Las tres damas.

Es el almirante el que agoniza. No cualquier mortal, no un argentino anónimo, sino uno que cifra en su apellido dos lustros de historia y de genocidio. Sin su uniforme y sus jinetas, sin la expresión imponente de las viejas fotos, parece un anciano como cualquier otro, aunque el rictus de los labios siga siendo temible. Hay un ventanal que espía a la avenida, hay enfermeras que entran y salen nerviosamente, un médico y dos allegados temen un desenlace infausto. Se oyen gritos que vienen de afuera. Alguien informa que se está realizando otro “escrache” al hombre fuerte del Proceso, o a lo que queda de él. Los aerosoles rojos y amarillos garabatean mensajes justicieros en la fachada del hospital, estampan siluetas en el asfalto con desmañadas sinuosidades. Cada perfil es un desaparecido, cada consigna es un deudo, cada grito una ausencia. De pronto abre los ojos, los abre mucho, como si así pudiera respirar con naturalidad. Una mujer se acerca y le sostiene la mano entre sollozos, mientras el alboroto exterior se encrespa y quiere invadir la habitación azul como una ola incontenible y azul.

La Muerte está en la cabecera de la cama, a la izquierda del yacente, con expresión grave y ojos –oquedades- en que se adivina la preocupación… La Vida está a los pies de la cama, y denota un sentimiento similar. Las dos se preguntan qué hacer, pues cada una de ellas tiene dispuesto un final preferente para el almirante…  La prioridad la tiene la Muerte: ya que es una dama muy agradecida, quiere jubilar sin penurias ni dolores a ese humano que ha trabajado para ella, a ese esbirro de particular eficiencia. La Vida, en cambio, necesita estrujarlo un poco antes de dejarlo partir, porque lo que le falta de agradecida con sus propios servidores lo  tiene de rencorosa con quienes le son adversos.

La cosa es que las dos vinieron discutiendo por la avenida Patricias Argentina, y no lograron alcanzar un compromiso antes de entrar en el Hospital Naval. Todos los días caen por acá en el horario de visita, porque en su trabajo es básico conocer y respetar las reglas hospitalarias. Hace ya dos semanas que consideran y proponen alternativas, pero un acuerdo entre ambas parece cada vez más improbable.

Imprevistamente entra la Paz del Espíritu, y en las otras afloran los recelos; se preguntan qué la ha traído junto a esta alma ya casi en tránsito. Piensan que es una jovencita ingenua, que ignora que sus dones no son adecuados para este sujeto, quien los perdió hace ya mucho tiempo y de forma irreparable. La recién llegada observa un momento el anquilosado cuerpo que ha provocado la disputa entre las dos damas mayores, y les explica que fue enviada para ayudarlas a salir del entuerto.

Hay un silencio.

La Vida, altiva y desdeñosa, pregunta de qué forma puede ayudarlas una muchacha que pasa la mayor parte del día holgazaneando, en vez de atender sus  ocupaciones con los mortales. La Muerte, más respetuosa de la juventud, indaga en el mismo sentido, y explica que en verdad ya está un poco aburrida de un asunto que sólo ha logrado exacerbarla y retrasarla en su trabajo, a riesgo de perjudicar su fama de puntual.

La Paz del Espíritu les obsequia una sonrisa enigmática y les enrostra su propuesta, que termina siendo pactada por las tres sólo debido a que no se vislumbra una mejor solución.

Se sientan alrededor de la cama. La más joven extrae de sus ropas (algo escandalosas para el recinto, pero ¡bue!, la generación hippie le dejó su impronta) un mazo de cartas, y reparte entre las tres. Y ahí nomás se arma una partida de truco, cuya vencedora podrá tomar la decisión acerca del mejor final para el almirante.

La Muerte y la Vida no conocen muy bien el juego, y a decir verdad, la otra les hace un poco de trampa. ¡Truco, retruco, quiero, envido, falso envido, flor! Casi una horita están sacándose chispas con las barajas, hasta que el resultado es inapelable: la Paz del Espíritu gana con holgura.

La Vida se pone furiosa, pues entre sus muchos defectos se cuenta el ser una muy mala perdedora. La Muerte en realidad siente alivio con el resultado, porque sabe que su vieja enemiga se habría ensañado con el almirante si hubiese ganado esa partida (sin mencionar que durante los siguientes cinco milenios sus cargadas se habrían tornado insoportables).

--Bueno, ahí lo tenés, es todo tuyo. ¿Qué querés hacer?

La Paz del Espíritu pasa junto al almirante con un poco de rechazo. Después posa una mano en el hombro de la inminente viuda, y confirma que no podrá aliviar a ninguno. Camina hacia el ventanal, frente a la expectativa de las otras dos, haciéndose la interesante y zarandeando las caderas. Mira. Presta atención a las voces enérgicas de los manifestantes, y detiene su mirada en un grupo de tres o cuatro personas que enarbolan una pancarta. Hay en ella una enorme fotografía blanca y negra de un rostro masculino y juvenil con un peinado demodé, un nombre, una fecha. La joven dama medita un momento y toma una decisión: ya sabe lo que desea que las otras le otorguen. Las llama junto a ella y con un dedo índice fino y largo, coronado en uñas pintadas de rojo intenso, señala hacia el cartel que se agita al compás de los cánticos…

La Vida, que no es zonza, comprende lo caro que les saldrá a las perdedoras su falta de habilidad en el truco, y trata infructuosamente de desligarse del compromiso, protestando con pretendida energía. Pero la Muerte, que es un poco menor y a pesar de eso ostenta más sentido común, la convence con habilidad de que la ganadora obra de buena fe.

