El viejo Mel. (Cuento con mapa.)

 

 

Todo puede suceder en Buenos Aires, especialmente cuando una lluvia finita acaricia el cabello y alguien camina por el centro después de las cuatro de la tarde, un martes de primavera. A esa hora los pasos son menos presurosos, los bancos están cerrados desde hace rato, los cines reciben a las primeras espectadoras, empieza a verse a la gente que ya terminó de trabajar por ese día y que camina por el centro dejándose acariciar por la lluvia finita que (como dijo un sabio de café) no moja pero jode.

 

Cualquier cosa puede pasarle a cualquier porteña, pero le sucedió precisamente a ella, eso. Caminaba por Lavalle como por una nube, con la modalidad tan típica que tienen las citadinas de aparentar estar sumidas en serias disquisiciones acerca de la vida, de la muerte o del amor, cuando en realidad sólo deambulan con la mente en blanco, miran de vez en cuando una vidriera y observan las caras graves de las otras transeúntes sabiendo que en realidad hacen lo mismo que ella, vagar un rato y no pensar en nada, lo cual es un placer para el alma atormentada por las horas del trabajo y por otras horas insospechables pero no menos aflictivas, y le pasó eso, a ella.

 

El viejito venía en dirección contraria, y no pudo dejar de notar que su mendicidad era sospechosa, atípica, fraguada. Una barba larga y nicotinosa le ocultaba gran parte de la cara y cubría su cuello. Usaba un sobretodo negro, largo y gastado que ningún pordiosero de Buenos Aires que se preciara como tal se habría atrevido a ponerse, sin riesgo del escarnio de su entorno social. Los pantalones otorgaban al conjunto un tinte deplorable y de mal gusto, tanto por la caída como por un zurcido con aguja matambrera y hilo de yoyó con que alguien había hilvanado el dobladillo a grandes puntadas.

 

La citadina miró la cara del viejo, la forma en que caminaba encorvado apoyándose en un grueso bastón, miró sus zapatos extrañamente brillosos en el conjunto del desamparo y el indecoro, observó el sombrero negro y con alas de corto vuelo, desafió la mirada del viejo intentando descubrir sus ojos detrás de los anteojos obscuros, y percibió que se movía en la calle con una vitalidad y una agilidad para esquivar un tacho de basura que la dejaron pasmada y por un momento la obligaron a desertar de sus pensamientos neutros y a ralentizar la marcha distraída que la llevaba a ninguna parte, a ninguna tienda.

 

Pensó que los pordioseros no eran así, tan ostentosamente pordioseros. Estaba acostumbrada a verlos como sombras que pasan inadvertidas, como aletazos de palomas que vuelan bajito y por un instante parece que van a estrellarse contra la cara de una, justo hasta antes de pedir una monedita y alejarse casi sin esperar la indiferencia o la monedita, camuflándose de nuevo en la ciudad, elevándose con un giro grácil y sorpresivo de paloma. Este, por lo tanto, no era un ciruja común, un loco, mucho menos un cartonero, que ya es palabra mayor… Este no podía ser otro que Mel Gibson.

 

Qué tarada que sos, Malena, se dijo Malena, porque aunque no era tarada se trataba así cuando descubría los estragos que la soledad le hacía a su manera de ver la vida, cuando sospechaba en un instante de lucidez que aunque era una abogada talentosa y en los tribunales disfrutaba de un prestigio profesional que otras envidiaban, empezaba a padecer las taras de la mujer sola. Pasados los cuarenta hacía poco, ya sufría la resaca de un matrimonio mal terminado, de la fecundidad desaprovechada, de la calesita que significaba conocer a alguien e ir a tomar un café, iniciar la pasión en un hotel de lujo y notar que la pasión se adelgazaba en el transcurso de las semanas, a medida que se espaciaban las llamadas telefónicas y las excusas ganaban puerilidad, hasta que se llegaba al punto del siguiente debut, de una nueva vuelta de la calesita.

