar nada de eso,

así que probablemente no sea más que una gran patraña.

 

 

***

 

 

Del cómico no se sabe nada, pero a nadie le interesa.

 

 

***

 

 

Leticia Rivera grabó un disco

de boleros, y sólo lo compraron

sus amigos, a pesar de que tenía buena

factura

y no carecía de mérito artístico.

El siguiente L.P. tuvo el

mismo resultado,

y desalentó a los

de la discográfica. Luego enfermó,

después sanó,

vio casarse a sus hijas

y crecer a sus nietos. Hoy sólo

canta en reuniones

de amigos.

 

 

***

 

 

El propietario de Las Tinajas conservó durante

muchos años el enorme local, con la

idea de

reabrir la boite cuando

mejoraran las cosas. Finalmente

desistió de tal intención en 1979, y vendió el

inmueble a una familia coreana

que inauguró allí un importante supermercado,

en la ignorancia de que muchos años antes

tantas mujeres hermosas –o no-

se desnudaban en el sector de la carnicería.

 

 

***

 

 

Él terminó la relación con Dafne de

una extraña manera. Se cuenta que regresó

del dentista aquella misma mañana, hizo las valijas en

silencio, mientras ella dormía, y se aprestó a

partir. Previamente la despertó con dulzura, la besó en

la frente, y por única explicación

le dijo una palabra: “¡Puta!”. Después se fue a la casa de una

antigua amiga, quien lo inició en el evangelismo

proselitista y lo apoyó desde entonces en sus homilías callejeras de los

domingos

contra la pornografía

y la prostitución.

 

 

***

 

 

Dafne… ¡oh, Dafne! Estuvo

sola durante

un tiempo, hasta que aceptó por fin

la propuesta del dueño de Las Tinajas,

con quien se casó en 1973 a pesar de la

trigésima quinta diferencia de edad. Concibió una hija

algunos meses después, y aunque su marido sospecha que el verdadero

padre es un adolescente de la vecindad

(con quien ella intercambiaba

revistas de “Los Superhéroes” y se quedaba sola

en la casa mientras su esposo atendía una flamante fuente de soda),

adora a esa hija como si realmente

estuviese convencido de que es

sangre de su sangre. Dafne… ¡oh, Dafne! sigue

siendo amiga de Adriana Fuentes,

y tres o cuatro veces al año

se queda a dormir en su departamento

de Santiago para admirar sus tetas,

que siguen siendo para ella las más grandes y

bellas

de Chile.

 

 

***

 

 

Jesús Lema, el único artista strictu sensu

internacional del show de Las Tinajas,

viajó a Venezuela y de ahí de nuevo

a España, aburrido de la tormentosa

vida política de las naciones

americanas en la década del ´70.

Diez años más tarde

abordó un avión que lo llevó por ultima vez

a su patria, Argentina, definitivamente.

Aunque con la democracia pudo expresar

muy abiertamente su homosexualidad,

y luchó por los derechos

de las minorías sexuales,

en realidad era demasiado

mayor para esas lides,

y finalmente se

contentó con seguirlas

por televisión desde

la casa

de su

hermana.

 

 

***

 

 

La madre de Dafne completó la crianza de

su nieto con un amor maternal. El joven demostró inclinación

por el deporte, y fue campeón del Nacional de

Fútbol de 1993. Por razones obvias no revelamos

el apellido, debido en parte a que

él mismo prefiere pensar que su

madre, a quien jamás ve, es su tía,

y que su verdadera madre no es otra que

la mujer mayor que lo

crió, aunque muchos pretendan

convencerlo de que en

realidad es su abuela.

 

 

***

 

 

El director artístico falleció trágicamente en

un accidente de aviación, o al menos

esa fue la versión oficial. Hay quienes

afirman que lo “chuparon”

los milicos y lo ejecutaron

en el Estado Nacional, debido a que

el hombre era un

activista de la extrema

izquierda… Quién

lo hubiera dicho…

 

 

***

 

 

El adolescente de la vecindad regresó a su Buenos

Aires natal en 1974, y estuvo a punto de volver a ver a

Dafne en un viaje a esa ciudad que ella

hizo a principios de los ´80. Lamentablemente

llegó tarde al hotel donde se hospedaba, y no

pudo hacerle la pregunta

que aún lo sigue lacerando.

En la actualidad

escribe cuentos excesivamente largos.

 

 

***

 

El director de la típica era mi padre.

 

***

 

 

 


(*)  Apócope de Catch as Catch Can.