¡Somos del barrio, del barrio de La Quema,

somos del barrio de Ringo Bonavena!

  

Ringo y Pajarito.

  

De dónde le salió de golpe el amor por el boxeo a Pajarito, todavía es un misterio.  Era casi mediodía cuando llegó a casa, y entró en mi pieza con lágrimas en los ojos y un dolor que balbuceaba con su voz de pito. Detrás de él asomaba el rostro de mi vieja, que ostentaba la compunción de los grandes duelos nacionales y me conminaba imperativamente a acompañar a su primo a donde quería llevarme. Era sábado, y me urgía repasar unos textos bastante complicados del primer año de la universidad, me parece que del Cercano Oriente en el segundo milenio antes de Cristo. Asomé los ojos sobre los apuntes y contemplé a los intrusos que invadían mi precaria privacidad, pero no llegué a entender qué sucedía. Pajarito se sentó en la cama, junto a mí, y me dio un abrazo y un beso mezclados con lágrimas de adulto. Se secó con un pañuelo mal escurrido y trató de serenarse sin lograrlo.

 

--Qué desgracia… -se lamentaba- ¡Pensar que hay tanta gente de mierda, y justo le tocó a éste, que era un santo...!  -Se secaba el llanto y seguía perorando sin descanso:- Yo voy a verlo, como que hay un Dios… Y vos tenés que acompañarme, Pachi… ¡No podés fallarme!

 

--Claro, no podemos dejar que vaya solo, mirá si se descompone –terciaba mi vieja, sin notar el fuego con que la miraba.

 

--Pajarito, ¿a dónde querés que te acompañe? Yo estoy estudiando…

 

--¡Dejate de joder, vos sos inteligente, no necesitás leer tanto! Tenés que venir conmigo al Luna, a ver a Ringo. ¿Vos no estudiás historia? Bueno, esto es histórico, es… es… -y la congoja no lo dejaba terminar- ¡Perdoname, soy un boludo sentimental!

 

--Pero oime… ¿cómo “a ver a Ringo”? ¿Vos decís a ver el cadáver de Ringo? –y enseguida noté que preguntaba una estupidez.

 

--Si, lo van a tener unas horas en el Luna Park para que los admiradores le den el último adiós –explicaba mamá, que en su momento había desfilado frente al féretro de Evita y más recientemente ante el de Juan Domingo, lo que la convertía en la referente obligada en la familia para estas peregrinaciones luctuosas.

 

Hice una pausa escénica, mientras hurgaba en los pliegues de mi imaginación buscando la mejor excusa para zafar de tan inesperado compromiso. Después de todo el boxeo me gustaba sólo para verlo por televisión, nunca había pisado el Luna, no vivía en Parque de los Patricios como Pajarito (que por ende era vecino de los Bonavena), no era de Huracán, y detestaba la voz con que Ringo entonaba “Pajarito Pío Pío”… Por añadidura, y por sobre todas las cosas, no tenía con el primo de mi mamá una relación que justificara que fuese precisamente yo, y no algún otro amigo del barrio, su escudero en tal expedición a Corrientes al 100, pero esto lo tomé como una deferencia.

 

Finalmente, creo que fueron tantas las razones para declinar la invitación, y todas de tal solvencia, que empecé a dudar de estar encaminado hacia la decisión correcta. Con el tiempo constaté que esa sería la manera en que habría de tomar las grandes determinaciones de mi vida (y alguna de las pequeñas también): ignorando la linterna de la lógica, guiado únicamente por la luz de un fosforito que me acercaba la mano temblorosa de los impulsos. Eso sería válido para encarar un largo viaje tres horas antes de la salida del tren, casarme a las pocas semanas de conocer a una mujer en una parada de colectivos, o responderle a Pajarito que contara conmigo para ir al Luna después de comer algo y ponerme la camisa y el pantalón.

 

En este punto él se serenó, y nos contó algunas noticias de su vida mientras comíamos unas milanesas refritas con premura y disimuladas debajo de un puré de cajita. La fábrica de sillas venía de mal en peor, la venta de los cochecitos de bebés no respondía a la inversión que había hecho en ese subrubro, el matrimonio flaqueaba, un hijo crecía con problemas de salud… Y para colmo de males la desgracia de Ringo, el llanto desconsolado desde que conoció la noticia una semana antes, el exagerado desconsuelo que venía a expresar otros desconsuelos cotidianos por los que no había tiempo para hacer duelo.

 

Había sido el 22 de mayo de 1976 la fecha del asesinato de Oscar Natalio “Ringo” Bonavena, en un piringundín  de Reno. Un disparo de rifle le partió el corazón, por razones que hoy todavía oscilan entre lo pasional y lo mafioso. Ese mismo día el boxeo argentino logró un triunfo importante en Sudáfrica (Víctor Emilio Galíndez venció a Richie Kates), pero esto no viene al caso. Recuerdo, si, que el 23 de mayo tomé un taxi hasta el Bajo, y que el chofer estaba consternado por la noticia.