 

Hace falta en este punto aclarar que esta citadina en particular, sin ser cinéfila, había visto todas o casi todas las películas del carilindo actor de Hollywood, y que incluso atesoraba algunas copias en su modular para repasarlas cuando no tenía mejores cosas que hacer o no quería hacer mejores cosas. Apreciaba el arte de De Niro, disfrutaba el cine italiano de la segunda posguerra, no dejaba de ver las películas argentinas de los 50 porque adoraba la suntuosidad de aquellos salones enormes, de las habitaciones descomunales con muebles de estilo, de las lujosas escaleras de ébano por donde las actrices vernáculas bajaban zarandeando una esbeltez que empinaban los tacos aguja, pero Mel Gibson le gustaba como hombre, su sonrisa era cautivante, la melena que ostentaba en “Arma Mortal Uno” la extasiaba, y el culito que se le vio en una escena de… de… bueno, de alguno de sus filmes, era perfecto, aunque bien podría haber sido que esa anatomía hubiese correspondido a un inserto de otro actor desconocido y que en realidad el culo de Mel no…, pero no importaba, lo admiraba con culo o sin culo, le conocía la manera de caminar, de mover los brazos, de entrecerrar los ojos al sonreír, y aunque sólo se dio vuelta una vez para ver al viejito que se alejaba y después lo perdió en el gentío de la populosa Lavalle, se dijo tarada porque se le había ocurrido algo tan estúpido como encontrarse con Mel Gibson disfrazado de geronte snob en una peatonal del centro, y se repitió tarada porque a lo mejor era él… y a lo mejor… tarada, tarada, tarada…, cuando lo cuentes en el chat se van a cagar de la risa…, tarada tarada…

 

Malena dobló en Florida, rumbo a la plaza San Martín. Le gustaba esa parte de la ciudad que parecía Babel por la mezcolanza de idiomas identificables o no, las vestimentas inadecuadas de los turistas, sus azorados ojos cuando miraban a las parejitas que bailaban tango en las esquinas o a las estatuas vivientes desparramadas a lo largo de la calle como en el museo de Bellas Artes, admirándose frente a la alegoría que cada una representaba, donde resaltaban Terminador y La Muerte, aunque ella prefería a los paseantes en la ventisca, un pibe y una piba que se veían poco por ahí pero que cuando aparecían se alzaban con todas las moneditas… Malena solía detenerse a oír al guitarrista acústico que a esa hora tocaba diez o quince blues frente a la Galería Jardín, o se divertía un rato con el titiritero cuya habilidad con los piolines daba vida, casi en la esquina de Tucumán, a la marioneta de un pianista bastante simpático y bigotudo, bastante turro y no menos miraculos que su difunto esposo, que en paz descanse ese atorrante, porque ella se consideraba viuda con ex marido vivo…

 

Dejó atrás Viamonte, y seguía lloviendo. Cruzó Córdoba y llegó a la Galería Jardín, iba a entrar a tomar un cafecito, miró el reloj y sopesó las cosas que tenía que hacer en el departamento, a más de una sesión de chat para desenchufarse un poco y ver si Sarapio43 la invitaba a salir de una buena vez…, salió de la galería a donde había entrado únicamente para liberarse por un rato de la lluviecita incesante que no se dejaba de estorbar, miró el reloj una vez más y notó que la noche empezaba a anunciarse con sus primerísimas sombras, como escapada de las saetillas de oro. Desandó sus pasos hasta Lavalle, y pensó en regresar a casa en el 56 que pasaba por Avenida de Mayo, pues comprimirse en el subte con atmósfera pesada y ruidos de carrocería destartalada era una alternativa que ese día en particular no deseaba tolerar. A lo mejor, con suerte, se sentaría del lado de la ventanilla y miraría pasar las calles a través del vidrio mojado, y tal vez lograría descubrir un cartel con falta de ortografía, que era uno de los pasatiempos favoritos de sus ojos glaucos.

