Parque Rivadavia

La ola de la miseria fue arrojando sobre el Parque Rivadavia, que es su playa natural en Buenos Aires, personas, cosas, frustraciones, depresión. La mezcla resultante es una promiscua continuidad esparcida sobre el césped, que contornea las callecitas rojas por donde resulta confuso caminar. Algunos matean y pretenden pasar el sábado y el domingo como si estuvieran de picnic, y no urgidos por el hambre y las carencias del lunes; otros simplemente reposan al lado de la ruma que intentan vender, custodiándola de los chicos, los curiosos y los perros. Todo se puede encontrar: botellones antiguos, figuritas con brillantina, muñequitos de plomo, la revista “El Gráfico” con el gol de Maradona a los ingleses. Abundan las fotos sepia de señores graves que ostentan finiseculares mostachos y cabello engominado, mujeres que sobresalen de enormes vestidos, bebés gorditos coloreados a mano. Tres pasos más allá, una llanta de Falcon, dos tabaqueras, anteojos con aumento. He visto en un corredor del medio cierto desaseado instrumental odontológicos ávido de intrusear en otras bocas, bastones y blasones. La propia espada de San Martín podría estar a la venta si la buscáramos con esmero mirando a los costados (o el ojo de vidrio de Belgrano), y es seguro que la compraríamos, convencidos de hallarnos en presencia de la pieza original... Tal como están las cosas, probablemente sería la pieza original.

 

El viejo cambalache creció y alcanzó la mayoría de edad. Y fue arrasando todo a su paso, incluso la tecnología de punta que se tornó profundamente decrépita en menos de cien meses. Celulares en desuso, cadáveres de computadoras, basura tecnológica que algún incauto querrá llevarse a casa. Los primerizos se reconocen a la legua, pues estudian meticulosamente el objeto electrónico de su interés y terminan formulando la consabida pregunta: "¿funciona?". En cambio, los que frecuentamos la improvisada feria ya conocemos la consigna que rige cualquier transacción que pudiera involucrar a la electricidad: nada funciona; por muy bonito o muy limpio que se vea, sin importar las protestas del vendedor, seguramente al llegar a casa y enchufarlo comprobaremos que no funca. Diré que en general son muy pocos los que procuran ocultar este hecho; así que comprálo para repuesto, lleválo y no jodas.

La caminata comienza en el perímetro del parque que da sobre la avenida Rivadavia; esa es la fachada de la desventurada exposición, donde se acomodan artesanos en cuero, orfebres de hojalata, tenderos de ropa nueva, hippies jóvenes y viejos que hilvanan cuentas en collares. Después hay que subir por la escalerita de la esquina, y a partir de allí el paisaje social de los mercaderes va repujando los matices del infortunio monetario que los ha llevado a negociar objetos insólitos, preciados o no. En este punto, el recién llegado puede prefijarse un peregrinaje que garantice que ninguna vereda va a quedar excluida de sus ojos impertinentes. Podrá andar los caminos largos longitudinalmente, y dejar para el final los senderos transversales, más cortos y sorpresivos. Otra opción lo llevaría a zigzaguear, avanzar y retroceder unos metros, para evitar las idas y vueltas más extensas. Los reincidentes, por el contrario, hemos aprendido que no hay método para transitar las estrechas sendas populosamente concurridas: después de algunas visitas a la feria uno opta por caminar sin preocuparse por lo que dejará de ver o por lo que verá dos veces. Esta apatía tiene precisamente la desventaja del riesgo a que nos vayamos  sin haber pisados algunos sectores, pero se compensa porque frecuentemente descubrimos un objeto de interés al volver a pasar frente a un plétora de cachivaches que antes no había llamado nuestra atención.

Cada fin de semana que incluye una incursión en la feria implica la sorpresa del objeto que no creíamos volver a ver, o de aquél cuya funcionalidad desconocemos (aunque luzca tan bonito). En general los precios se fijan de acuerdo con la ansiedad del vendedor, la hora del día, las necesidades del día siguiente. Un pormenor a tener en cuenta es que se puede pagar con lecops o patacones, incluso el bombón helado de cincuenta centavos de presumible fabricación casera.

