Stark Treck porteño. Parte I. Los preparativos.

La nave obstruía parte de la luz del sol en los días claros; los habitantes de Buenos Aires usaban la mano como visera y miraban maravillados hacia el cielo, donde el monstruo hecho con todos los metales de la tierra, incluso los preciosos, sonreía anclado con sogas invisibles algunos kilómetros arriba de la atmósfera. Absolutamente todas las naciones del planeta participaron en su construcción, ostentosa o modestamente. Las grandes potencias dedicaron su tecnología y su ciencia a lograr que el gigante, concebido para desafiar al espacio ignoto, creciera hasta alcanzar las dimensiones de una urbe moderna; los pequeños estados africanos aportaron diamantes, oro y marfil, y cuando las guerras tribales daban alguna tregua, oraban junto con los hindúes, que no podían hacer más que eso: orar. Mientras los asiáticos se ocupaban en la microelectrónica, los latinoamericanos sólo tenían para ofrecer su fuerza de trabajo, y como era barata, conquistaron la existencia de aquella bravata tecnológica pendiendo sobre una de sus ciudades del sur.

 Cuarenta y cinco años antes del despegue, los científicos llegaron a la conclusión de que la criogenia no servía para nada. Una enzima, un minúsculo animal oculto en lo profundo del tejido humano, impedía que el hombre reposara por algún tiempo con las funciones vitales interrumpidas, digamos durante un siglo o doscientos años, y se volviera a despertar como si nada de su sueño gélido. Este hecho dio por tierra con la posibilidad de hacer largos viajes intergalácticos, y determinó que la filosofía de los futuros proyectos cambiara fundamentalmente.

 Ahora se sabía que mientras durara el vuelo hacia un cuerpo celeste más o menos lejano, los tripulantes deberían estar despiertos, conscientes, tendrían que respirar, comer, jugar, hacer el amor, discutir, leer, bañarse, caminar, dormir, y volver a despertarse en segmentos de tiempo más o menos regulares. Ya que residirían el resto de su vida en el espacio, y morirían en él, fue necesario diseñar una rutina que se pareciera lo más posible a la vida real, en la que los viajeros estelares pudieran incluso enamorarse, casarse, ir al cine, a bailar, estudiar, procrearse y ser sepultados dignamente. De esta concepción al diseño de una nave desproporcionadamente grande, similar a una ciudad, sólo hubo un paso, e inmediatamente se pusieron manos a la obra.

 38 años antes del despegue, los primeros bosquejos de la ciudad espacial estaban listos, y un lustro más tarde se comenzó a construir en la órbita terrestre, sobre el Río de la Plata. En las dársenas porteñas recalaban barcos cargueros procedentes del mundo entero, con el aporte de muchas naciones. En esos 33 años la Argentina conoció una prosperidad inusitada, la industria se desarrolló, floreció el comercio, los servicios se expandieron. (Como este país hizo honor a su tradición inmemorial, las cortes internacionales de justicia debieron investigar la corrupción originada en la efervescencia económica que referimos, ya que afectaba al orbe.)

 Iban y venían los transportes hacia el sitio de trabajo, llevando lo necesario. Se había construido una estación de enlace en el antiguo predio del Parque de la Ciudad, desde donde las naves despegaban y llegaban a cada momento. Era mágico verlas trazar haces de fuego en el aire, corcovear, ensayar algunas piruetas, y finalmente desaparecer en el cielo infinito. Asimismo, cuando llegaban producían un ensordecedor rugido, se acercaban cautelosamente a los atracaderos construidos por las potencias del hemisferio norte, y una vez posadas en la tierra iban apagándose como en una agonía. Algunas eran enormes, podían trasladar a cientos de hombres y varias toneladas de materiales. Otras simplemente  tenían capacidad para dos o tres decenas de personas, un poco más que un colectivo del microcentro. El paseo favorito de los porteños fue durante algunos años ir a ver este espectáculo desde las avenidas cercanas, hasta que se cansaron y optaron por otras diversiones más aventureras.

 Tres años antes de la separación con el planeta, la nave-ciudad estaba lista, dispuesta para comenzar a recibir a sus futuros y perennes habitantes. Por supuesto que los porteños tuvieron prioridad a la hora de embarcar, ya que habían soportado en su ciudad los trastornos de las arduas décadas de labor. El trámite se hacía desde las casas, y con bastante celeridad los postulantes obtenían los pases correspondientes, la fecha de embarque, la adjudicación de una vivienda en la ciudad espacial. Esta rutina duró más de veinticuatro meses, y prácticamente dejó a Buenos Aires deshabitada, porque muchos querían huir de la crisis ocasionada por la finalización de los trabajos. También embarcaron los uruguayos, y la gente del mundo que no deseaba perderse la andanza cósmica. Peruanos, algunas familias chilenas, asiáticos, rusos, estadounidenses, paquistaníes y ghaneses, bengalíes, tiroleses, israelíes y árabes, turcos y armenios, británicos e irlandeses, cada quien dispuso de su oportunidad, sin cortapisa. Ninguna condición se había premeditado, sólo los límites de la moderna y humana arca de Noé, donde se calculaba que hasta ocho millones de almas podía acomodarse plácidamente.

 Los organizadores, asesorados por el FMI, fundaron la economía de la ciudad, emitieron moneda, inauguraron bancos, abrieron cuentas corrientes. Al llegar a los atracaderos del mastodonte metálico había que ir directamente al banco, donde canjeaban el dinero terrestre por el que circulaba localmente. La vivienda que se otorgaba se condecía con la que el tripulante había tenido en la tierra,  lo mismo que su vehículo de transporte personal. De esa manera se logró trasplantar las clases sociales con las mismas características que tenían en su nicho original, con idénticos enfrentamientos, conflictos, intereses creados, anhelos revolucionarios y afanes conservadores.

 Además de las clases y castas religiosas, las profesiones estaban representadas en la nueva sociedad pronta a partir. Médicos y abogados sobraban, y gracias a esta circunstancia se descomprimió la densidad que la reina del Plata tenía de estos profesionales. Arquitectos, ingenieros, empleados, docentes, enfermeros, todos estaban allí, esperando partir. Tampoco faltaban los marginales, que tuvieron que ir a vivir penosamente en las periferias de la descomunal nave, ahí donde casi no llegaban la luz, el agua, las comunicaciones.

 Seis meses antes del corte de amarras cuatro millones y medio de personas estaban a bordo, y se organizó un gran carnaval para festejar el inminente alejamiento. Esa noche estuvieron presentes los líderes de los pueblos del mundo, se agasajaron mutuamente, libaron con abundancia, y muchos terminaron brindando sin recordar sus odios inmemoriales. Algunas semanas después de esa noche la nave quedó libre para enfrentarse al espacio misterioso, y dirigirse al primer planeta apto para la vida (se había constatado en él la existencia de CHON –carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno)… Los pescadores celebraron el acontecimiento con especial regocijo, pues la enorme cosa tan cerca del planeta estaba afectando a la pleamar.

 Los expertos estimaban que el viaje duraría 198 años…