 

Pasó por una disquería y se quedó unos minutos escuchando a Elvis con disimulo, haciéndose la que revolvía la música inconciliable amontonada en la batea de las ofertas. Elvis siempre la transportaba a su juventud cuando cantaba “You don´t have to say you love me”, y casi le gustaba tanto como su actor favorito, aunque eran dos estilos de hombre tan distintos que apenas se imaginaba con los dos, entre los dos…, tarada tarada, volvé a casa, tarada…, a ver si Sarapio43 se anima por fin a escribirte una invitación, que aceptarás a pesar de la foto que testifica que no tiene ni pizca de Elvis ni de Gibson, sólo un aire a Charles Aznavour que no garantiza que entone como el franchute…

 

Cruzó Corrientes, bajo la lluvia finita que parecía que no iba a terminar jamás, a juzgar por su persistencia. Iba a mirar una vez más el cuadrante de su reloj diminuto, recuerdo de otros tiempos de amor, pero desistió y notó que en el centro de Buenos Aires hay suficientes indicios para saber con exactitud qué hora del día está transcurriendo: la luz atmosférica, el andar de las personas, la actividad en los comercios, los artistas callejeros, los feriantes del “cambio cambio”, todos tienen un horario que la habitualidad de Malena en la zona le había revelado, exonerándola de consultar su reloj o los enormes cuadrantes digitales que afean la calle para orientar en el tiempo sudamericano a los turistas de muñecas desnudas.

 

Dejó atrás la esquina de Sarmiento, donde estuvo por décadas la farmacia Franco-Inglesa, que le trajo a la memoria las tardes en que acompañaba a su madre a encargar remedios homeopáticos, y de paso maravillaba su mirada infantíl con los frasquitos de formas caprichosas del sector perfumería… Hizo rápidamente la siguiente cuadra, atravesó Cangallo en una bocacalle increíblemente angosta, aminoró el paso y no resistió la tentación de entrar en el local de Bonafide, en Florida al cien, a donde su paladar la guiaba cuando apetecía degustar el mejor café de la ciudad. Sonrió al pensar que caminaba todas esas cuadras no sólo para viajar en el 56, sino también para halagarse con aquel sabor.

 

Avanzó por el pasillo del negocio, entre los caramelos multicolores y el olorcito del café recién molido. Hurgaba con la vista y con las manos el interior de su cartera, donde se habían atrincherado los metales que necesitaba para pagar la infusión. Siempre tenía cambio para ese y otros estipendios, y era tal vez una de las ventajas de no haber traído hijos al mundo, porque ya se sabe que los hijos son grandes fagocitadores de monedas. Las máquinas expendedoras estaban al fondo, cerca de las exhibidoras de los granos de cafeto tostados y torrados, al lado de un mostrador largo donde Malena apoyó la cartera en cuyo interior las de 0.50 y las de 025 se le escapaban de entre los dedos, cuando ya las daba por atrapadas. Entonces un brazo cubierto por un abrigo negro pasó delante de sus ojos, y una mano firme tomó el bastón que Malena, descuidada, había sepultado con su cartera. Cuando levantó la mirada lo tenía en frente, regalándole una sonrisa que iba desde un “disculpe, saco el bastón para que no le moleste” hasta un “tarada, no ves que apoyaste tus cosas sobre mi bastón”, y era nada más ni nada menos que Mel Gibson.

 

Se quedó sin aliento, contemplando su melena ensortijada, sus ojos de un azul intenso, la sonrisa perfecta y compradora, el cuerpo trabajado de Mel, el aroma a hombre listo para hacer el amor, y aunque todo estaba disimulado debajo del disfraz de un viejo, Malena sabía que los ojos cansados que ya no tenían gafas guarecían los soles azules de Mel, y el sombrero con alitas disimulaba sus rizos, y dentro del sobretodo negro habían camuflado el cuerpo atlético de Mel para que sus fanáticas no se enteraran de que era él, para que pudiera caminar por la peatonal sin ser hostigado por la turba, sólo por alguien que, como ella, había advertido el subterfugio y se había percatado de que ahí oculto, detrás del viejo, debajo del viejo, dentro del viejo, estaba Mel, haciendo turismo en la ciudad.

