Camafeo inglés.

 

Para él era sencillo, pero el resto del mundo sólo podía maravillarse. Nadie supo jamás por qué, cómo o desde cuándo, pero Thyller conocía el futuro. No lo veía como en una de las películas del salón de música, ni lo sospechaba en sueños, y tampoco necesitaba entrar en un trance hipnótico para ejercitar su don. Thyller simplemente recordaba lo que vendría, como si ya hubiese sucedido. Era bastante confuso para él discernir entre esos hechos venideros y el inmediato pasado, porque en realidad se caracterizaba por ser un hombre de pésima memoria. Así, jamás comprendió el correcto y secuencial mecanismo del tiempo, pues sus propias vivencias del mes anterior ya no existían, mientras que los hechos de los siguientes treinta días se le presentaban con la nitidez y la realidad que sólo ofrece lo que ya pasó. En verdad fue un hombre famosísimo en la Inglaterra de la Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha, que supo impedir asesinatos pasionales y bancarrotas mercantiles, que asesoró a jefes de estado y señores poderosos cuyos rostros olvidaba con desenvoltura. Después, cansado del asedio del mundo, se sumó a la masa anónima y vivió el resto de su vida como un simple mortal, sumergido en sus laberintos mentales y en sus desconciertos afectivos. Vagaba por las calles húmedas de Southampton preguntando la fecha y levantando diarios sucios del piso, que leía con avidez para enterarse de sucesos acaecidos (que vagamente evocaba haber imaginado alguna vez)… Sólo el rostro de Claire era imborrable en su mente, y se esforzaba día a día para no olvidarla. Cerraba con fuerza los ojos y fijaba los detalles del rostro de Claire, el mentón, el mechón de pelo lacio sobre la frente, la mirada verde, la piel… Lo único cierto era ella, y el dolor profundo de no haber podido salvarla. El mar se la había llevado junto a otros cientos de pasajeros, y él no advirtió a los armadores del inminente desastre, él no informó a la compañía naviera que el barco estaba condenado a un naufragio memorable… Musitando su desconsuelo, caminó hacia los muelles, donde la había visto por última vez, agitando el pañuelo junto a la barandilla de la segunda cubierta. Azorado, notó que, en desmedro del duelo nacional, había en las calles un ambiente festivo, y la banda tocaba con estridencia. Una vez más indagó, y un señor de levita y galera le informó que era el 10 de abril de 1912… Y agregó que si se apresuraba a recorrer las tres cuadras que faltaban, quizá llegara a tiempo para ver levar las anclas del Titanic.

 

Héctor Gorla, 28-4-03