Siempre salíamos temprano a buscar trabajo.

 

Como el lector tendrá ocasión de sospechar, aunque la frase “siempre salíamos temprano a buscar trabajo” abre una historia absolutamente simple y cotidiana que es fácil imaginar con variaciones de tiempo y de lugar, los hechos que pretendo evocar difícilmente podrían reconstruirse de manera más equívoca y contradictoria. Ya sabemos que los adverbios siempre y nunca son los más falaces y  tautológicos de cualquier idioma, y en el caso de la lengua castellana comparten una nefasta ambigüedad con el posesivo suyo, pues ¿qué palabra hay más indeterminada que la palabra suya? En cuanto al verbo, diré que en verdad no salíamos a buscar trabajo para nada, sino que primero nos quedábamos un largo rato comiendo y hablando de mujeres, y al final salíamos pero no a buscar trabajo, sino hacia otro sitio que nada tenía que ver con la necesidad de disponer de un sueldito en un plazo más o menos razonable, cosa que definitivamente jamás (¡la fuerza de la costumbre!) sucedía temprano ni nada que se le pareciera, sino más bien a media mañana o aún más cerca del mediodía, cuando las señoras ya habían baldeado las veredas y en el aire de aquel verano polucionaba el aroma de las macetas recién regadas. Todo lo cual desemboca fatalmente en una conclusión que no ha de pasar inadvertida al lector que ha llegado hasta estos dos puntos: la última de nuestras intenciones era encontrar la bendita ocupación, y eso bastaría para obligarme a recomenzar esta historia más o menos de esta otra manera:

 Durante muchas mañanas de un verano pegajoso de Buenos Aires nos reunimos Sergio y yo para desayunar facturas con Coca-Cola, y después salir a caminar por el barrio o a vagar por el micro-centro con un diario que se ajaba debajo del brazo. Desde entonces magnifiqué mi afición a la crema pastelera del pan de leche y del vigilante, mientras Sergio desafiaba a sus índices de colesterol con medialunas de grasa acabadas de hornear.

 Dieciocho años entonces, casi cincuenta ahora, los dos, con apenas unos meses de diferencia a su favor (o al mío, según la visión que se tenga de la vida). Y laburo  no faltaba, sólo era cuestión de concurrir a un aviso clasificado con la pilcha más o menos adecentada,  soportar la mirada inquisidora de un entrevistador que tenía más ganas de continuar con su tarea habitual que de discernir cuál de los postulantes era el menos estúpido para las obligaciones vergonzantes de la empresa (en el archivo del sótano las cajas se acumulaban y para encontrar un papelito había que ser un Lord Carnarvon hollinado), tratar de poner cara de menos estúpido y hacerse a la idea de que con suerte uno sería pronto Lord Carnarvon, aunque con la consciencia de que existían poquísimas posibilidades de descubrir algo tan valioso como el hipogeo del rey niño.

 Humedad y papel, mala combinación para comenzar a trabajar. A veces titilaba nerviosamente una lamparita roja en el sótano de 25 de Mayo y Cangallo, y la consigna era subir con presteza a la oficina de expedición para que Cefarelli le informara a uno que había que salir a hacer un trámite urgente por ahí nomás en el centro, eso si, ojo pibe sin pasear ¿entendió?, y yo hago el trámite pero minga sin pasear, el sótano y los papeles pueden esperar un ratito más, a dónde va a ir toda esa mugre desordenada.

 Claro que eso fue después. El lector entrenado seguramente ya conoce la deformación profesional que tenemos los que escribimos de saltar en el tiempo adelante y atrás, atrás y más atrás, de nuevo adelante, como si jugáramos con el control remoto avanzando y rebobinando una película que ya vimos pero que no terminamos de comprender y que mejora cada vez que la repasamos, con escenas que se van acomodando incansablemente a lo que quisimos haber vivido (si hay un resquicio de verdad), etc. En fin, eso fue después, mucho o poco, no lo sé. Esa mañana sólo desayunamos opíparamente, demasiadas facturas, abundante coca cola, y una plusvalía de mujeres inconquistables de las que hablar con una mezcla de fascinación e irreverencia. Y a eso de las diez y media de la mañana enfilamos para el lado de Cobo a tomar el 50 que baja por Corrientes hasta Alem, donde iríamos a pispiar qué pasaba con el aviso más prometedor de los clasificados del día.