 

Seguía ahí, con las monedas en la mano, sin saber qué hacer, mientras su ídolo ponía el vasito y esperaba que cayera su bebida (Malena confirmó que el protagonista de “Por siempre joven” prefería el capuchino), y afuera no dejaba de llover. Él apoyó el bastón en un costado y se dedicó a ignorarla, pero Malena no iba a desperdiciar esa oportunidad única para acercarse, tocarlo, ofrecerse, besarlo, entregarse como sabe hacerlo una mujer cuando no la entorpecen el orgullo o el desinterés, sin mencionar que la cercanía era tentadora y que bastaba con que extendiera su mano y la apoyara en el hombro de aquel hombre para regalarle su presencia, llamándolo con voz muy queda, casi en un susurro, así nadie notaría que era la megaestrella de Hollywood, nadie que no debiera enterarse, menos que menos la cajera del comercio, una morena de ojos muy grandes y cara de babosa…

 

--Mel… don´t worry, Mel…, you are my favorite man…

 

Mel giro sobresaltado cuando sintió la mano apoyada en su hombro, y se encaró con una mujer que estaba colorada hasta las orejas y visiblemente perturbada por un arrobo que había olvidado ya, con el que no lo miraban desde hacía mucho y desde hacía lejos. Había en ella algo amenazador, un cuchillo despuntaba su brillo plateado detrás de la sonrisa estúpida de la fementida, y los peligros de la ciudad acechaban en el peinado cuidadoso y en el tailleur gris-perla que delataba otro gris más íntimo e impredecible. Se dio cuenta de que le hablaba pero no entendió lo que decía, y ahora que ya tenía apoyadas en sus hombros sendas manos con uñas muy rojas se tornaba ostensible que la intención de Malena (después supo que se llamaba Malena) era abrazarlo, seducirlo, a lo mejor besarlo de forma inconsiderada, una posibilidad para la cual no estaba preparado y que siempre había desdeñado (al contrario de la mayoría de los mortales) en los días pluviosos o inclementes. Lentamente retrocedió los mismos pasos avanzados  por ella, hasta que sintió que su espalda se apoyaba en los cristales de los exhibidores y que la tenaza del pánico, hincándole el corazón, lo impelía a escapar de un lugar donde se podía beber tan buen café, pero que por su estrechez era más una trampa que otra cosa.

 

Malena se ofrecía y al mismo tiempo intentaba tranquilizarlo con su inglés de secundaria, maldiciendo el no haber adquirido el perfecto dominio de un idioma tan útil como el yanqui con un curso acelerado de conversación, qué bien le vendría ahora. Vio los ojos aterrados de Mel, sintió que momentáneamente podía liberarse de sus tentáculos, abría el sobretodo y le señalaba un cartón que tenía colgado al cuello con un piolín, para que leyera la palabra escrita con cera azul:

 

SORDOMUDO

 

Era una buena estratagema para alguien que no dominaba el lenguaje de la tierra y que aún así, desoyendo a guardaespaldas, asesores y amigos del jet set, se lanzaba a la aventura de no ser reconocido en un viaje a los confines del mundo, a donde su fama lo había precedido con holgura.

 

--No, Mel, this is not thrue, i know… please, let me take you to my house.

 

Pero él emitía aullidos de visible molestia, sin comprender que ella, Malena, podía llevarlo a conocer los mejores sitios porteños, restaurantes, atractivos turísticos de la parte decorosa de la capital (le cruzó por la cabeza la idea de mostrarle La Boca, Caminito, pero la descartó enseguida), lugares de baile, su propia casa desde luego, sin pedirle a cambio nada más que el placer de estar a su lado, haciéndose incluso cargo de los gastos, porque para eso trabajaba y tenía algunos ahorros en el banco que se habían salvado del tercer corralito financiero.

