1976

 La sala de conferencias estaba colmada, no sólo por los estudiantes. El evento había concitado la atención del periodismo, cuya presencia revelaban las cámaras de foto y de tevé. Por los pasillos que conducían al recinto pululaban seres morbosamente curiosos. Fue llamativo el caso de Emilia Hellman´s (la cargaban por lo de la mayonesa), quien nunca había asistido a una de las clases teóricas del profesor Carpio, aduciendo obligaciones laborales. Emilia estaba ahí la tarde de estos acontecimientos, en una ubicación cercana al proscenio, acechando el desenlace.

Hubo congestión de tránsito en la zona de la facultad; junto a ambas márgenes de las calles colindantes los vehículos parecían formar un tren brillante y multicolor, pues no había espacio entre uno y otro. Los estacionamientos trabajaron a capacidad total ese día, y se agotaron los panchos en los puestos de las esquinas. Kioscos, restaurantes, bares, soportaron la invasión de un enjambre impertinente y parlanchín, provocador de una algarabía inusitada en los alrededores de los claustros universitarios.

Frente a la entrada de la facultad estaban estacionados los automóviles de la policía, sus motocicletas, dos camionetas verdes enviadas directamente del Comando en Jefe del Ejército. Los hombres ajenos a la civilidad, que lucían hermosos uniformes verdes y azules recién planchados, ostentaban sus armas lustrosas, los revólveres en fundas abiertas, los fusiles erectos como una prolongación de ellos mismos. Su presencia perturbadora alcanzaba las inmediaciones de la sala de conferencia, se mezclaba con el público en general. Ahí esperaban la orden para actuar, que llegaría desde el individuo de pelo corto y engominado que escuchaba la clase de Carpio junto a la puerta entreabierta, sobre la que pujaba la multitud cadenciosa.

Muchos llegaron allí porque entendían que algo más que un curso de filosofía era lo que estaba en juego. La confusión y la diversidad de la turba tenían un correlato ideológico. A los librepensadores no les movía un pelo la ideología de Marx, pero detestaban la cortapisa mental. Los socialistas, en cambio, reclamaban que Carpio se refiriese al filósofo de la barba y del hambre, del manifiesto y de la hoz, tanto como los liberales querían evitarlo. Los peronistas de izquierda se alineaban con aquellos, los de derecha con los últimos. También estaban los peronistas de centro, a quienes no les importaba un pito lo que sucedía, pero hacían acto de presencia porque es una práctica política reconocida mostrarse donde hay quilombo. Los socorristas de la cruz roja argentina suponían que podría haber combates, heridos, contusos, y masticaban pochoclo en sus ambulancias. Alguien avisó que la barra brava de Chacarita se preparaba para pelear a dos cuadras del edificio, enarbolando los pendones del club, que pugnaba por esquivar el descenso... Los muchachos radicales ostentaban pancartas que recordaban la Reforma Universitaria de 1918.

Carpio ya había dictado la primera parte de la clase teórica, y el receso habitual de quince minutos se había extendido a casi media hora. Se abrió paso como pudo desde la sala de profesores, y llegó de nuevo al proscenio. Borró el pizarrón parsimoniosamente, eliminando los restos de Hegel, y encaró a su clase. Un gran silencio propiciaba sus próximas palabras, temidas, esperadas, anunciadas. Por el contrario, otras palabras habían auspiciado su silencio, temido, esperado, anunciado. Fueron pronunciadas cuando el presidente de facto lo recibió en el gran salón rojo, arrellanado en el sillón alto y repujado de un democrático antecesor, con la bandera nacional y los estandartes de guerra secundando sus espaldas desgarbadas e imperdonables.

--Siéntese, Carpio –dijo, y se notó que estaba acostumbrado a mandar.

El profesor esperó a lo largo de un denso silencio del otro, que revisaba unos documentos por arriba de los anteojos. Después firmó uno o dos, desechó tres, revisó cuatro. Carpio evitó espiar el contenido, pero supuso que la vida de algunos acababa de condenarse, otros vivirían, alguien sería deportado... Cosas que le pasaron por la cabeza, nomás.

Después el otro se quitó los anteojos con un gesto de molestia, y lanzó al profesor una mirada admonitoria.

--Carpio, usted sabe por qué lo mandé llamar, así que podemos evitar los preámbulos.

--Si, su ayudante me puso al tanto.