Y bien, allá vamos. Nos internamos en los olores de la fritanga, la garrapiñada, los panchos y choripanes. No muy lejos, debajo de la estatua negra y ecuestre del centro, dos bombos y un chinchín ensayan una monotonía de comparsa con desapacible estridencia, sólo contenida por el megáfono del caballero de jeans que conduce una asamblea barrial frente a treinta y dos personas... Algunos metros atrás, las ramas del imponente roble acarician la tierra cuando los chicos las montan como hamacas... Si, allá vamos...

Cristina me acompaña siempre en estas excursiones; la mayoría de las veces no sabemos exactamente qué vamos a buscar allí, y con el tiempo llegamos a la conclusión de que sólo nos motiva confrontarnos con nuestro asombro. A esta altura de nuestro matrimonio ya he reconocido que soy un comprador compulsivo y precipitado, y que ella me contiene con dificultad. No nombro, por decoro, las cosas que llevo adquiridas en tales correrías, cosas que se han revelado como absolutamente inútiles en la vida cotidiana y merecieron bien el arrumbo o el desecho a que las destinamos. Sólo me referiré a los recipientes de plástico con los que pretendí hacer paletas de helado casero, y al espejo de marco mal barnizado y luna confidente (de este último soy inocente por completo).

El vendedor me juró y perjuró que con su producto podría hacer helados de palito igualitos a los de Frigor. Incluso sugirió que vertiera en los recipientes jugo de naranja, coca-cola o yogurt, y yo lo miraba pensando en el jugo de ananá, que es mi favorito. “Plásticos de Galicia S.A.”, leí en la cajita, y me atormenté pensando que un utensilio doméstico tan simple podía ser fabricado en Argentina. Simple, si: cuatro tarros de plástico, sobre los que se aplicaban tapas del mismo material de las que sobresalía una pequeña manija que actuaba como base del helado. Al sacarlo del congelador, uno podía desmontar cuatro helados “de palito”… En fin, una pavada, que pagué cuatro pesos. (Ya que no quiero ocultar nada, agregaré que lo que compro es barato, aunque en el conjunto sume una pequeña cantidad. Cristina, por su parte, casi nunca se tienta, pero cuando lo hace, ¡mamita, agarráte! No elige objetos simples ni módicos, sino adminículos caros y suntuosos, y es por eso que no siempre puedo acceder a sus antojos domingueros.)

Cristina se prendó del espejo. Recuerdo que yo caminaba con aire indolente, y llevaba en la mano mis vasitos para hacer helado como si fuesen la piedra filosofal, esa rara entelequia tan mentada y profundamente desconocida. Súbitamente estaba hablando solo en el gentío, y noté que ella se había detenido unos metros atrás, frente al espejo apoyado en un árbol. Por su expresión me percaté de  su decisión de comprarlo, y el rostro del vendedor me reveló que sospechaba esa circunstancia. Los veía realizar la transacción, convenciéndose, mintiéndose, disimulando, y no hacía falta oír el diálogo para comprender lo que sucedía entre los dos. Un rato después ella le hizo un gesto de espera, y me señaló a la distancia. El vendedor me observó como a un enemigo, creyendo equívocamente que yo iba a ser renuente a su persuasión. En realidad, el hombre ignoraba que el espejo se había vendido por sí mismo, y que sin importar los regateos, Cristina se lo  llevaría de cualquier modo.

Así me lo hizo saber cuando se acercó a mí, y agregó que si bien el precio de lo que pretendía superaba los noventa pesos, creía, a juzgar por la impaciencia del mercader, que podía “sacárselo” por setenta. No pude dejar de hacerle notar que un momento antes me había recriminado el gasto de los cuatro pesos, y ahora pretendía dispendiar una cantidad sensiblemente superior. Y entonces me disparó la artillería pesada, que consistía en la expresión seria y recriminatoria con que acompañaba a las palabras tan temidas: “pero yo nunca pido nada”.

El lector sospechará que volví a caer en la trampa, con todo lo que ello implicaba: le entregué el dinero que tenía, un importe suficiente para su gasto, y aunque pude complacer su deseo, me sentí culpable por las veces en que eso no me había sido factible, y responsable, en el futuro, de halagarla más a menudo… En fin, las mujeres saben perfectamente cómo hacernos sentir mal y vaciarnos los bolsillos, todo a la vez.

