Instrucciones para aprender a andar en bicicleta.

 

Todos sabemos lo que es una bicicleta: dos ruedas montadas en un marco de metal, con un asiento, un dispositivo transversal llamado manubrio y dos pedales que sirven para impulsarla. Para subirse a ella hay que sujetarse firmemente al manubrio, levantar una pierna a más de 45 grados y pasarla por encima del vehículo, que de esa manera queda debajo de los órganos reproductores. En este punto, es importante tener en claro si se es “uno” o “una”, pues la diferencia entre el hombre y la mujer reviste vital importancia en estos primeros instantes. Los testículos del varón tienen que ser acomodados cuidadosamente sobre el asiento triangular, pues la clase de movimiento que tendrá que realizar para avanzar propicia un percance doloroso. Las damas no sólo ignoran estas precauciones, sino que en muchos casos el roce en su entrepiernas es una contingencia que no carece de placer.

 

Recuerdo todavía las épocas gloriosas (gloriosas en todo) en que había bicicletas para cada sexo, para cada edad, adecuadas a los diversos tamaños de la anatomía humana y a sus múltiples exigencias. Cuando uno iba a una bicicletería tenía que tener en claro lo que buscaba, y con esa previsión se llevaba el artículo exactamente complementario a sus necesidades. Lo mismo que con la ropa... pero claro, en esas épocas gloriosas las diferencias importaban, y uno se distinguía orgullosamente por ellas y por aquellas características peculiares que tenía en relación con el resto de la humanidad. Hoy la vida es unisex, se habla de un tercer sexo que finalmente se impondrá (y que no es más que un híbrido de los géneros inaugurados por Adán y Eva), las modas en el vestir uniforman a la gente, las bicicletas son todas iguales, se compran en los supermercados y requieren que nos adaptemos a ellas tanto como podamos.

 

Buenos Aires es hoy una ciudad de bicicletas, y empieza a recordar a esas imágenes del cine neorrealista italiano de la segunda posguerra, aunque aún está muy distante de convertirse en una Ningbo sudamericana. Las ruedas de rayos plateados giran y giran, se inmiscuyen entre los coches recalentados del verano, arrastran carritos recolectores de cartón (aunque el auténtico cartonero arma el carrito mismo con ruedas de ciclomotor, más adecuadas a la faena)…

 

El asunto es que muy probablemente, ya que la acción transcurre en Buenos Aires, se ha de montar una bicicleta estándar, con 8 velocidades de baja calidad y frenos poco seguros, adquirida en Carrefour cuando estaba de oferta, antes del disparatado aumento del dólar y la de caída del gobierno de De la Rúa. Pero esto no invalida  la felicidad que proporciona el modesto medio de transportes, ni la disposición a lanzarse con él en raudas carreras por las avenidas, tratando de esquivar las calles donde el empedrado y las vías de los tranvías que dejaron de circular hace cinco décadas se empecinan en perdurar.

 

En fin. Una vez arriba, el cuerpo se escorza hacia un costado, pues un pie se encuentra apoyado sobre el piso y el otro en el pedal del lado opuesto. Se ha tenido la previsión de medir la altura del asiento, y regularlo de manera tal que cuando se vaya a pedalear no haga falta flexionar excesivamente las piernas, pues eso cansaría a las pocas cuadras. Lo siguiente será dar el envión inicial, y emprender la aventura.

 

Paro vayamos de a poco. Se deberá recordar que cuando ambos pies estén en los pedales lo único que mantendrá la posición horizontal será el equilibrio, esa sustancia de la naturaleza que el diccionario define confusamente, como tantas maravillas cotidianas que, tras un sabio y sesudo  raciocinio, siguen siendo tan misteriosas como siempre (¡gracias a Dios!). Uno tratará de informarse, y leerá términos como “simetría”, “distribución”, “estabilidad”, “proporción”, pero la única manera en que terminará comprendiendo cabalmente qué cosa es el equilibrio será con el dominio de la propia bicicleta.

 

Al principio será trabajoso, como todo. Habrá que tratar de no ladearse mientras se avanza... La incertidumbre inicial hará que se mueva nerviosamente el manubrio, y se vea que la rueda que queda frente a los ojos parezca adquirir vida propia, negándose a mantener una línea recta. Se creerá caer, golpearse contra un auto, se sentirá que la bicicleta no va hacia donde se intenta encaminarla, pero habrá que comprender la importancia de la marcha. Contra todas las previsiones, el artefacto girará y estará trasladando a quien lo monte, y con cada cuadra que deje atrás su jinete notará crecer la seguridad en el dominio de la precaria estructura.

 

Esta es consuetudinariamente una ciudad plana, pero cuando se pedalea sobre ella es posible aprender, y memorizar para futuros recorridos, algunas de sus suaves pendientes, que requieren de las piernas un esfuerzo extra para llegar a la cúspide. Por ejemplo, si se baja por la avenida Directorio desde Curapaligüe con la intención de doblar en José María Moreno, habrá de notarse que las primeras cuadras marcan un declive que casi eximen de pedalear, de manera que existe la posibilidad de disfrutar el paseo con la carencia del esfuerzo.

