Star Treck porteño. Parte III. El viaje. Últimos ciento trece años.

La crisis energética coincidió con la revolución del año 103. Ambas se alimentaban y provocaban recíprocamente, y mientras en las calles los grupos rivales se enfrentaban con violencia, los motores iban apagándose de uno en uno. Después dejaron de circular los vehículos, finalmente cambiaron las costumbres elementales. Estos episodios estamparon en la ciudad una impronta que duró por tres lustros, el tiempo que estuvo inmóvil en el espacio, retrasada para llegar a su destino. Los tripulantes abandonaron los puestos de control y se fueron a sus casas, olvidando las nociones técnicas. El propio capitán se dedicó a la observación de las estrellas, y a partir de esta actividad pergeñó una curiosa forma de atinar en la lotería.

El punto cúspide de la crisis fue el año 109, cuando estuvieron a un triz de colapsar los mecanismos que mantenían la vida: regeneradores de aire, soportes alimenticios, depuradores de agua. Durante dos semanas hubo verdadero pánico en los habitantes, y seguramente ignoraremos para siempre la cantidad de suicidios que provocó el inminente final.

La sociedad siguió ardiendo y debatiéndose en el caos, hasta que en 112 la guerra civil comenzó a perfilar la victoria de los periféricos (aquellos que pretendían deponer el status quo heredado de los antepasados y extender algunos beneficios sociales hasta las zonas ubicadas allende el segundo limes). La tendencia se afirmó en los meses posteriores, y en agosto de 115 vencedores y vencidos festejaron el final de la contienda.

La literatura y la música cambiaron en esos años. Se reinventó la métrica y la rima en la poesía, se desempolvaron instrumentos que no necesitaban electrónica; un virtuoso deslumbró al público con una guitarra que había robado durante el saqueo al museo de la ciudad, seis años antes, a la vez que voces más claras entonaban canciones rescatadas del escaso material de archivo preservado de la destrucción.

La recuperación demoró algunos años, el tiempo que necesitaban la piel colectiva para restañarse de sus heridas. Algunas semanas más tarde del final de los enfrentamientos se puso en marcha el primer motor de la ciudad, que por supuesto, no consiguió moverla. El nuevo gobierno convocó al capitán y a los viejos tripulantes, bajo la amenaza de encarcelamiento por traición. De a poco reaparecieron los pilotos, los navegantes, los ingenieros; una tarde el propio capitán se presentó otra vez en el puente de mando. Los descubrimientos científicos de los años de la guerra permitieron superar la crisis energética, si bien la vida ya no sería igual... Y cuando se logró encender doscientos ochenta motores, la ciudad comenzó a moverse pesadamente entre las estrellas.