 --Eso si –aclaró-, antes me tenés que acompañar a casa.

 Era lo de siempre. ¿Para qué? Si íbamos a tu casa llegaríamos a la entrevista al mediodía, le dije.

 --Dejé el documento en el otro pantalón. Mirá si me pierdo el yeite por andar sin la cédula, ¡me mato!

 --La reputamadre que lo parió… Sos un boludo, ¿cómo salís sin documento?.. ¡Ma si!, dale, vamos antes de que se haga más tarde.

 Y fuimos. No eran muchas cuadras las que teníamos que desviarnos. Caminamos por Víctor Martínez desde Saraza hasta Zelarrayán, y Laureano nos saludó en la puerta del despacho de pan que tenía en la esquina, donde al menos cuatro décadas se habían impregnado en las paredes y en la madera de los exhibidores, en las carameleras enormes y en su columna vertebral.

 Por Zelarrayán hicimos una cuadra hacia el norte, por la vereda de la sombra. Desguazábamos planes, compartíamos ilusiones, padecíamos la juventud sin darnos cuenta. La rutina de ir a buscar trabajo se había tornado un ejercicio divertido y trivial, aunque en el fondo asumíamos que no lo encontraríamos yendo juntos, saliendo tarde, presentándonos en las entrevistas con ropa inadecuada y con la actitud incorrecta (sumisión y humildad era lo que nos faltaba entonces, y si eso no estaba a la vista de nada servía tener una altísima velocidad dactilográfica). Ignorábamos cuánto tiempo más íbamos a seguir esa rutina casi diaria que relajaba a nuestras madres y nos liberaba momentáneamente de la presión familiar, aunque tampoco nos preocupaba demasiado ese asunto. Esa pequeña rutina había demostrado tener una persistencia, una inercia motriz que sólo podría romper un hecho contundente como el que nos esperaba en la otra cuadra, y esa lección de la vida estaba presta para llevarnos un paso más allá.

 Después nos dimos cuenta del silencio inusual de la calle a esa hora. Muchas veces habíamos caminado por ahí, en mañanas de sol como aquella, y el piar de las aves, el viento silbando en los árboles y las máquinas de la fábrica de discos componían una sinfonía que sólo se ejecutaba a esa hora, en esa calle. No podíamos equivocarnos, había demasiada calma. Pero veníamos charlando, discutiendo amistosamente, hablando de una mujer, y no dejamos que la consciencia de esa extrañeza nos abordara hasta que estuvimos frente al foco mismo de aquel mutismo.

 Cruzamos la calle a la altura del portón de CBS, donde se manufacturaba un producto que entreveraba música popular con vinilo negro, nylon y cartón. Una densa fila de coches, camionetas y camiones nos impedía ver el largo paredón de CBS Columbia, amarillo por aquel entonces, muy alto y de salpicré. Afinando el cuerpo pasé entre dos vehículos de gran porte. Sergio me seguía de cerca. Puse un pie en la vereda, avancé un metro y me quedé petrificado. Mi amigo se detuvo bruscamente detrás de mí, inmóvil frente a una contemplación conmovedora.

 No era una mujer, era una masa sanguinolenta. Era silencio en estado sólido. Un vestido negro que no olvidaré, rojo en sangre… No sé por qué me di cuenta de que era negro, pero era negro, escotado, sin mangas. Tenía la piel muy blanca, en su vestido negro de tela finísima. Y era muy bella, de facciones delicadas y cabello azabache. Pero todo en ella era sangre. Y todo dolor. De pronto ya no había más mujeres que esa, para Sergio y para mí. Estaba en la vereda, sentada sobre sus piernas, inerte. Lloraba y extendía un brazo hacia nosotros, implorando desde el fondo de sus ojos intensos. El cuchillo de un amante enfurecido había hecho estragos en su carne. Había cortado los pechos, los brazos, la cara, había entrado en ella abriendo surcos muy cerca de su corazón.

