Camafeo intitulado “La carrera de gotas”.

 

Eran las diez de la mañana, ayer, y descubrí que podía ayudar a la Humanidad a dilucidar uno de sus enigmas más irritantes, al menos en una forma parcial; los hombres nos preguntamos por cosas tan embrolladas como la nada, la eternidad, la muerte, el alma, el infinito, el tiempo… Debo aclarar que con mi rala sapiencia ontológica y física, pocas posibilidades tengo de develar tales asuntos. En cambio, mi contribución tiene que ver con una cuestión de parecida valía, que cada ser humano sobre la tierra se pregunta varias veces a la semana, de acuerdo con el particular metabolismo: qué método implementar para que sean más tolerables los ratos en que es necesario sentarse en el inodoro y soportar las tempestades de las entrañas (o para decirlo en un lenguaje menos científico: ¿cómo nos distraemos mientras hacemos caca?)

 

El escenario pensado para poner en práctica el método que propongo es un baño relativamente pequeño, donde el espacio que separe a la pared de azulejos blancos de la cara del ocupante de turno (los azulejos tienen que ser blancos o lisos, no olvidemos eso, por favor) no exceda los cuarenta centímetros, para que los ojos estén cerca de la acción y la atención se concentre de tal manera que no se pierda ningún detalle de la carrera de gotas.

 

Un elemento necesario es aquel que no se encuentra en todos los baños, lo cual es muy mortificante a la hora de dejar el lugar, sobre todo si se está en una casa que no es la propia. Me refiero al desodorante de ambiente, que aunque contribuye al engrandecimiento del agujero en la capa de ozono –según dicen los entendidos-, es bastante más práctico que el consabido recurso de encender fósforos para borrar las huellas de la reciente tragedia.

 

En posición sedente, mientras el drama humano se desarrolla con su propio ritmo, quien quiera ensayar este consejo debe tomar el aerosol y apuntar el agujerito del vaporizador hacia la pared de azulejos, unos veinte centímetros arriba de la línea de los ojos. Entonces ha de pulsar y sostener el haz de aspersión cerca de la pared, que recibe (condensa) el líquido aromático nto necesario es aquel que noi ue noi  pierda ningr blancos o lisos, no olvidemos eso, por favor) de azulejos blancos de la ca y forma con él un hilo líquido que pronto, por efecto de la gravedad, inicia la carrera descendente.

 

En este punto hay que dejar a un lado el frasco de aluminio, relajar los músculos y mirar con atención la carrera que realizan las gotas salidas del líquido recién tirado. Al principio son cuatro las gotas que comienzan a resbalar con celeridad por los azulejos, y enflaquecen y se consumen a medida que avanzan y van dejando una huella acuosa sobre la superficie reluciente. El primer escollo que estas competidoras deben superar es la unión entre azulejo y azulejo, donde se quedan ateridas por un instante, juntando el envión necesario para correr por el tramo que las separa del siguiente badén. En esta primera zanja las cuatro gotas se deslizan hacia los costados, intentando consumir a sus compañeras para fortalecerse y continuar la carrera. Si Darwin leyera estas apreciaciones fenomenológicas, se ofendería al saber que la selección natural puede aplicarse también aquí, pues sólo serán dos las gotas que iniciarán el siguiente tramo, fortalecidas con el engorde de las antiguas compañeras.

 

Estas dos gotas remozadas se vierten hacia abajo y tratan de aventajarse sin darse respiro, y entonces el observador, olvidando qué clase de trámite lo había llevado hasta ahí, se percata de que una de las dos parece que ha tomado la delantera y va a llegar antes al próximo surco, aunque la otra viene pisándole los talones y las dos dejan un rastro que las debilita y les va quitando corporeidad y energía.

 

De pronto ¡oh, maravilla de la ingeniería hidráulica!, la gota que había quedado rezagada toma la delantera y llega primero a la juntura siguiente, y al ratito lo hace la otra, agotada (disculpe el lector un juego de palabras tan inoportuno) y flacuchenta como su compañera. Ninguna de las dos puede deslizarse hasta la otra para fagocitarla, así que tienen que intentar continuar la carrera con los pocos bríos que aún les quedan. Un tiempo largo y tenso demoran en rearmarse y lanzarse hacia el siguiente azulejo, y cuando por fin lo logran… avanzan un poco más en medio de una agonía que preanuncia la extinción final, frente a los ojos de un señor o de una señora que mira hacia abajo y advierte que la que ganó la carrera obtuvo semejante logro sólo porque murió unos segundos después, y las dos dejaron una marca en la pared que se borrará tan rápido como la de una vida que fue.

 

 

Héctor Gorla, 18 de agosto de 2005