 

--Además, fíjese usted, qué ironía –reflexionaba-, en el capítulo de ayer de “Hombre Rico – Hombre Pobre” mataron al boxeador rubio que interpreta Nick Nolte, por encargo de la mafia…

 

--Si, no me pierdo un episodio de la serie –repuse-, y la verdad es que es una cagada la muerte de los dos. El de la serie era un tipazo, y Bonavena…, ni hablar.

 

Pajarito no miraba televisión, así que no tenía ni idea de lo otro. Pero conocía a los Bonavena. Saludaba a Doña Dominga cuando la cruzaba en el mercado. Charlaba en el café con el hermano mayor de Ringo… Y sentía la pérdida como propia.

 

Salimos, tomamos el colectivo 6 en Esquiú, y soporté estoicamente durante todo el trayecto la retahíla de información pugilística y anecdótica sobre su ídolo, con una recurrencia exasperante en el recuerdo de la noche del 7 de diciembre de 1970, la de la pelea con Muhammad Ali en el Madison, cuando cayó en el round 14, no sin antes haber derribado a su mítico adversario en un tramo del combate y haberse dado el gusto de tildarlo públicamente de "gallina".

 

Se cansó de hablarme del “hombre con cara de niño” (y voz aflautada), como se conocía al púgil de personalidad avasallante. Aquel día yo sentía casi indiferencia por la fatalidad que tenía a mal traer a Pajarito, pero con el tiempo he ido encarnando el drama de esos días de una manera menos apasionada pero tan intensa como él, aunque esto es también, a lo mejor, parte de otras pérdidas que uno no tuvo ocasión de lamentar en las últimas dos décadas y pico.

 

Bajamos donde termina Corrientes y vimos el gentío que se agolpaba en las inmediaciones del Luna Park, a la espera de la llegada del ataúd con el cadáver de Oscar Natalio en él. Creo que todo el barrio de Parque de los Patricios estaba ahí. Cuando llegamos al final de la fila que serpentearía ante el féretro, tuve por un momento la sensación de ir acompañado por una celebridad, porque Pajarito saludaba a diestra y siniestra a pseudos-parientes, amigos y conocidos del club del globito. Decía a cada uno unas palabras alusivas a la mortandad y porfiaba en presentarme entre frases atribuladas, lo cual no era de particular interés para aquella gente.

 

Estuvimos casi seis horas en la cola, hablando de todo un poco mientras dábamos unos pasitos de baile hacia delante.

 

--33 años tenía, la edad de Cristo… Qué cosa, che…, qué cosa –reflexionaba, insinuando que morirse a esa edad era garantía de santidad. Y lo cierto es que muchos turros fenecen a los 33, pero particularmente Ringo era un buen tipo.

 

Vivió los últimos tiempos en una casa rodante estacionada cerca del Mustang Ranch, el burdel de Joe y Rally Conforte. La mujer era manager de la carrera boxística de Bonavena, que se venía a pique. Parece ser que la relación entre la dama y su amadrinado no eran del agrado del despechado y mafioso Joe, quien le había sugerido al argentino que se alejara del lugar… Esta es una de las versiones, tal vez la más lineal. Otras sugieren problemas de dinero, una caída en el quinto round que el guapo porteño no aceptó, complicaciones financieras, recelos de los matones de los Conforte… Y como siempre, la verdad se la llevó la muerte, que no suele devolverla más que en contadas ocasiones.

 

Pajarito prefería repetir lo que los diarios narraban en esos primeros momentos, orgulloso de que un vecino de su barrio, piola y pintón como ninguno, hubiera subyugado a la madama de un prostíbulo yanqui y levantando polvareda a su paso. Mientras nos acercábamos a los portones del Luna, en el silencio de una tarde misteriosamente cálida, adquirió por duplicado todos los recuerdos que voceaban los improvisados vendedores, para que mi vieja y yo tampoco nos quedáramos sin testimonios de ese día. Cuando traspusimos el umbral del Luna cargábamos una ruma idéntica de fotografías a todo color de Ringo, en tamaños variados y con el ídolo en poses diferentes pero características; llaveritos con un trocito de metal donde el bajorrelieve de Ringo sonreía desde el lustre, guantes de box en miniatura, y claro, el clásico póster, que Pajarito adquirió sólo para él, porque era un recuerdo especialmente oneroso.

 

--Este me lo cuelgo en la zapie, en la cabecera de la cama –avisaba, mientras le estampaba un beso a la gráfica, en señal de veneración.