Las tres damas se ponen de acuerdo en los detalles y abandonan el lugar. Por el camino cruzan el Parque Centenario, donde la Paz del Espíritu se detiene a curiosear en la feria artesanal, y ahí se queda, en el puestito de los cinturones de cuero. Sus compañeras siguen hasta Acoyte y Díaz Vélez, y antes de separarse  en esa esquina quedan en volver a verse el siguiente jueves. Ese día habrá que llevar al almirante hasta las regiones tenebrosas y abismales donde  va a transcurrir su eternidad, con un traslado estándar que no tendrá la placidez que una quería otorgarle ni la tortuosidad que apetecía la otra.

Eso no podrá suceder, claro está, si antes no saldan la deuda de juego recientemente contraída…

***

El almirante siente la mano de la mujer oprimiendo la suya, puede ver que lo ungen sus lágrimas, las pocas que se derramarán por él. Intenta hablar, y no puede. Trata de nuevo, pausadamente y al oído de ella. Carece de fuerzas, postrado y enfermo. Pero logra hacerse entender, y quiere que ella anote todo lo que le diga. Son quizá sus palabras finales, y necesita expresar con ellas su último deseo.

La mujer consigue birome y papel para anotar la información que le da el almirante. Se sorprende, y piensa que no podrá hacer lo que le pide. No después de todos esos años, de los principios, de la guerra sucia. Sin embargo, su esposo se ve asombrosamente lúcido a pesar de la enfermedad y las drogas, sabe lo que dice, brinda información precisa. Por otra parte, dado su respeto absoluto a las Sagradas Escrituras y a los Santos Evangelios, considera que la postrera voluntad del moribundo es inapelable. Sólo que tendrá que averiguar algo más, recurrir a personas que hagan el trabajo de campo, confiar en algún subalterno fiel…

***

 Es tarde cuando suena el timbre, y ella cree que no es una buena señal. Siempre le trae a la memoria otra noche lejana, otro timbre, la barbarie inenarrable, la pesadilla recurrente que la desoló después. Alcanza a salir para divisar el auto verde alejándose raudamente por la calle Rondeau, desierta a esa hora de la madrugada. Y advierte el sobre que le pasaron por debajo de la puerta, al costado de su pie derecho. Lo levanta y vuelve a cerrar con llave, porque hay ahora en la ciudad una inseguridad que es producto de la delincuencia, ni mejor ni peor que la de la década del ´70. Se sienta en el sillón del living, frente a la pancarta en que la foto de su hijo desaparecido la observa sonriente. Rasga el sobre, saca un papel escrito a máquina, lee.

Hay en la misiva información acerca del lugar donde ocultaron el cadáver del joven. Es una nueva esperanza, que se agrega a la larga lista de pistas que siguió en los últimos veinticinco años, vanas todas. En muchos sitios no se encontró nada, en otros había restos de hijos ajenos, segados por la misma ilegalidad oculta detrás de tres vocales. Pero esta vez parece distinto, algo le dice que el largo tormento terminará pronto.

Dos días después está en una islita perdida del delta, a donde han llegado todos los personajes consabidos: jueces, forenses, periodistas, amigos, madres de plaza de mayo, curiosos, policía, militares. Dos horas les toma desenterrar los tambores, abrirlos, extraer los despojos, clasificarlos. El segundo tambor es amarillo, tiene unos números, y de él sacan una osamenta mezclada con géneros sucios que son vestigios de vestimenta. Su corazón de madre se agita con violencia, y no puede estar equivocado. Reconoce los colores de la camisa, el cuadrillé que tanto le gustaba, y tienen que acercarle una silla porque las piernas no la quieren sostener. Las otras madres la abrazan, y lloran con ella.

Un mes tardan en hacer el ADN de aquel cristiano, y el resultado sólo le confirma que ya no tendrá que seguir buscando. No lo velan, pero lo entierran en el cementerio de Flores, junto al padre, con quien era tan compinche. Antes lo pasan por la capilla ardiente, lo bendicen, hablan de él, del hijo dilecto que se fue tan pronto y tan injustamente…

Esa noche se acuesta temprano, cansada pero en paz. Sin que lo advierta, hay una chica sentada junto al ventanal del dormitorio. Cuelga de su cuello el símbolo hippie de la paz, que se entrelaza con su largo cabello negro. Está leyendo un libro de Cortázar, presumiblemente “Bestiario”. Cada tanto levanta la vista para cuidar su sueño, sonríe porque ha hecho un buen trabajo, y vuelve a la lectura.

Es la primera vez en veinticinco años que puede dormir toda la noche de un tirón.

(Enero 12 de 2003)