Instrucciones para lavarse la cara.

 

 

Si bien es una minúscula tarea cotidiana que generalmente realizamos de manera intuitiva, cuando llegamos frente al lavatorio con la intención de lavarnos la cara es porque hemos tomado infinidad de decisiones de las que no tenemos conciencia certera. Antes de continuar, quiero excluir al subterfugio de remojarse el rostro para aplicar sobre él una solución jabonosa y afeitarlo, en el caso de los hombres, o limpiar los restos del maquillaje que ha embadurnado el llanto de la hora previa, en el caso de la mujer malherida por el engaño amoroso burgués. Aquí sólo me referiré al mero, simple y auténtico acto de lavarse la cara por el auténtico, simple y  mero hecho de hacerlo, sin que eso constituya una condición para algo que se habrá de hacer sobre la piel que recubre la parte delantera de la cabeza, o una consecuencia de lo que a esa piel pudiera haberle sucedido de manera inesperada o prevista.

 

Lo primero que se tiene que tener en mente bien claro es en qué época del año sucede el acontecimiento que se va a protagonizar, pues de ello dependerá la temperatura del agua que habrá de utilizarse para llevarla frente a la nariz. En verano y en invierno la decisión es fácil y no requiere de mayores disquisiciones, pero hay algunos días, en las otras dos estaciones del año, que son tan inverosímiles desde el punto de vista térmico (o de la luz, o del estado de ánimo que proyectan sobre la gente), que se tiende a desconocer momentáneamente los datos de la realidad y a ampararse en un clima personal que la mayoría de las veces provoca hilaridad en aquellos con quienes se convive o se comparte el barrio, por ejemplo cuando la señora tiene frío y el caballero está muerto de calor (si fuese lo contrario se podría pensar en el climaterio, pero no caigamos en esa confusión), o cuando se sale a la calle con pulóver y en el camino a la parada del colectivo se padece la vergüenza de ver al diariero en mangas de camisa. Así que usted lector, o lectora, llegue frente al lavabo, mire su rostro en el espejo y ¡zas!, las manos puestas en las perillas para comenzar la función. La fría generalmente es la de la izquierda, la caliente se encuentra a la derecha, y aunque los colores jamás las identifican con precisión (como tampoco su posición relativa), asumiremos que la acción se desarrolla en un baño conocido y que no hay que preguntar cuál es cuál o realizar experiencias hidráulicas para obtener tan codiciado e importante conocimiento. Admitiremos también, para los propósitos de esta guía, que hay una sola canilla y dos perillas, es decir lo que se conoce como un mezclador, y que entonces se está en condiciones de obtener el agua a la temperatura requerida, simplemente abriendo y cerrando la fría y la caliente hasta que la combinación de ambas da el resultado esperado.

 

El siguiente movimiento involucra a las manos, que cuando se juntan con los dedos muy apretados y se ahuecan forman una ollita contorneada por los pulgares. Misteriosamente, pareciera ser que la cantidad de líquido que se puede recolectar en ese remedo de recipiente es la justa y necesaria para cubrir el área que va de la frente al mentón, y de una oreja a la otra oreja. En el momento en que se ponen las manos así contorsionadas debajo del chorro, sin duda nuestro héroe, o heroína, tendrá que flexionar las piernas (dependiendo de la altura) y arquear el cuerpo para acercarse a la bocha del sanitario, y aclaremos que la idea de esta coreografía es evitar que el agua resbale por el cuello y moje la ropa (o el pecho, si la maniobra se ejecuta en la semi o en la plena desnudez), o se vierta sobre el piso que alguien deberá secar entre refunfuños de molestia, justificadas por cierto, pues pocas actividades, de las tantas que implican la limpieza de una casa, son tan desagradables como las que se tienen que consumar en el baño. No tanto por la clase de suciedades que allí se depositan, sino por la gran cantidad de recovecos de los que es menester ocuparse si se quiere hacer un buen trabajo.

 

Por más que se esté al tanto de que la templanza del agua provocará una caricia cuando se la ponga en contacto con el rostro, será preciso no asombrarse si aún se padece una inverosímil sensación de inseguridad en el momento en que se vean acercarse las manos colmadas hacia los ojos (que es preciso cerrar justo al percibir las primeras gotas en el pabellón nasal), como si los genes de un antepasado prehistórico estuviesen recordándolo cuando se sumergía en un océano hostil en busca de la presa codiciada… (Se sabe que aunque han pasado miles de años, esos recuerdos colectivos no nos abandonan.) Así que es menester sumergirse en el océano que acarrean las manos, cerrar los ojos, apretar las palmas contra la cara -deslizándolas con suavidad hacia las sienes- y dejar que el agua resbale por la frente, la cuenca de los ojos, la nariz y la boca, y caiga en el lavatorio sobre el que aún se mantiene la cabeza, muy cerca de la canilla.

 

En este punto hay variaciones estacionales y de personalidad, en cuanto a la cantidad de veces que este procedimiento puede ser perpetrado. A mucha gente le basta con una vez para sentirse cómoda, otra prefiere repetirlo hasta quedar satisfecha y lograr lo que sea que haya pretendido al encarar tal ejercicio de humedecimiento. Pero lo que no varía es el gesto final, en que el protagonista se incorpora con parsimonia y observa en el espejo el lento movimiento de las gotas de agua resbalando sobre los poros de la piel o colgando de las pestañas y del mentón, bajando por el cuello, siguiendo derroteros horizontales vagamente insólitos…

 

La vida tiene momentos estupendos como este.

 

28 de agosto de 2004