Agua miral.

 “Agua miral”, “agua miral”, pregonaba el vendedor, y se escabullía entre la nutrida concurrencia del tren de la tarde. Claudio miraba atentamente por la ventanilla, colgado del pasamano, y sentía que el culo de la gorda lo empujaba como si quisiera expulsarlo del pasillo. Otra señora gorda, más que la anterior y más sudorosa también, soportaba estoicamente sus involuntarios embates contra el hombro derecho; al comienzo del viaje Claudio temió provocar la indignación de la pasajera; finalmente asumió que mientras ella hablaba distraídamente con la rubia rugosa del asiento contiguo, estaba disfrutando el contacto tibio que sus muslos masculinos y jóvenes le ofrecían.

Se había sentido estúpido y ajeno al entrar en la estación por la puerta grande de la calle Plaza, pero la audacia del viaje que había decidido hacer ese día compensaba la sensación desagradable. Cirujas por allá, zaparrastrosos por acá, una morochita baja y tetona que miraba con desconfianza su cara muy blanca y muy estúpida, y muy ajena. La misma sensación de desamparo del otro lado de los molinetes, la moneda de 25 centavos que echó a rodar con estudiado descuido por el andén sucio y maloliente...

--Tome, se le cayó…

Casi se había avalanzado sobre el redondo y brillante pedacito de metal; quería evitar que el pibe que lo observaba lo hiciera más torpe y desmañado de lo que se sabía, pero no consiguió superar su mayor agilidad, aunque había practicado el acto la tarde de la víspera.

--Gracias… -fue lo último que le dijo, y se notó apenado por haber confundido su gentileza con un arrebato callejero.

Dos mujeres exactamente iguales, con 20 años de diferencia, se le acercaron para pedirle 20 centavos. Dientes paleta la madre, dientes paleta la hija.

--Si no tiene 20 centavos, aunque sea una monedita de cinco…

Y extendían la mano como si él ya hubiese asentido al requerimiento, al mismo tiempo que la más joven lo miraba como a un bicho raro.

Sonrisa de la chica y de la mamá. Su fantasía le sugirió que quizá quisieran cambiar los veinte centavos por un rato con la de menos años, pero prefirió no exteriorizar sus bajas intenciones. Lo habían aleccionado para esa contingencia, y salió airoso del trance, sin que menguara su dinero.

“Agua miral”, “agua miral”, seguía diciendo el vendedor ambulante, uno de los muchos que pululaban dificultosamente por ahí. Los productos más versátiles se voceaban en el reducido espacio de los vagones, y prácticamente ninguno superaba los dos pesos. Caramelos, galletitas, pela-papas, destornillador multifunción, guantes mágicos...

La gorda del asiento ahora rozaba inequívoca y procazmente su sexualidad. Y se comunicaba con la amiga en una monserga ininteligible, de la que Claudio apenas percibía palabras sueltas que le llegaban confundidas con el cha-ca-chá del tren. Algo como:

--…le ije al cholo… salita… ¿vite?...ta bueno, si… nooo… 150 peso mejorado… ¿vite?... si, la carpeta `tá… lecop, si.

Bueno, no importaba tanto su conversación. En ese momento Claudio miró a su alrededor, y observó los rostros de quienes lo rodeaban. Todos bravos, todos inquietantes, de mirada aviesa. Temió por su billetera, con tanto malandra suelto por esos días. Particularmente lo molestó el gordo de bigote que se reclinaba en la puerta, un tipo que sin duda andaba en algo raro, a juzgar por el aspecto.

“Agua miral”, “agua miral”, seguía escuchando, y empezaba a sofocarse. Las puertas se abrían en cada estación, pero el oxígeno que irrumpía no alcanzaba para contrarrestar la fetidez del ambiente. Muchos entraban a los empujones con sus bicicletas paradas, porque carecían de la moneda para pagar el boleto de la estación a casa. Cosas de la crisis…

Por cierto, entre la marabunta humana que se apiñaba desordenadamente, las bicicletas con sus dueños, las valijas de algunos y los vendedores abriéndose paso a los codazos, era difícil evitar que una mano ajena se introdujera en el propio bolsillo, por vacío que pudiera estar. Pero Claudio había guardado su dinero en un lugar seguro, donde se le indicó. Tenía la actitud correcta, simuladamente desprevenida. Instruido con acierto, la suya era la apariencia exacta que requería la ocasión, la de un hombre carente de dinero, bienes, posesiones, fortuna, linaje o abolengo. Las cosas estaban transcurriendo según lo previsto, salvo por el estúpido vendedor que cada tanto entraba de nuevo en el vagón y gritaba con voz destemplada el enigmático “agua miral”.

Intentó mirar al vendedor, guiándose por su pregón, pero no lo encontró. Por un momento lo tuvo cerca, a unos pasos de su oído derecho, pero el gentío le impidió verlo, enterarse de cuál era el misterioso, arcano producto que con ahínco intentaba vender por un peso. Después la voz se perdió momentáneamente hacia el vagón de atrás, entre dos estaciones suburbanas.

Claudio sentía en el pecho la satisfacción de su logro, a lo largo de casi una hora desde su ingreso en la estación central. Estaba dominando sus nervios, manejaba las situaciones que se iban suscitando, su padre podría sentirse orgulloso de él. Lo excitaba la impaciencia por llegar a la última estación, contarle a papá su experiencia, recibir el beneplácito familiar.

