Camafeo laboral.

 

Quién hubiera dicho que después de tantos años en la compañía, iban a despedirme con fútiles explicaciones. A mí, que manejo esta sensible maquinaria, valuada en muchos miles de pesos. A mí, que me esforcé tanto para conocer los secretos del artefacto, sus mañas, sus límites, sus berrinches. Nadie podrá, como yo, exigirla amorosamente, amalgamarse con sus partes mecánicas; nadie podrá sospechar sus novedosas reacciones electrónicas, o acompañar los movimientos hidráulicos. Andá a saber en qué manos caerá a partir de mañana, quién va a ser el advenedizo que posará sus dedos jóvenes sobre las delicadas palancas. Ignoro qué par de ojos escrutará las luces rojas y amarillas intentando interpretar su significado. Pero me van a extrañar, como que hay un Dios. A lo mejor entienden su desatino y me buscan, para pedirme que regrese. Quién te dice agarro viaje (no por ellos, sino por el mecanismo, no sea cosa que lo estropeen). Ya casi no recuerdo desde cuándo tuve a mi cargo la inquietante responsabilidad de que no sufriera ni un rasguño,  más que el desgaste provocado por el trajín diario. Minimizando el deterioro de las piezas que se rozan, de las arterias de cobre por las que circula la energía, de poleas que soportan un peso ingente. Ellos lo saben; seguramente quien realiza el mantenimiento mensual les ha mencionado mi celoso desempeño sentado a los controles. Los pasajeros lo saben, y reclamarán mi rostro sonriente, mi uniforme gris, los breves trayectos placenteros y cálidos. Por ahí presionan un poco a los dueños del hotel, y me tienen que llamar… Seguro que hasta el técnico de Otis intercede por mí.

  

Héctor Gorla, Junio 2002