Cuando Cristina estaba concretando la compra me acerqué a ella y asomé mi imagen al espejo, con intención de constatar la calidad de la adquisición. Pensé vagamente en la afirmación de Borges, aquello de que “al igual que la cópula, el espejo multiplica a las personas innecesariamente”, y sonreí. La imagen relucía con diafanidad, como si el azogue hubiese sido derramado el día anterior. El biselado era pequeño, casi inexistente, pero daba al objeto un aire de categoría. El marco indicaba más ostensiblemente el paso del tiempo, y uno lo sospechaba de una época anterior a la del cristal; su bajorrelieve consistía en una cadena geométrica  que confluía hacia una flor de lis de gran tamaño apostada en cada esquina, burdamente cincelada, deslucida por la pérdida del barniz… Supuse que con unas pinceladas compasivas el marco presumiría aires más decorativos, pero me abstuve de hablar acerca de estas intenciones, ya que estaba convencido, en el fondo, de que jamás realizaría tal artesanía doméstica.

Me sentí desinformado sobre los espejos, y noté que todo cuanto conocía de ellos provenía de la literatura. Borges, con su metafísica, no me era de gran utilidad en ese brete. Jesús decía “los ojos son el espejo del alma”, y eso no me servía tampoco. El mito cuenta que Narciso miraba continuamente su imagen en el agua, pero nada explica de cómo comprar un espejo de verdad (que le habría evitado el padecimiento de sus terribles dolores de espalda). Lewis Carroll, después de llevar a Alicia al país de las maravillas, la había aventurado a través de un espejo. Otras ficciones me rondaban la mente, pero ninguna adecuada a mi frívola necesidad. Recordé luego el cuento de José Carmona-López, “Recomendaciones para comprar un espejo”, y me apronté a hacer la prueba del aliento a la que este autor se refiere, para saber si el cristal era frío y de calidad.

Cristina y el vendedor me miraron con curiosidad, cuando coloqué mi boca abierta a algunos centímetros de la superficie mercurial y le regalé mi aliento, cálido y oliente a garrapiñada. Una aureola de vapor cubrió uno de los ángulos, y me acomodé para estimar el tiempo que tardaba aquella mácula en desaparecer por completo.

La indagación era venial, pero me divertían los rostros de mi esposa y del improvisado mercader, que sugerían algo así como “la puta, cómo sabe”. Terminó de engañarlos mi expresión grave y el comentario que disparé con pretendido descuido:

--Si este halo desaparece lentamente, el cristal es frío y de calidad.

Una parodia, por cierto, una sobrecarga imaginativa, algo que había leído, presumiblemente falso, presuntamente exagerado. Pero Cristina me miró con bronca, porque no le gusta que me entrometa cuando compra o vende. Además, si el espejo pasaba la prueba, el vendedor probablemente incrementaría su precio…

En fin, ahí estábamos los tres, esperando que el espejo se desempañara. Transcurrió un momento, y nada. El estigma de mi aliento se quedó aferrado a la luna, sin redondear sus puntas ni mostrar trazas de comenzar a volatilizarse. Entonces el mercachifle avanzó dos pasos hacia la mercadería que ya no le pertenecía, le dio un golpecito en el marco con los nudillos de su mano izquierda, y se complació en señalar la faz refulgente, de la que el vaho había desaparecido en un santiamén.

Cristina y yo nos miramos, y coincidimos tácitamente en que tal episodio era poco auspicioso. Sin embargo, el pago ya se había realizado unos minutos antes, y todo lo que restaba era tomar nuestro nuevo bien y llevarlo a casa, donde la imaginación de cada uno de nosotros ya le había asignado unilateralmente un sitio adecuado.

Así que lo tomamos por las puntas y lo trasladamos hasta el cruce de Rivadavia y Acoyte, esquivando a los transeúntes y desestimando que el cristal fuese frío o no, que poseyera alguna calidad o careciese por completo de ella. El siguiente escollo era llevar el mueble hasta nuestra casa, un detalle en el cual nunca nos detuvimos a meditar. Tuve ganas de decirle “¡por qué no te compraste un tapiz!”, pero la temperancia me calló. El quinto taxista al que le hicimos señas accedió a llevarnos, pero no se privó de cobrar exceso “por bulto”.

