Stark Treck porteño. Parte II. El viaje. Primeros cien años.

Los expertos estimaban que el viaje duraría 198 años… Una mañana de verano los porteños se levantaron temprano para presenciar el acontecimiento, aunque poco pudieron ver o sentir: una sombra que se fue adelgazando sobre la ciudad, la luz del sol que cayó implacablemente y sin obstáculos sobre los rostros azorados, y en medio de la agitación… los pescadores festejaban, gozosos. Lentamente la ciudad viajera inició su alejamiento del planeta, liberando de sus tribulaciones al Río de la Plata. En las calles de arriba también había inquietud. Los habitantes notaron una agitación bajo sus pies, cuando los quinientos motores despidieron al unísono sus lenguas de fuego. Después de siete horas ya no se preocuparon por el ligero temblor que provocaba la maquinaria que los transportaba, y en una semana terminaron acostumbrados e eso, como quien vive junto al ferrocarril.

La traslación era suave, imperceptible casi. La vida comunitaria comenzó a desarrollarse gratamente, casi como si debajo de los pies no estuviera el espacio sino la tierra. Los parientes se visitaban, los amigos se reunían a jugar a la pelota una vez a la semana, la universidad inauguró su primer período lectivo. La junta provisional llamó a elecciones, para que en un lapso no mayor a seis meses asumiera el poder un gobierno elegido democráticamente. Se presentaron candidatos de muchas tendencias políticas, pero dos de ellos parecieron captar el favoritismo de la mayoría de la población peregrina. Había temas que requerían urgente atención; así, mientras un grupo de personas se preocupaba por la suerte de los marginales -los que vivían en la periferia desamparada de la ciudad-, otros pensaban ya en la manera de mantener, y aumentar, un sistema de privilegios económicos y sociales recién fundado.

Las comunicaciones con el planeta madre eran caras, pero constantes. Los canales de televisión transmitían por igual las noticias locales y las de Europa y Estados Unidos, además de ocasionales menciones a las demás regiones del planeta azul. El deporte terrestre seguía apasionando a los hombres, las mujeres se vestían según la moda del distante París. Padres y madres quedaron abajo, hermanos, tíos, primos lejanísimos, amigos, amores, pero seguían viéndose en las pantallas, aunque a medida que la distancia aumentaba crecían las dificultades para entenderse. Las voces se distorsionaban en los parlantes, los rostros adquirían una coloración anormal en los monitores, aumentaban las interferencias, los períodos de incomunicación. Los que menos sufrieron con estas dificultades fueron los marginales, quienes desde que embarcaron perdieron los contactos con los seres queridos que estaban dejando atrás…

Aunque no existía motivo astronómico para ello, se siguió administrando el tiempo a la manera terrestre. Se mantuvieron las horas, los meses, los años, se siguieron usando los siete días de la semana. La sincronía se estableció según el meridiano que pasa por Washington, desechando la idea original (usar el de Buenos Aires).  Comenzaron a registrarse las efemérides locales, emergieron los periodistas, los cronistas y los historiadores, esa gente que trabaja para la posteridad… A los cinco meses del éxodo se produjo el primer nacimiento en el espacio, y a los nueve meses y catorce días nació Martín, el primer bebé concebido camino a las estrellas… Como ya habrá intuido el lector, los años se contaron a partir del número uno, que coincidía con el del despegue.

La ciudad fue adquiriendo personalidad, y aparecieron costumbres y modismos característicos. Sonaban en las discotecas las canciones de moda; los más viejos seguían escuchando a Elvis, los Beatles, los Creedence, pero las nuevas generaciones tuvieron sus propios recitales en los quince anfiteatros construidos al efecto, con músicos vernáculos que estaban concibiendo sus propios estilos. Había noticias de que en la tierra se escuchaban esas melodías, pero sin gran entusiasmo.

La primera generación viajera aprendió de sus padres todo lo que podían saber acerca del planeta del cual provenían. Estudiaron, trabajaron, se casaron y tuvieron hijos. Estos hijos dejaron de leer la Biblia, que carecía de sentido para ellos, pues el primer hombre no había sido Adán sino Martín. Protagonizaron una rebelión juvenil, lograron crear drogas a partir de elementos químicos simples, rompieron cánones literarios y musicales. Fueron incendiarios, y poco a poco, a medida que crecieron, se transformaron en bomberos. Esta segunda generación se caracterizó por su elevada creatividad artística, y marcó la vida en la ciudad espacial por bastante tiempo.

Se llevaba un registro preciso de las filiaciones, como en el antiguo testamento. Para el año 48 había muerto un 67 por ciento de los viajeros originales, pero los nacimientos habían sido levemente mayores. Se estableció un sistema de jubilaciones que contemplaba los años trabajados antes de embarcar, se legalizó la eutanasia, los muertos eran arrojados al espacio en una ceremonia ciertamente muy bonita de una liturgia religiosa novísima.

Ya no había interés por saber lo que pasaba en un sitio tan lejano como aquél de donde habían partido sus antepasados. Los viejos recordaban los pasados días con nostalgia, y hablaban de cosas incomprensibles: comidas, costumbres, prácticas sexuales, enfermedades que ya no existían, despreocupaciones impensables. Formas de conquistar el amor, escrúpulos insensatos, paseos al aire libre…

La población de la ciudad en general vivía ajena a las cuestiones técnicas relacionadas con el viaje. En los niveles inferiores, debajo de las calles, de la red cloacal, trabajaban los navegantes, los ingenieros espaciales, los técnicos que aseguraban la continuidad del viaje. Este era un trabajo muy secreto y nadie individualizaba a quienes se dedicaban al mismo, pues cuando salían de su escondrijo llevaban una vida absolutamente  citadina. El folklore local hablaba incluso de la existencia de un capitán, cuyo mandato sólo caducaba con la muerta o la insana. Dos o tres nombres se habían filtrado al público, los de los tres capitanes que se sucedieron hasta el año 72: Charles, Lindon, y el actual, de quien se decían maravillas: Usher.

La tercera generación abusó de las drogas, pero esto estaba previsto en el plan de vuelo. El año 89 había sido el momento en que se liberaron las drogas más nocivas, para controlar el crecimiento de la población y darles algo en qué pensar. Alrededor del año 100 se produjo una violenta liberación de las costumbres sexuales, que nada tenían que ver con las de la tierra, a juzgar por las raras ocasiones en que se captaban las ondas provenientes de ese planeta. Todo había sido previsto en el plan de vuelo, hasta los ínfimos detalles: drogas, música, sexo, política, religión, arte, revoluciones y contrarrevoluciones, protestas y conformismos…

De alguna manera la gran masa de la población olvidó el objetivo que tenían en mente sus antepasados al partir. Eso debía ser así, pues lo conveniente era que algunas generaciones sólo existieran, duraran para perpetuar la raza humana camino a las estrellas. Alrededor del año 100 sólo se hablaba en la ciudad de una tormenta espacial que se avecinaba, de la corrupción del gobierno, de la epidemia de astraga. Otros tenían un ojo puesto en la efervescencia social, que propiciaba cambios violentos en la sociedad.

El cuarto capitán, bastante inepto por cierto, sólo observaba a través de los amplios ventanales de las secciones inferiores, en el secreto puesto de mando, y cabilaba severamente acerca de la crisis energética que amenazaba con paralizar sus motores…

Octubre 2002