 

Mel Gibson sintió que Malena le rodeaba el cuello con sus brazos, que su aliento a mujer, mezclado con los aromas del café y del chocolate, lo alcanzaba tibiamente en el epicentro de su percepción. Malena ansiaba besar los labios frescos que latían bajo los artificiales, cortados y sin color, hacerle sentir una caricia en el rostro a través de la piel arrugada, pálida y seca que lo ocultaba, y poner en evidencia para el ilustre visitante, en fin, que las argentinas, además de ser las mujeres más bellas del mundo, son también las más apasionadas.

 

Volvió a la carga sin explicarse la razón de que Mel chillara como un chico asustado cuando pretendía ser gentil con él, sin dar motivo real para que el dueño del negocio y las empleadas, notando la extraña situación y la inexplicable molestia del supuesto viejo, se acercaran y la increparan para que lo dejara en paz y se retirase del lugar.

 

--Señora, qué le hace a este hombre, lo está poniendo nervioso –decía el dueño del negocio, mirando a Malena con enojo y desaprobación.

 

Malena le dijo que se metiera en sus asuntos y se fuera a vender caramelos, pero a continuación la cajera con cara de babosa, que se había acercado detrás de su patrón, agregaba con malos modos una dosis de incordia:

 

--¿No ve que es un anciano enfermo? No lo moleste más y váyase, o llamaremos a la policía.

 

Malena iba a contestar con una grosería (esgrimía con soltura el arte de la guarangada, cuando las circunstancias lo requerían) pero se contuvo al notar la panza preñada de su agresora, que le provocó respeto e indignación. Encaró otra vez a Mel, lo abrazó fuertemente, enmarcó la cara del viejo con sus manos y lo besó en los labios, intentando ser suave y seductora en medio del forcejeo y de las protestas frenéticas del hombre que la había desquiciado con su presencia, del hombre que se liberaba de la trabazón en que lo sostenía, la empujaba contra el mostrador y apoyándose en su bastón salía del negocio con paso raudo, mientras emitía sonidos guturales que manifestaban el desconcierto y la queja por lo que consideraba una agresión inmerecida de una mujer turbia, qué mal que te pase esto en una tarde de lluvia y que el café haya quedado servido en la maquinita sin poder catarlo, oh My Good, it's really a pity!

 

El extraño cortejo se trasladó a la calle precedido por el Gibson fugitivo a quien Malena perseguía a muy corta distancia, y con el dueño de Bonafide y su cajera cerrando el séquito. Todos gesticulaban y movían los brazos a impulsos de sus pasiones, pero sólo pudieron avanzar algunos metros sobre Florida antes de que una mujer policía advirtiera el anormal griterío, corriera al viejo hasta alcanzarlo y lo detuviera con una mano sobre el pecho, en la convicción de que trataba de alejarse de una rapacería infligida a la mujer elegante que a todas luces pretendía recuperar lo perdido con malas artes.

 

Mel, asustado, se quedó inmóvil frente a la oficial, con lágrimas en los ojos (pues a pesar de andar en la calle, nunca lo había parado la policía). Malena intentó explicar a la ley personificada en una mujer de trenza negra y frente sudorosa, con borbotones de palabras que se cuidaban de ocultar la identidad real de su presa, que el ancianito nada había hecho, y que sólo deseaba alcanzarlo para darle una magra limosna, producto de su piedad cristiana… Pero a la desconfianza de su interlocutora debió sumar los desmentidos de la gente del negocio, que la denostaban sin pausa.

 

--Agente, esta mujer está molestando al viejito, que fue a mi negocio a tomar un café.

 

--“Capuchino”, pensó Malena.

 

--Señora, ¿puede explicar este comportamiento?

 

--Mire, soy abogada, y conozco mis derechos… Todo esto es un malentendido, sólo quería dialogar con este buen hombre…

 

--¡Por eso lo besó en los labios! –recordaba el cafetero.

 

La mujer policía, al oír tal infamia, miró a Malena con interrogación y asquete.