El criterio femenino triunfó una vez más, así que lo colocamos en el rincón más iluminado del comedor, y nos observábamos sentados a la mesa. A la mañana, antes de emprender el camino a la oficina, me peinaba en él, ensayaba algunas morisquetas y espiaba la expresión curiosa del perro que se arrellanada en un ángulo biselado. Un sábado fuimos invitados a un casamiento, y decidimos llevarlo por esa noche a la habitación para comprobar, en sus reflejos, si el traje azul y mi cuerpo aún congeniaban después de tantos meses sin celebraciones, y si el vestido de Cristina lograba contener algunos gramos extras que se habían atrincherado en sus senos.

Tres meses se fueron, y dos estaciones del año. Era febrero, era jueves, hacía mucho calor y se hablaba de posibles lluvias. Era tarde también para tomar el colectivo 26 y llegar a tiempo a la oficina, y nada complica más un día de trabajo que un despertar aciago. De paso hacia la calle atravesé el comedor, y me enseñé al espejo para despedirme de mí mismo, pero la luna estaba negra como la noche, limpia y bellamente negra, muerta, oculta, profundamente negra y ausente.

Llamé a Cristina y juntos nos asombramos frente a lo que sucedía. Me despedí con premura y la dejé a solas con el problema, mientras trataba de despejarse.

Al mediodía la llamé por teléfono y me contó que la situación no había variado. Por un instante había creído verse reflejada tenuemente, como si el espejo quisiera despertar de una pesadilla. Lo cierto era que la negrura se hizo más intensa con el correr de las horas, y así permaneció en los siguientes días.

El domingo fuimos al parque Rivadavia a ver al vendedor. Lo enteramos de lo que ocurría y no pareció sorprendido; por el contrario, nos sugirió lavar el cristal tres veces al día con una mezcla de vinagre y alcohol, y dejarlo bajo el sol para que se entibiara. Seguimos su consejo, y el martes a la tarde la negrura comenzó a dejarse ganar por los destellos, los reflejos, los movimientos hurtados a la realidad. Esta nueva vida reapareció desde un pequeño sector que se formó en el centro y fue dispersándose como el agua hacia los bordes… Desde entonces, cada vez que vuelve a adolecer de esos síntomas, ya sabemos cuál es el remedio adecuado, aunque a medida que pasan los años tarda más tiempo en recuperarse, haciéndonos prever que algún día lo perderemos inevitablemente.

Pero ese no fue el único achaque del espejo. En cierta ocasión nos veíamos almorzando en su luna, y cuando Cristina pasó muy cerca con la fuente humeante de sopa de espárragos notamos que se opacaba, perdía brillo, como si se empañara con el calor. Así se quedó toda la tarde, aunque abrimos las puertas y ventanas para que fugaran al patio las condensaciones dañinas. Nos mirábamos en él como a través de una niebla, de una bruma que sólo era producto de su imaginación fértil. Al otro día Cristina decidió aplicar el remedio que lo había sacado del trance de la negrura, pero hizo con eso que empeorara la imagen, y que a partir de ese momento sólo se vieran contornos difusos en los que adivinábamos nuestras siluetas con bastante dificultad.

Ese domingo volvimos a ver al vendedor, un poco molestos. Le referimos nuestra experiencia, pero él comenzó amonestándonos por la idea de limpiarlo con la mezcla anti-negrura.

--¡No, se mandaron una macana! Tendrían que haberme consultado primero. Cuando el espejo está como me dicen, el vinagre y el alcohol lo empeoran. En este caso hay que dejarlo en la obscuridad por unos días, evitarle cualquier contacto con la luz. Buscar un sótano, un altillo, algún lugar de la casa donde no entre el sol ni haya lamparitas. Incluso lo pueden cubrir con frazadas… Pero es importante aislarlo de cualquier fuente luminosa… -Sonrió  con astucia, y agregó:- Si siguen así, van a terminar siendo expertos en espejos.

No pretendíamos eso, pero cada día conocíamos más acerca del asunto. Por cierto, seguimos al pie de la letra las nuevas recomendaciones, porque aparentemente nuestro espejo necesitaba descansar. Lo envolvimos bien con mantas, y lo acomodamos en un rincón del sótano. Incluso sacamos el foquito, por si alguno se olvidaba del tratamiento e intentaba encender la luz para buscar alguna otra cosa.

Cristina empezó a demostrar interés en el tema “espejos”, a la vez que ambos extrañábamos al nuestro cuando estábamos sentados a la mesa del comedor. Una noche, durante la cena, me contó que había ido a la biblioteca a buscar información adecuada, datos que nos capacitaran para curarlo sin necesidad de recurrir al mercader del parque.