--Bien, el gobierno conoce el programa de estudios de su cátedra de filosofía, y estamos preocupados por alguno de los contenidos…

Carpio coligió que esas palabras tenían todo el peso del gobierno, un ente abstracto que mágicamente se había corporizado, en ese instante, en la figura delgada, tiesa y bigotuda del temible general. Parecía un loco peligroso que había robado el traje negro de algodón en una tienda cercana; tenía el aspecto de los asesinos desquiciados de Hollywood, pausados, calculadores, pulcros, sanguinolentos en la acción.

--Señor -¿de qué otra forma llamarlo?-, con algunas variantes, utilizo ese programa de filosofía desde que asumí como titular de la cátedra, hace dos lustros. La filosofía no es una ciencia que varíe mucho de año en año…

--Si, si, si, lo que sea, pero queremos que elimine a Marx del programa. A los alumnos de la universidad no se les debe pudrir la cabeza con la basura comunista… Además, hablar de ese tipo en su cátedra contravendría el Estatuto de Reorganización Nacional, y eso está penado severamente… -Se reclinó mejor, esbozó una sonrisa sugestiva, y desmenuzó:-- Me entiende, ¿no?

Carpio dudó un instante, pero sus razones, finalmente, eran tan buenas como las de su interlocutor, y así se lo hizo saber.

--Señor, la filosofía occidental ha seguido un desarrollo escalonado… Cada filósofo se apoya en el anterior, sin solución de continuidad. Eso pasa en todas las ciencias… Vea, el idealismo de Hegel es la base del materialismo dialéctico de Marx… El antecesor de los dos es Kant, y por ahí anda también el sistema filosófico de Nietzsche…

--Entiendo, pero tiene que soslayar a Marx.

--…luego viene Martín Heidegger, que a mí, particularmente, es el que más me gusta… En fin, usted me pide que suprima de mi programa a uno de ellos, cualquiera que sea, y eso equivale a dar un curso incompleto de filosofía…

--No lo estoy pidiendo, se lo exijo. Debe suprimir a Marx, no mencionarlo para nada.

--No puedo hacer eso, señor. Lo siento.

--¿Esa es su respuesta?

--Si, es mi decisión académica.

Pausa, dolorosa y persistente. El presidente se puso de pié.

--Está bien, gracias por su visita. Lo prevengo de que sus actos pueden acarrearle nefastas consecuencias. Y lo conmino a deponer su actitud. –Oprimió un botón del intercomunicador:- Gálvez, acompañe al profesor a la salida.

El asistente apareció en la puerta, y lo guió hasta las gradas de la casa de gobierno. Era el mismo Gálvez robusto y oscuro que ahora lo miraba severamente desde la puerta de la sala de conferencias, el mismo que tenía a su cargo dar la orden de detención si las cosas se salían de control.

No se escuchaba el zumbido de un mosquito. Carpio advirtió que nunca había estado frente a un auditorio más atento e interesado. Casi se había cumplido su sueño de hacer de la filosofía una ciencia popular (aunque detestaba la propaganda “Tupungato, una filosofía en vinos”)… Miró a Gálvez a los ojos, reparó en la presencia de la díscola Hellman´s, y sintió el viento en el pecho…

Hubo un tumulto afuera. Los perturbadores que nunca faltan voltearon un carrito de pochoclo y manzanas con azúcar, y los golosos se abalanzaron para quedarse con una parte del dulce descalabro. En ese momento sucedió una confusión, un movimiento estertóreo de la masa, huyendo de la facultad. Relucieron las armas, brillaron aún más los botones de los uniformes. Sirenas de autos y motocicletas policiales, feroz arranque de los camiones verdes. Cánticos a la derecha, pancartas que volaron a la izquierda e insultos con rima por doquier. Corridas, hurtos oportunos, banderines de un club de fútbol …

En la tele, “Tiempo Nuevo” desinformó sobre el asunto, se mencionó al profesor rebelde, se citaron algunas de sus palabras.

Desde aquel día, Carpio fue considerado el adalid del libre pensamiento argentino. Los peronistas de izquierda lo invitaron a sus peñas, los de derecha a sus asados. Los socialistas publicaron sus clases de filosofía en cuanto pasquín de lucha distribuyeron subrepticiamente, y el club Chacarita Juniors le dio un pase gratis de por vida para la platea VIP. Los liberales lo respetaron recelosamente, los radicales quisieron lanzar su candidatura a la rectoría de la universidad, pero el hombre no andaba para esas pavadas.

Muchos años más tarde se reconoció que Carpio había sentido verdaderamente el viento en el pecho.

El único que sigue resentido hasta hoy es el pochoclero, pero ya sabemos que no hay dicha perfecta.

Septiembre 2002