Los demonios de la noche.

 

 Juan entraba y salía frecuentemente de la cocina con una mano en el bolsillo y otra sobre su bigote cerdoso, al que trataba de dar forma con la pinza de los dedos. Vagaba entre los trastos, piletones y hornallas con permanente expresión de enojo, porque el enfado era su sentimiento favorito. Lo mantenían en vilo las alternativas de la punzante economía, que desangraban su negocio y hacían más dolorosa su úlcera de duodeno. Su recelo formaba parte del perfil laboral de los dueños de restauran, y alcanzaba el paroxismo en relación con la gente de la cocina, a quienes echaba el ojo más insistentemente que a los demás trabajadores de su establecimiento. Se quejaba de que el queso medraba, insistía en que la manteca debía durar más tiempo, que la sal, la mayonesa, todo, y sus comentarios mordaces subsumían la velada acusación del robo. Ninguno de nosotros se daba por aludido, pero en verdad aquel hombre bajo y macilento estaba lejos de suponer la magnitud de la exacción que le practicábamos a diario…

Yayo (claro que no se llamaba así, pero ese había sido su alias carcelario) fue quien instauró la costumbre y nos aleccionó para que lo secundáramos en el arte de robar, en que la necesidad y las malas compañías lo habían entrenado a él desde el destete de su inocencia mocosa y descalza; desde esos años iniciales, había aprendido que el hambre y el hurto parrandeaban juntos en los estrechos pasillos de la villa miseria… En nuestra cocina, al poco tiempo la comida desaparecía de los estantes, heladeras, anaqueles y armarios, en cantidades cuya escrupulosidad mitigaba en parte la conciencia de quienes jamás habíamos delinquido, y sorteaba el ojo avizor del patrón. El fruto de nuestra indignidad terminaba en la gran bolsa negra de plástico que sacábamos a la calle a las 9 de la noche, más y más repleta a medida que tomábamos confianza y nos exponíamos con ascendente y renovada osadía en aquella aventura de trucos y disimulos.

Pero Juan no era un individuo al que se podía burlar por demasiado tiempo, menos aún en aquel estado de alerta y desconfianza con que nos distinguía casi de continuo. Una pista le bastó para descubrir el engaño, para explicarse las menoscabadas existencias de mercadería comestible. Sus ojos recorrieron el lugar en la búsqueda de la prueba definitiva e inevitable. Nos hizo abrir los casilleros, y nada encontró. Se guió por el olfato, por los aromas de lo que le faltaba, por su aflorado instinto de detective culinario.

Veinte minutos más tarde la bolsa de plástico ya habría estado en la vereda, apoyada contra la columna que soportaba el cartel luminoso. Dispuesta para su destino inicuo…

La palpó, la sopesó con ambas manos, por fin decidió abrir la cinta amarilla que la ahorcaba como a un suicida. Comenzó por extraer las bolsas más pequeñas con que evitábamos que las distintas clases de alimentos se mezclaran, y aquellas con las cuales aislábamos los desperdicios peligrosos, como vidrios, restos putrefactos, inmundicias de los baños. Mudo, colérico, hundió sus dedos en la gran bolsa y la desgarró con furia; finalmente la levantó sobre su cabeza para estrellarla contra una blanca pared de azulejos. Carnes crudas y cocidas, presas de pollo de algún parroquiano inapetente, botellas vacías de vino que estallaron estruendosamente…, un universo de colores, aromas y texturas quedó desparramado sobre el piso que acabábamos de baldear.

Hicimos un trato, equitativo y previsible. Juan no nos denunciaría, nosotros le íbamos a despachar los telegramas de renuncia a primera hora de la mañana siguiente en el correo más cercano. Nos vestimos en silencio, salimos a la calle sin ansiedad ni emoción.

Ya era tarde. La noche apresuraba su paso por la tierra. La miseria también. El noctámbulo y espectral enjambre de seres hambrientos pululaba por la zona de los restaurantes, repartido en racimos de hombres, de niños, en familias enteras que realizaban una faena silenciosa. De vez en cuando se peleaban por algún botín prometedor, que por lo general terminaba en las manos de un infante descalzo como Yayo, de un desclasado de cuatro o cinco años que lo masticaba entre mugre y mocos.

Una mujer de otras noches nos vio salir, se acercó, indagó con un gesto conocido.

Le dijimos que no, le pedimos que nos perdonara, y no supimos cómo explicarle que ese día no le habíamos podido preparar una bolsa negra con basura.

 Buenos Aires, 6 de mayo de 2002