Después agregó que a lo mejor había otras personas que tenían los mismos problemas que nosotros, y que por desconocimiento o falta de tiempo no se decidían a llamar a un especialista, teniendo en cuenta, además, que según sus indagaciones tales técnicos no existían en Buenos Aires. Había constatado en Internet la existencia de un docto sobre espejos en Amberes, que ya estaba retirado y se dedicaba a redactar sus experiencias, cuya aparición había sido anunciada vanamente los últimos dos años. Una española le seguía los pasos, y sus servicios eran muy requeridos, altamente apreciados y valuados entre los anticuarios. Sin embargo, sus recientes declaraciones la habían desacreditado en demasía, ya que nadie podía creer, como ella afirmaba, que los espejos tuvieran memoria, se cansaran, soñaran o desearan morir…

En fin, recuerdo que pensaba en que hacía tiempo que no veía a Cristina tan entusiasmada por algo, y la dejaba hablar. Mientras tanto me llevaba la cuchara a la boca, colmada de sopa de espárrago, que es mi favorita. Y entonces se me ocurrió sugerirle una tontería:

--¿Será el espárrago?

Se interrumpió y me miró asombrada:

--¿Qué dijiste?

--Digo que a lo mejor es el espárrago; nuestro espejo quizá es alérgico a esta hortaliza.

Lo meditó un instante, y vi que el destello en sus ojos delataba la fugacidad de una idea atinada. Después concordó en que podía ser ese el problema, seguramente de eso se trataba, sin duda era eso. Agregó que iba a enviarle un mail a la española, y que confiaba en que la experta le respondería rápidamente, porque si algo bueno tienen los europeos es que leen todo su correo y lo contestan concienzudamente.

No fue un mail lo que redactó, sino la historia completa de nuestro espejo desde el momento mismo en que lo habíamos descubierto en el parque Rivadavia. Recuerdo que me asombré al leer varias pantallas con las palabras entusiastas de Cristina, de quien solía admirar la síntesis y la parquedad extraviadas en las volutas de aquel fervor. Pero en conjunto, era una pieza epistolar perfecta, clara, cuya narrativa iba a proporcionar a la destinataria una cabal idea de los inconvenientes y sorpresas que con bastante frecuencia nos deparaba nuestro espejo.

La especialista peninsular no sólo respondió el correo electrónico de cristina. En el contexto de una gira de conferencias que iba a dar próximamente en Sudamérica, llegó a Buenos Aires un sábado de abril, y se ofreció a examinar el objeto de nuestras tribulaciones. Advertida de su llegada, Cristina la fue a esperar a Ezeiza, la acompañó al hotel y un día más tarde la invitó a almorzar en casa. Comió como en la última cena, y mientras deglutía las achuras sentenciaba que las carnes argentinas eran las mejores del mundo. Repitió el postre, bebió un café doble, y sólo después nos miró divertida desde su humanidad pipona de diez lustros y exhaló:

--Bueno, ¿dónde está?

Era el momento que Cristina había esperado desde la mañana, aunque había disimulado decorosamente su impaciencia. Se levantó con parsimonia y le indicó a Guadalupe el camino de nuestra habitación, que era donde habíamos dejado al espejo desde el final de su confinamiento en el sótano.

Yo permanecí sentado a la mesa, arrojando pedacitos de carne en las diminutas fauces del perro. Los dos éramos ajenos a los intereses de la mujer de la casa, pero la conversación que tenía lugar entre las dos féminas terminó captando mi atención.

--Aquí está. ¿Qué te parece?

(Silencio. Imaginé a Guadalupe inclinándose hacia el espejo, percibiendo su textura, viendo su propia humanidad en aquellos antiguos reflejos. Después lo observaba por detrás, seguía tocándolo, se alejaba para verlo en perspectiva, o le ponía la nariz a las flores de lis de las esquinas para empaparse de los aromas de aquel misterio hogareño.)

--Mmmmm…, si…, si…., mmmmm…

Mi esposa no es una persona paciente. La imaginé desesperándose por los gorjeos, relinches, murmullos y cuchicheos de la visitante, que nada transmitían acerca de lo que se esperaba de ella.

--Mmmm…, es fascinante…, si

Bueno, al menos una palabra alentadora, que en un segundo propició las más disparatadas derivaciones de la imaginación en la mente feraz de Cristina.