 

--Oficial, usted no va a creer que yo… Lo que dice este señor es mentira, está loco.

 

Mel tenía aún la mano de la autoridad sobre su pecho, apoyada en su sobretodo negro, sostenida como por un imán. Alrededor del grupo de alborotadores se reunían los curiosos, que no comprendían lo que ocurría y se indagaban entre sí para recabar alguna noticia esclarecedora acerca del episodio que involucraba a un viejito menesteroso, a una pituca con cartera cara, a una embarazada con delantal rojo, a un señor comerciante y a una policía de trenza.

 

La mujer uniformada, con todos los conflictos que diariamente debía afrontar en su merodeo por la peatonal y con sus propios problemas rondándole la cesera, no tenía gran disposición para hacer de aquel episodio un casus belli, así que optó por separar a los contendientes sin más trámites. Además, si la señora había besado en los labios al hombre longevo que no decía una palabra y que se limitaba a gemir y a lagrimear, en verdad la cosa era bastante extraña y no quería llegar a la comisaría cargada con semejante “paquetito”.

 

--Se callan todos –ordenó-, y van a hacer lo que les diga… Ustedes dos, a su negocio. Buenas tardes.

 

La cajera iba a protestar pero su empleador la tomó suavemente de un brazo y la llevó de vuelta al negocio, preguntándose, como venía haciéndolo en los últimos meses, si ese hijo era suyo, a pesar de la reiterada negación de ella.

 

--En cuanto a usted, señora, voy a permitir que le dé a esta anciano lo que desee, y después se va cada cual por su lado, y aquí no ha pasado nada. ¿Entendió?

 

--Si, la entendí, oficial, pero preferiría tener la posibilidad de hablar con él a solas, y le aseguro que no pretendo causarle ningún daño…

 

--Me parece que no fui clara, pero se lo repito por última vez: le da lo que quiera, y me aseguro de que se vayan cada uno en un sentido opuesto… Y no siga discutiendo, o tendré que llevarlos a los dos a la comisaría. ¿Entendió mejor ahora?

 

En otras circunstancias Malena habría protestado, y llevado el asunto hasta las últimas consecuencias, pero en ese momento pensó en Mel, en la mala impresión que se llevaría del país cuando regresara a Hollywood, y en que esa no era la manera más adecuada de lograr acercarse a su astro, así que optó por someterse… Sacó de la cartera un billete de veinte australes (sólo para cubrir las apariencias), y una tarjeta donde figuraba su nombre, su teléfono y domicilio, y el rótulo “Abogada – Matrícula Nº…” etc etc.

 

--¿Es todo lo que quiere dar a este buen hombre?

 

--Si… -la oficial tomó la tarjeta y el billete y lo puso en el bolsillo derecho del sobretodo- Y decirle que cualquier cosa que necesite, no dude en hacerme llamar… -Miró a su estrella a los ojos y desde el fondo de su corazón, ignorando la presencia policial, se ofreció una vez más:- Mel, please call me for anything, remember I'm here for you…

 

La mujer policía comprendía inglés a la perfección, porque ese conocimiento era necesario para imponer la autoridad en la calle Florida, donde hasta los mendigos se expresan en ese idioma. A pesar de eso se hizo la distraída, resignada ya a no comprender la relación que unía al viejito y a la dama, pero convencida de que carecía de lógica alguna y en la suspicacia de que la que realmente tenía un tornillo flojo era ella, en desmedro de la primera impresión.

 

--Muy bien, señora, ahora decida hacia qué lado de Florida quiere retirarse.

 

--Me dirijo a Avenida de Mayo, a tomar el 56 (e inmediatamente se indignó con ella misma, por haber dado demasiadas explicaciones).

 

--Correcto. Vaya nomás…. Yo me aseguraré de que el señor camine hacia la Plaza San Martín.

 

Quiso despedirse de Mel con un beso, pero notó en él un movimiento de retracción que de inmediato puso en alerta a la otra mujer.