Dos días le había insumido memorizar las estaciones, su misteriosa secuencia, las caprichosas advocaciones de los topónimos inverosímiles. Acababan de salir de Yuyos, la próxima tenía que ser Quintana. Dos estaciones más, la descompresión del gentío, la posibilidad de sentarse al menos unos minutos antes de bajar, al final del recorrido.

A lo lejos se oía la estentórea voz del vendedor. La puerta del fondo se abrió, y la voz le machacó los oídos, inquietándolo. “Agua miral”, “agua miral”, repetía, ahora más cansado. Claudio, desde su asiento, lo vio acercarse. Se miraron. Era un hombre bajito, suciamente vestido con pantalón y camisa blanca, barbado, despreciable. De su hombro derecho colgaba una heladerita de telgopor, sucia también. “Agua miral, vamos que quedan poquitas, a un pesito”.

Se miraron. Claudio se estremeció cuando el hombrecito lo encaró y le hizo un gesto de ofrecimiento, señalando con el índice la heladerita que llevaba. Había conocido esa manera de comunicarse en los mercados de Estambul y Hong Kong, así había adquirido suvenires delicados en la India y Madrás. Se dijo que sus viajes por el mundo lo estaban ayudando a internarse en los suburbios miserables de su ciudad.

El vendedor lo observaba con interrogación, y Claudio, herido por la curiosidad, cometió su primer y último error.

--Señor, no voy a comprarle, pero quiero que me diga qué cosa es agua miral… -dijo, desgranando las palabras.

De pronto ese ser humano diminuto y blanco lo miró de arriba abajo, y consiguió que Claudio se sintiera expuesto. Sonrió, buscó la mirada cómplice de los pasajeros que estaban alrededor, quienes ya sonreían. Soltó una carcajada hiriente y siguió caminando por el pasillo, bamboleándose entre los asientos.

Claudio creyó que todos lo observaban como a un advenedizo, preguntándose dónde había ocultado su dinero. El gordo de bigotes seguía recostado en la puerta, aunque había asientos libres…

Cuando bajó en la última estación estaba aterrado. Aspiró el aire puro de la periferia arbolada de la urbe, y se lanzó a caminar con excesiva prisa hacia la salida que le habían fijado como final del viaje. Al pasar frente a la boca del túnel subterráneo que cruzaba hacia el norte sintió una mano pesada en su cuello, otra que lo sujetaba de la campera, el frío metal del arma con que lo encañonaban por la espalda, oyó una voz grave que lo amenazaba entre insultos.

Papá esperaba fuera de la estación, en el asiento trasero del Mercedes C240. Observó el reloj con impaciencia, atendió una llamada en el celular, hizo planes para navegar el sábado a la tarde. La puerta delantera se abrió y Raúl metió su enorme humanidad en el auto, frente al volante. No era un tipo muy simpático, pero cumplía muy bien las tareas de guardaespaldas y chofer.

--Ya encontré a Claudio, ahí viene caminando… No está en las mejores condiciones, pero no tiene heridas graves, por suerte… Casi lo logró.

Papá hizo un gesto de impaciencia, y quiso saber qué había salido mal.

--Se equivocó en algunos detalles, pero superó la mayoría de las estaciones.

Otra puerta se abrió, Claudio entró y besó a papá, que estaba ostensiblemente molesto.

--Qué pasó, Claudio.

--No sé, lo único que quise fue saber qué vendía un señor bajito, y le pregunté. Después bajé donde me dijeron y me atacaron… Perdí el dinero, la campera y el reloj, pero estoy bien.

--Arranque, Raúl, y lléveme a casa –ordenó papá, sin hacer comentarios-. Sáqueme de aquí.

El vehículo inició la marcha, con los ojos de los lugareños pegados en su metal azul y brillante, porque por ahí no se veían máquinas como esa. Ripio, dos cuadras de tierra, algunas asfaltadas, la avenida angosta, la ruta que llevaba a casa.

En el habitáculo Raúl había regulado la temperatura como le gustaba al patrón, pero un silencio fastidioso impedía disfrutar de aquella bondad.

Claudio dudó un momento. Finalmente decidió interrogar a su padre, que era un hombre de mundo (había viajado mucho más que él y lo sabía todo)...

--Papá, ¿qué es agua miral?

Papá se coloreó por la indignación, pero no respondió (casi nunca contestaba, salvo en el club de golf). Miró hacia el espejito de adelante, donde se enfrentó con los ojos del chofer.

--Raúl.

--Diga, señor.

--Vamos a hacer que Claudio descanse unos días. Luego instrúyalo adecuadamente, porque la semana que viene intentaremos llevarlo a un supermercado, a ver cómo le va. Creo que será más sencillo que el viaje en tren, aunque repetiremos lo de hoy hasta que salga bien… Usted sabe que lo necesito preparado, para cuando le pase el mando de las empresas de la familia.

--En serio, papá, ¿sabés qué es agua miral? Dale, decíme… Por favor, quiero saberlo… Dale, no seas malo, decímelo… ¿Lo sabés? ¿Si? Y vos, Raúl, ¿alguna vez viste eso? Necesito que me lo averigües… Dale, investigá el asunto, ¿querés? ¿Qué diantre es agua miral?

Septiembre 2002