Camafeo de un patio con relojes.

 

No me gusta venir acá, a este patio descascarado y descuidado por la mano del dueño, donde en invierno siento mucho frío y a veces el asma no me deja respirar. Lo único lindo era el perro, pero ya lo regalaron y claro que es mejor así, porque también estaba abandonado al extremo de una cuerda que siempre lo mantenía cerquita de la canilla de la pared, y me habían prohibido desatarlo (pobre bicho, ojalá haya mejorado su suerte).

 

Pero mamá me trae, no sé por qué me trae, para qué quiere que me quede aquí en el patio haciendo nada y esperándola por mucho tiempo, aburrido como un hongo y pensando en lo que podría estar divirtiéndome en casa de la abuela, donde quedaron los autitos, el yoyó y los primos que a veces van… No hay caso, tengo que estar acá, calladito y muy quieto, porque eso me ordenaron antes de cerrar la puerta de la pieza del fondo, donde está la cama grande en la que duerme Oscar, no sé…

 

Hay un cuartito en el patio, bajo y pequeño, y en él unos cajones de madera que podría poner uno arriba del otro contra la pared externa, para subirme y estirarme hasta ver el otro lado, donde vive el hombre gordo y serio de la casa vecina… Despacito, eso si, porque no debo perturbar este tedio de las tres de la tarde que me encargaron cuidar aquí en el patio, como un granadero de nueve años.

 

Trepar hasta acá fue más fácil de lo que creía, y ahora estoy en este pedazo de techo bajo el cual alguien come, duerme o hace caca, y miro desde lo alto el patio con su silencio y su abandono como si hubiese quedado muy lejos y el frío no me acompañara hasta acá arriba, donde estoy parado bajo un sol que no entibia nada nada.

 

Entonces me doy cuenta de que el techo de más allá, encima de alguna de las habitaciones del gordo de al lado, resplandece con tonos dorados y plateados, como si hubiesen dado una mano de brillantina con un pincel gigantesco, y me pregunto qué es eso y aunque me esfuerzo por distinguir no me doy cuenta, voy a tener que saltar el hueco del medio para llegar ahí y salir de la intriga.

 

A la una, a las dos y a las… Caí parado, menos mal que no fui a parar a la casa del gordo, no quiero ni imaginar el despiporre que se armaría si tocaran el timbre para avisar que me encontraron al lado, justo cuando mamá y Oscar quieren estar solos para charlar, no sé… Son relojes, pedazos de relojes, algunos enteritos, ninguno que funcione, claro. Me parece haber oído que el gordo es relojero, pero qué loco tirar estas chatarritas refulgentes acá arriba, como si quisiera decorar el techo para encandilar a los aviones. Hay uno que hasta tiene la malla, pero tampoco funciona… Cuántos.

 

Seguro que me llevo alguno enterito y dos o tres de los que están desarmados, a ver qué puedo hacer con ellos. Siempre tuve habilidad para estas cosas, y con mi juguete preferido, el Mecano Nº 5, armé un auto, un avión y una grúa, sin el motorcito porque es caro y nunca me lo pudieron comprar… Sólo los que entren en los bolsillos, para que no se den cuenta. Cuando vuelva a casa los voy a desarmar, a armar, a combinar, por ahí puedo hacer que gire un mecanismo, que oscile otro, que resople un tic-tac.

 

Bajar fue más difícil, la pucha, hubo que hacerlo para atrás, balanceándome hasta hacer pie en los cajones, que por suerte no se cayeron. Los pongo de nuevo donde estaban, para que no se enteren de mi expedición, aunque no creo que les interese… Este, el grande, es el más lindo… Ya veré… Oigo ruidos, parece que van a salir.

 

Ojalá mamá me traiga de nuevo a este patio, y el gordo siga tirando relojes rotos hacia el cielo.

 

 

Héctor Gorla, 18 de marzo de 2005