 --¡Ayuda…, por favor!

 Una sola vez lo dijo. No tuvo fuerzas para repetirlo. La teníamos a veinte centímetros y no atinábamos a acercarnos más, a tocarla, a intentar llevarla de allí, a querer hacer algo por ella. Sólo la mirábamos, incapaces de más. No estábamos preparados para eso, para la belleza y la tragedia unidas en la magia de un momento así. En medio de nuestra consternación, el silencio empezó a hacerse sentir. Notamos que no había sonido de pájaros, ni el viendo azotando las hojas, ni los golpeteos de la maquinaria hidráulica. Notamos que las puertas de CBS estaban cerradas, al contrario de lo que era usual. Nos sentimos solos como nunca, indefensos y sin lograr salir del estado de impavidez.

Alguien nos observaba por la mirilla del portón. Lo primero que escuchamos fue una voz ronca que puteaba. Unos golpes en el portón de madera, el cerrojo que se movía, las hojas que se abrieron y dieron paso a dos hombres que avanzaban discutiendo.

 Uno de ellos, vestido con saco y corbata, amenazaba al otro, cuyo overol lo delataba como un supervisor o algo así.

 --Spinetta, se lo advierto, no se meta en este quilombo. Ya llamamos al comando, deje que ellos se ocupen.

 --¡No, basta, no aguando más! ¡No la voy a dejar morir ahí!

 Spinetta se acercó a la mujer, ignorando nuestra presencia. Llamó a un ayudante que venía detrás de él y le ordenó poner en marcha la camioneta.

 --Spinetta, no haga quilombo, podemos tener un problema –insistía el otro.

 --¡Me importa una mierda! –aseguró, tomando a la mujer por debajo de los brazos y por las piernas, y manchándose el overol con su sangre.- ¡Rápido, vamos al hospital Churruca!

 La camioneta ya estaba en marcha. Spinetta se subió a la parte de atrás con la mujer, dejando un hilo de sangre que parecía vertido desde el gran charco colorado y gelatinoso que había quedado en la vereda.

 --¡Dale, Sandoval, arrancá! –gritó Spinetta, y lo vimos alejarse abrazado a la mujer, con la esperanza de que al menos llegara viva a las manos de un doctor.

 El otro, el de saco y corbata, se puso las manos en la cintura, respiró profundamente, miró hacia el cielo y se desahogó como pudo:

 --¡Spinetta y la reputisima madre que te recontra parió!

 Después ordenó a la gente de vigilancia que abriera los portones por completo y llamara a mantenimiento para hacer baldear la vereda… Después se metió en la fábrica… Después alguien nos dijo que nos fuésemos de ahí, “ustedes qué miran” y esas cosas. Y después nos temblaban las piernas mientras tratábamos de seguir caminando rumbo a la casa de Sergio.

 Y después vino la vida, nos enteramos de que la mujer había sobrevivido al ataque pero con tendones y articulaciones cortadas, con inmovilidades y limitaciones que la transformaban en algo menos que en un vegetal, y un buen día nos olvidamos de ella, de su belleza y de su dolor, de su piel blanca y de su vestido negro.

Nunca volvimos a reunirnos para salir a buscar trabajo juntos. Él empezó a laburar como repartidor de quesos, aunque no duró mucho. Yo entré como cadete en Capdevielle Key y Cía., estuve cinco años, me fui, hice otras cosas, estudié, me enamoré, fracasé y me realicé en diferentes maneras, sufrí y gocé, pero jamás olvidé la lección.

 La vida se divide así: por un lado los Spinetta, por otro el señor de traje y corbata… La vida son los dos, no puede existir el uno sin el otro.

 Uno sólo tiene que decidir, cuando el día llega, cuál de ellos quiere ser.

 

Julio 27 2004