Camafeo “densidad”.

 

      El ciudadano caminaba tranquilamente por avenida de Mayo a las cuatro de la tarde de un día viernes, y este hecho cotidiano y anodino se convirtió en su error. Repentinamente sintió que la calle se atestaba de gente que desembocaba en masa por las transversales. Al principio no le dio importancia; después, cuando comenzaron a empujarlo y a su vez debió abrirse paso con violencia en ese mar humano, quiso reaccionar, pero era tarde. Debió detenerse: la masa de gente era cada vez más compacta, e impedía avanzar en cualquier dirección; había también invadido rápidamente la calzada, deteniendo el tránsito. Entre tanto, la presión aumentaba y cada vez hacía más calor. El hombre pudo llegar hasta la boca del subte, y se introdujo en ella con mucha dificultad, porque no era el único que lo intentaba. Tuvo un momento de respiro, pero ni aún entonces alcanzó a preguntarse qué estaba sucediendo. La escalera mecánica lo condujo suavemente hacia abajo, pero allí la situación era peor: el hall de la estación estaba colmado de gente, que desbordaba hacia los andenes. Los molinetes habían sido arrancados de cuajo, y el ambiente enrarecido tornaba muy difícil la respiración. A partir de entonces ya no fue dueño de sí. De a poco, a pesar de toda su resistencia, lo fueron empujando hasta la orilla del andén; inmediatamente cayó a las vías, al igual que muchos otros que gritaban de terror. Quiso correr, pero no pudo. El tren, con sus dos enormes faros encendidos como dos ojos siniestros, venía a gran velocidad y completamente vacío, y no se detendría en aquella estación. Encontró al hombre así, con los brazos en cruz y expresión de muerte, mientras su grito se ahogaba en la atmósfera fétida, caliente y húmeda.

 

 Héctor Gorla, Oct. 23, 1976.