Penélope y Ángel.

 

Todos conocemos lo qué pasó en Itaca cuando Ulises Politropos, el hombre de los muchos giros, arribó a sus costas después de un periplo al que nada le faltó. Entró en el palacio disfrazado de mendigo (el único que lo reconoció fue su perro Argo, pero murió a sus pies al verlo), y con la ayuda de su hijo Telémaco y de Eumeo y Filecio se enfrentó y dio muerte a los pretendientes, menos al heraldo Medonte y al bardo Femio. Después colgó a las mujeres del palacio que se habían deshonrado, cortó a Melancio la nariz, las manos, los pies y los genitales, y arrojó estos souvenires biológicos a la voracidad de los perros.

Finalmente se reunió con Penélope y con su padre Laertes, que estaba retirado en el campo desde su partida. Como era de esperar, aparecieron los familiares de los pretendientes pidiendo justicia, y tuvo que intervenir Atenea para  poner paz entre las dos partes…

Si el asunto hubiese quedado ahí, todo habría estado bárbaro. Pero en ese punto comenzó una historia diferente, que por su menor espectacularidad Homero descartó como tema central de la segunda parte de “La Odisea”. Sin embargo para nosotros, gente del siglo XXI interesada en la vida cotidiana de aquellas remotísimas edades, esta parte ignorada de la famosa epopeya sin duda es relevante, así que agarrate Catalina y después me la contás.

Parece ser que la primera semana la cosa anduvo un kilo entre Ulises y Penélope. La primera vez que hicieron el amor se sintieron extraños, ajenos, lejanos, pero había pasado mucho tiempo y no era cuestión de ponerse ansiosos para que todo fuese como en el pasado. Penélope apenas tuvo un orgasmo, y a él no pareció importarle. Se cubrió con las pieles de cabra, se dio vuelta en la cama dándole la espalda y roncó toda la noche como si tuviese un serrucho atorado en la garganta…

Cada mañana Ulises se levantaba con el sol bastante alto, desayunaba en abundancia y recorría el palacio sin nada en que ocuparse. Es cierto que el tipo no tenía que laburar para ganarse la diaria, pero nada parecía interesarle. Deambulaba por Itaca y bebía con sus amigotes a veces hasta muy entrada la noche, sin importarle que Penélope lo esperaba con la cena servida (pero esta vez sin tejer). Incluso adquirió el hábito de ir los domingos a la cancha, en lugar de llevar a pasear a su jermu (bastante había sufrido la pobre mientras él pelotudeaba con la excusa de que no encontraba la ruta de regreso al hogar…). En fin, el tipo había cambiado, y a fuer de ser sinceros, digamos que ella tampoco era la misma…

Penélope ya no sentía por su esposo la pasión de los primeros años de casada, incluso la emoción del recuerdo de Ulises cuando él estaba lejos, peleando en Troya o presumiblemente muerto. Era un desconocido con el que compartía la cama, alguien que no la mimaba, que había olvidado las palabras de amor, que no le ofrendaba un comentario halagador cuando volvía de la peluquería o estrenaba un vestido recién traído del oriente.

El palacete de muchos ambientes y un baño dejó de ser un hogar, pues incluso Telémaco, mocete inclinado a la joda, apenas paraba para dormir y amontonar la ropa sucia. La servidumbre se ocupaba de las tareas domésticas, y llegó un momento en que lo más divertido que la señora y el señor de la casa tenían para hacer era discutir… Ulises rezongaba por nimiedades, ella lo ignoraba y se recluía en el ala opuesta de la propiedad, y terminaron comiendo a diferentes horas y durmiendo en habitaciones separadas.

Un buen día Penélope decidió que lo mejor para ella sería salir a trabajar. Consiguió un laburito piola en un estudio contable, y aunque no ganaba mucho, sentía la satisfacción de su propio logro. Se compró un celular muy bonito, visitó a sus amigas de la infancia,  y dos o tres veces al mes iba a ver al abogado para enterarse de  cómo marchaba el trámite del divorcio vincular.

Cuando Ulises se fue a vivir con Laertes, Penélope quedó sola con Telémaco, viéndolo crecer y hacerse hombre (y atorrante también).

Empezó a pasear después de mucho tiempo y a sentirse observada en la calle, y una tarde, casi sin darse cuenta, después de un café y de una charla romántica a la luz de dos velones que parecían no querer terminar de consumirse, se dejó llevar a un hotel para que un hombre le hiciera sentir de una buena vez que aún era hermosa, que aún era excitante y que todavía era una mujer a la que se podía disfrutar.

Hizo el amor una vez, dos, tres, muchas y muchísimas. Conoció poses nuevas, sensaciones increíbles, orgasmos intensos, y una sucesión de amantes a los que proporcionó felicidad. Sin embargo las noches eran largas en su cama vacía, y la computadora le insufló el hábito de chatear hasta la madrugada, los sábados a la noche, los domingos a la tarde, los feriados y festivos… Así fue como en una tarde de lluvia Ángel inundó su pantalla con la promesa del amor, cuyo fuego hizo crepitar otra vez el corazón de Penélope.

Ángel vivía en una colonia del Mar Negro, a donde los griegos habían llevado su cultura, su arte, su forma de organización política. Y aunque tenía una mujer nativa y una hija casadera a quienes llamaba “mi familia”, le quedaba espacio en el corazón para conquistar el amor de la ex mujer del mentado héroe de Troya…

Penélope se entregó por entero a una relación que se superponía a la distancia, y comenzó a sentir la ansiedad de ver a Ángel en las costas de Itaca, alentada por las muchas veces en que él ofreció la promesa de ese arribo, de ese encuentro, de una vida que compartirían solos los dos.

Como el momento no llegaba, Penélope pasó por la lanería y compró agujas y ovillos primorosos, para retomar el antiguo hábito de tejer y destejer mientras esperaba a su amado.

Por suerte para ella, un amigo del chat la avivó de que estaba comportándose con ingenuidad, y de que esperar a Ángel era una gilada grande como una casa.

Por lo tanto, y en conclusión, Penélope devolvió los ovillos y las agujas, se empilchó con sensualidad y salió con alguien (no importa quien) que no se haría esperar, pues vivía cerca de su casa… Antes de salir hacia la cita le escribió un mail a Ángel, diciéndole más o menos que si creía que ella lo iba a esperar estaba frito, y estampándole un adiós en Times New Roman de 24.

Este es el final correcto de la historia, o por lo menos el que se acerca más a lo que prefiere una mujer de nuestra época. Porque la verdad de la milanesa es que Penélope consideró que no iba caer dos veces en la misma pavada, y nadie puede culparla por eso.

 

Septiembre 22 de 2004