 

--No, no, basta..., tiene que irse.

 

Malena comenzó a caminar entre refunfuños, y atinó a lanzar una mirada de odio al comerciante y a su cajera-amante, cuando pasó junto a ellos, en la puerta del local. Se dio vuelta una vez y vio que el remedo de viejo se alejaba con prisa en dirección contraria, seguramente hacia alguno de los hoteles internacionales donde se alojaría una estrella de esos quilates. Los curiosos se dispersaban, y la agente continuaba su guardia. Malena prosiguió por Florida, dejó atrás Mitre sin oír al maestro que tocaba la guitarra imitando a los Creadence, pasó la plazita donde está la estatua de don Bartolomé, atravesó Diagonal Norte y notó que aún llovía y que estaba llorando, lo cual demostraba una vez más que era una tarada, ya que después de todo había sido previsible desde el comienzo que Mel Gibson no iba a darle bola a una porteña como ella, encima vestida de gris. Tuvo el impulso de dar unas vueltas manzanas e interceptarlo antes de que llegara a Paraguay, pero era tarde y no tenía ganas de correr como Lola… Para colmo de males, cuando lo contara en el chat se iban a cagar de la risa…, pero sólo para poner la envidia en sordina.

 

El miércoles llovió un poco más, y aunque el jueves amagó desde temprano el asomo de un sol tenue y transparente como una feta de queso entre las nubes, las condiciones del clima se mantuvieron casi inamovibles. La depresión de Malena fue tan intensa en esos dos días que le impidió ir a los tribunales, visitar clientes, atender algunos trámites personales, incluso salir del departamento, donde se recluyó con su gato para consumir los comestibles de reserva. Se sentía sucia por el rechazo del hombre que más deseaba en el mundo, pero le bastó ver dos veces “Arma Mortal 1” para eximirse de odiarlo, diciéndose que ese era un sentimiento propio de seres inferiores. Cuando el timbre sonó estaba recostada en el sillón del living, oía en la penumbra música reiki y se preguntaba cuál de todas sus pseudo-amigas, parada frente a la puerta del edificio, detentaba la visible intención de fastidiarla en una instancia tan especial… Jamás imaginó que por el portero eléctrico le iban a responder “florería”.

 

Bajó y abrió, para encontrarse con un envío de rosas tan tupido que lo primero que se preguntó fue si tenía un jarrón suficientemente grande y hermoso para contenerlas. Entró con ellas en el departamento y percibió el aroma dulce con que el remitente había querido agasajarla, y aunque hurgó en los pliegues del celofán y entre los tallos espinosos, no encontró las palabras que las normas de la caballerosidad disponen que hay que adjuntar a semejante presente. No había mucho que pensar para darse cuenta de que sólo Mel Gibson podía haberse distinguido con un gesto de aquellas características, y en parte la entristeció darse cuenta de que ninguno de los hombres que en los últimos cinco años habían pasado por su vida como por una puerta giratoria era candidatos a adjudicarse con justicia tan acabada muestra de romanticismo.

 

Entonces Malena ya no dudó…, era Mel Gibson, que sólo para conservar el anonimato había escapado de sus brazos como un pollito mojado, y que con toda seguridad la haría llamar para encontrarla en el lobby del hotel o en donde le pareciera seguro mostrarse tal cual era, apuesto y elegante… No hacía falta mencionar que el trajecito gris estaría descartado, si esa contingencia se llegaba a presentar.