 

Pero al llegar a Centenera la cosa empezará a cambiar, con un horizonte de asfalto que impedirá divisar más allá de dos o tres cuadras. Ha de ser un poco preocupante toparse con esa subida repentina y sorprendente, que por un momento se asemeja vagamente a las imágenes que se han visto de San Francisco, ciudad en la que, claro está, circular en bicicleta debe ser un suplicio chino… Si uno tiene la suerte de que el semáforo de Centenera y Directorio le franquee el paso con su luz verde (lo cual es muy probable porque la diagonal…-pero esto lo cuento en un instante-), entonces podrá tomar carrera y emprender la subidita con un envión resuelto y tenaz, que quizá lo conduzca hasta la siguiente esquina, más allá de la estación de Shell.

 

Las dos consideraciones que hay que tener en cuenta son las siguientes: el semáforo tiene que estar en verde, y seguramente lo estará, porque los de la arteria que desemboca en esa esquina, antes llamada Avenida del Trabajo y desde hace unos años, en aras de la toponimia justicialista, Avenida Eva Perón…, esos sufridos conductores tienen que soportar una espera tediosa hasta conquistar la luz verde que dura segundos exactísimos, en los que cinco o seis de ellos aprovechan el paso y escapan de la trampa. La absoluta prioridad lo tienen los que circulan por Directorio, aunque esta secuencia de luces no fue pensada para los ciclistas de una ciudad con crisis de transporte.

 

La otra consideración es más que nada una alerta: la estación de servicio de Shell que está en la esquina de Thompson, sobre la mano derecha, convoca un intenso y descuidado tránsito de vehículos que quieren ingresar en ella con ansiedad, ya que no es fácil abandonar el intenso caudal que recorre la avenida. Además están los que intentan ingresar en ese caudal con el tanque lleno, y tienen que hacerlo de una manera igualmente audaz y resuelta, pues como dije, el semáforo de la esquina casi no interrumpe la circulación vertiginosa de Directorio.

 

De manera que el abnegado ciclista podrá encarar la pendiente con mucho heroísmo y resolución, pero tendrá que frenar abruptamente si un coche se cruza en la maldita Shell, que los urbanistas no tomaron en cuenta al establecer las pausas de la circulación. Y esta detención será crucial, porque después se requerirá de un ingente esfuerzo para reemprender la marcha… Estoy en condiciones de afirmar que este es el punto en el que se empezará a transpirar y a sentir que las piernas trabajan con exigencia.

 

Será entonces también cuando se irá advirtiendo que el ángulo de inclinación de la pendiente se incrementa, y esta revelación provendrá de los ojos y de las extremidades inferiores. Quizá sea adecuado utilizar los cambios de la bicicleta, aunque este demostrará ser un escuálido paliativo y lo más aconsejable será poner la mente en blanco y pedalear con fibra y guapeza. Se tratará de no mirar la cuesta que aguarda al frente, una pendiente porteña insospechada, que se encarama hasta la avenida donde se tiene la intención de girar a la izquierda.

 

El mayor esfuerzo de los diestros lo hará la pierna derecha, que tendrá que impulsar con fuerza el pedal. Se notará levemente que la otra pierna apenas acompaña el trajín general, realizando menos de la mitad del trabajo. Las funciones vitales se acelerarán, el corazón bombeará con fuerza, las glándulas sudoríparas delatarán su presencia. El andar será más lento, pero eso no tendrá que importar porque la única meta ha de ser llegar a la cima de la cuesta y continuar disfrutando un paseo que había comenzado bastante bien.

 

En el momento en que se llegue a la esquina de José María Moreno y Directorio la luz roja del semáforo será respetada con urbanidad, pues esta circunstancia proporcionará la excusa para detenerse y retomar el aliento, con la satisfacción de la tarea realizada. Después de dejar pasar algunos autos que avanzan con rauda impertinencia, entonces sí, se comenzará a transitar por José María Moreno en dirección a Rivadavia.

 

Es este tramo no hay pendientes, así que hasta se podría “cancherear” sobre la bici. Seis o siete cuadras más adelante respira el parque Rivadavia, que por estos días es un paseo tristemente pintoresco para los sufridos porteños. Allí se podrá reposar, beber agua mineral, observar los objetos insólitos que se venden entre los árboles, y quizá tomar la decisión de llevar a casa alguno que llame la atención y no sea excesivamente voluminoso.

 

(Ojo: si lo que se ha de comprar es un espejo, lo mejor será asesorarse previamente por un especialista. Conozco a una pareja que se dedica a estos menesteres…)

 

Recomiendo el descanso en el parque como sumamente reconfortante. Y con el cuerpo reposando sobre el césped o en un escaño de vieja madera, sintiendo ya normalizadas las funciones respiratorias después del duro ejercicio, a lo mejor habrá ocasión para elucubrar sobre la vida, el amor, el tiempo, y todas esas pavadas que alientan el vino o el sol.

 

Por último, antes del regreso a casa, en el contexto de esas graves meditaciones, también sería oportuno un acto de autocrítica, por haber esperado hasta los 73 años para subir por primera vez a una bicicleta.

 

30 de diciembre de 2002