Camafeo nominativo.

 

La costumbre de conocer la designación cabal para cada cosa se tornó maniática, intolerable para los amigos. Con aplicación digna de relojero, y escrupulosidad de cirujano, repasaba el nombre exacto con que se denotaba cuanto se sometía a su mirada. Había empezado unos años atrás, con los objetos más comunes. Curioseaba a través de la ventanilla del colectivo, y se dijo que alguna vez iba a escribir una gran novela para el deleite y la posteridad de Luisa. Pero ¿cuántas palabras eran indispensables para tal menester? ¿Cuántos verbos, artículos, adjetivos, sustantivos? ¿Cuántos secretos de la sintaxis y misterios de la semántica demandaría una empresa así? Notó, no sin asombro, que los sustantivos concretos representaban el problema más arduo que debía resolver, porque en la vida cotidiana muchas veces ignoramos lo que el idioma dicta taxativamente. Así que empezó con lo fácil: casa, perro, árbol, puerta, ventana, señora, a medida que todo eso se desplazaba del otro lado de la ventanilla y el señor canoso corría alrededor de la plaza mientras él iba a trabajar... Los perros fueron un primer escollo, porque no todos pertenecían a la misma raza, y no era justo poner en la misma bolsa a un caniche y un ovejero alemán. Se convenció, después de dos semanas, de que los sustantivos son el apellido de los elementos, una referencia aproximada a lo determinado y preciso. Así era con las casas, las puertas y las personas. Perdieron sentido para él las palabras más arraigadas, como hombre y mamá. Después pensó que era altamente improbable comprender los sustantivos abstractos, más que como signos de lo indefinible. “Mujer” ya no bosquejó nada en su mente, apenas un opuesto, un indicio de lo que se suponía que Luisa era y seguiría siendo hasta el día de su muerte. Luisa era mujer, él era hombre, se amaban, pero la vida de los dos no podía reducirse a esas alusiones y generalidades. El señor canoso seguía dando vueltas a la plaza, todos los días, incluso cuando llegó el invierno; un perro lo seguía al trote, y parecía disfrutar el paseo… Una mañana se bajó del colectivo e interrumpió la gimnasia matinal del señor, para enterarse de su nombre y del apodo de su mascota. Ese día no fue a trabajar, y cuando regresó a casa encontró a una Luisa infinitamente rica en matices, que por supuesto, era algo más que una mujer. Supuso que su mano ajada por la lavandina (ella detestaba los guantes de látex) era más expresiva que cualquier esfuerzo que pudiera hacer para impresionar a los lectores, y hoy, cinco años más tarde, lleva escritos cinco tomos cuyo único propósito es la descripción meticulosa y exhaustiva de Luisa, de su Luisa, de esa Luisa…

 

Héctor Gorla, 16-6-03