 

Acomodó las flores en dos jarrones, y flanqueó con ellos la computadora. Así motivada, se conectó con sus amigos del chat y les relató sus recientes experiencias detalle por detalle, sin omitir nada y especialmente sin retacear palabras para describir el hermoso ramo de flores con que la había sorprendido unos minutos antes la bonhomía de Mel Gibson. Una a una, para su sorpresa, las amigas del chat (o conocidas, o como quiera que pudiera llamarse a las relaciones de amor y odio que se establecen en una pantallita) la fueron felicitando, le pidieron más pormenores, quisieron saber cómo sabían los labios del codiciado hombre, y comentaron que se asombraban de no haber leído noticias acerca de la especial visita, qué raro que al periodismo se le haya escapado una cosa así, ¿viste?, y Malena atravesaba su mejor momento, exultaba de felicidad y de orgullo, y sintió que le tiraban un balde de agua fría cuando en una ventanita privada un hombre le escribió la fatídica palabra, haciéndole saber que las cosas no eran como pensaba, alguien a quien apenas conocía, con quien había intercambiado algunos renglones y una breve discusión, una vez, sobre la vida y la muerte…, sintió que un frío le recorría la espalda cuando Remoto le escribió la aciaga palabra, fatalmente enfatizada:

 

¡¡¡¡¡¡ TARADAAAAAAAAAAAAAAAAA ¡!!!!!!!!!!!!!

 

<MALENA36> ¿Por qué me decís eso, qué te pasa?

<REMOTO> Es que sos una tarada. Ese no era Mel Gibson

<MALENA36> ¿Cómo sabés?

<REMOTO> Pensalo un momento, es una estupidez.

<REMOTO> Debe ser un pobre viejo…

<REMOTO> al que le jodiste la tarde.

<MALENA36> Andá a cagar.

 [MALENA36 ignore REMOTO]

 

Se sentía tan furiosa que apagó la pc con el botón, sin recordar lo cuidadosa que siempre había sido en el trato con la máquina, y que debía seguir  al pie de la letra las recomendaciones de su técnico. Pero ese REMOTO me puso del tomate… ¿Tendrá razón? ¿Será que en realidad besé a un pobre viejo y le impedí beber su café con tranquilidad, quedarse unos minutos en Bonafide, secarse los huesos, olvidarse de sus miserias con una caricia al paladar? ¿Era un sordomudo que presumiblemente vive en la calle o en un asilo, que tiene una pensión por invalidez, que a lo mejor gastó el poco dinero que había juntado en un ramo de flores que retribuyera el beso de una cuarentona, y se quedó sin adquirir algún remedio por haberme obsequiado, porque de seguro lo pagó más de los veinte australes que le di antes de abandonarlo? ¡Qué tarada…, como pude ser tan y desconsiderada y boluda!

 

Aunque esa misma noche buscó al viejo meticulosamente en Florida, asombrada de la miseria que se enseñorea de la peatonal cuando los turistas se recluyen y los porteños duermen, no lo encontró. Vagó de arriba abajo, miró en las transversales, preguntó a los pordioseros y a los pibes de la calle, pero nadie conocía a un anciano con esas señas particulares, con tan horrendo atavío y un bastón excesivamente grueso, y regresó al departamento con flores, qué ironía, pensó, el viejo de Florida le había regalado flores (caras), miró por la ventana y supuso que todo podía suceder en una ciudad que iluminaba al universo, especialmente si seguía lloviendo…

 

Tres meses después…

 

La noticia la asaltó desde una página interior del diario (fue durante el desayuno), le arañó la cara con su garra tornasolada por la tinta, la mantuvo confundida por varios días y compelida a hacer las averiguaciones pertinentes (justo cuando había conseguido olvidar todo el asunto).

 

El actor estadunidense Mel Columcille Gibson, destacada figura de filmes de acción, falleció la noche del lunes en el Hospital de la Universidad de Nueva York, informó este martes su agente de relaciones públicas. Había entrado en coma el sábado tras sufrir un ataque cardíaco en su domicilio, y sufrió graves complicaciones.

 

Su papel más conocido fue el realizado en la saga "Arma letal”, aunque también participó en comedias de Hollywood y se destacó como director. En 2006, tras el rotundo fracaso de su altamente costosa remake de “Lo que el viento se llevó”, se retiró de la vida pública definitivamente.

 

El actor deja dos hijos de su matrimonio con Dana, y otros nueve de una unión anterior. Tenía setenta y ocho años. > AGENCIAS

 

The end