 

Me hubiera gustado ir por primera vez al Luna Park en algún momento más feliz, a lo mejor cuando peleaba Monzón y sacaba con precisión un brazo largo que terminaba en un puño que terminaba en la cara de un oponente que terminaba en el suelo del ringside, sin saber de dónde le caía el mamporro, con toda esa gente gritando y vivando al morocho, pero no, no pudo ser, me cache en die, tenía que conocerlo así, entrando con Pajarito en un recinto sin butacas ni nada, penumbroso y con un silencio espeso que sólo podía haber impuesto la muerte de un boxeador. El mismo Pajarito dejó de hablar mientras consumíamos los últimos metros hasta el cajón, y creo que habría preferido seguir escuchando su monserga antes que bancarme esa sordina de la vida en la que era imposible no sufrir.

 

Justo en el medio del Luna estaba el ataúd, en el lugar de un ring que habían desmantelado para preparar la presentación de un espectáculo sobre el hielo, antes de que todo se suspendiera por designio del destino, porque si no era ahí, en Corrientes y Bouchard, ¿dónde se podía despedir a Ringo, dónde sino ahí?

 

--Pajarito, ¿te sentís bien? –le pregunté cuando lo vi palidecer, a corta distancia del cofre de madera donde Ringo descansaba con las manos sobre el pecho y un jetra de sastrería que le daba una pinta de novela, incluso ahí, o más que nada ahí, donde uno tiene que estar presentable para lo que sea que venga después, o en bolas, pero con el alma bien empilchada.

 

Me hizo un gesto indefinido para tranquilizarme, pero creo que no me escuchó. Uno de los guardias que organizaban la cosa nos hizo avanzar con otro gesto, y después de tantas horas estuvimos a la izquierda del féretro, entre los cirios y el color rojo de la alfombra que parecía disolverse en el aire hasta donde se podía ver a lo lejos y arriba, cerca de los gallineros.

 

--Señor, no se puede tocar, por favor, retire las manos –aclaró el guardia.

 

--Pajarito, soltale las manos, no lo podés tocar…

 

--Señor…

 

--Pajarito, soltalo, dale, que nos van a echar…

 

En medio de un acceso de llanto que el sufrido pañuelo ya no podía absorber, me hizo caso y le soltó las manos al astro. Las puso otra vez sobre el pecho como quien acomoda a un bebé en la cuna, despacito, para que no se despierte.

 

--Señores, circulen, por favor.

 

--Dale, Pajarito, caminemos.

 

Rodeamos con lentitud el cajón y Pajarito se detuvo a la derecha, que era lo que yo temía. (En ese momento pensé que el que dormía ahí era mucho más pequeño que el que había imaginado, quizá porque lo primero que la muerte hace es reducir.)

 

--Miralo –ordenaba-, decime si no es una picardía que este tipo esté ahí, y tantos hijos de puta afuera, cagando gente…

 

Los guardias nos miraban feo, y me pareció el momento justo para tomar del brazo a mi compañero y tironearlo diplomáticamente hacia la salida, mientras le decía que había mucha gente que esperaba llegar a ese lugar, y que si todos se quedaban tanto tiempo como nosotros el velorio iba a durar hasta el primer aguinaldo.

 

Salió llorando, cargado con las fotos, los llaveros, los guantecitos rojos, el póster y la pesadumbre. Caminamos hacia el lado de Lavalle para tomar el colectivo de vuelta a casa, y se fue tranquilizando ante lo inevitable, callado, y se fue metiendo de nuevo en sus propias desventuras con lentitud pero con pie firme, porque en verdad lo inevitable era precisamente seguir viviendo el resto del sábado y el domingo y el lunes, y afrontar la vida sin Bonavena pero con un montón de quilombos…

 

Mi vieja nos esperaba con la merienda, aunque llegamos casi un ratito antes de la hora de la cena. Pero la merienda estaba bien. Pajarito le mostró uno a uno los recuerdos que había comprado para ella y para mi, y los dos comentaban qué pinta tenía qué pedazo de muchacho qué churro y qué sé yo qué más, eso que se dice sólo porque la segunda cosa que la muerte hace es hermosear. Después Pajarito se fue a su casa y me parece que jamás lo volví a ver, saludos a Mabel, un beso a los chicos, ojalá te vaya bien con el laburo, y ya pasaron más de veinticinco años sin Ringo y sin Pajarito, que a lo mejor sigue fabricando sillas y cochecitos para bebé.

 

13 de octubre de 2004

 

  

PS  De 67 peleas, 57 las ganó, 9 las perdió, empató 1. Se subió a un ring por última vez como profesional el 26 de febrero de 1976, y le ganó por puntos a Billy Joiner en un combate que se disputó en uno de los restaurantes de los Conforte y tuvo características circenses. El público lo despidió arrojándole pedacitos de torta que habían sobrado.