Camafeo del tiempo.

 

Giró en la cama y la abrazó, aunque cuando hacía calor su mujer lo rechazaba, quizá a causa de la ancianidad. En el estado confuso del despertar a medias en la madrugada, apoyó su mano en el abultado abdomen de ella, y allí la dejó un instante. Sintió la rara suavidad del vientre, y lo recorrió con lentitud y asombro, notando una forma más combada que la que los años habían trabajado, palpando el ombligo raramente sobresalido, percibiendo el extraño movimiento que se agitaba bajo sus dedos, en las entrañas de ellas, secas por varios lustros. Buscó la nervadura de la doble cesárea, que era su punto de referencia. No la encontró. Carola estaba embarazada por primera vez, otra vez, misteriosamente habían regresado a los días del primer aniversario de casados. Entreabrió los ojos, miró hacia el ventanal que daba a la calle, el del piso en Caballito. No estaba. En su lugar vislumbró la pared azul, descascarada, musgosa, misérrima, de la casita de San Telmo, la primera que los había cobijado entonces. Se percató de los dientes intactos que le colmaban la boca, sanos todos. Advirtió su sexo firme y presuroso. Cerró los ojos y deslizó la mano hacia los pechos de Carola, que contenían la inminente lactancia. Se acercó más a ella, aspiró el perfume de su piel: fresco y dulzón, tal como lo recordaba. Si estaban en San Telmo, su padre dormía en la piecita contigua, no en la bóveda familiar. Mañana vería a la amante que aún en su ocaso no había dejado de evocar, y esta vez le comunicaría su decisión de terminar la relación, después de un postrer desenfreno. Dada su nueva oportunidad, se propuso hacer todo mejor, trabajar más, irse de vacaciones más seguido, y como decía un apócrifo Borges, “tomar más helado”. Hizo cálculos con los años venideros, a ver cuántos faltaban para que aparecieran las computadoras, a las que iba a extrañar. Cuánto para la primera Pentium, cuánto para Internet, el mail, los amigos de la punto com.  Sospechó sin embargo que esta vez no habría computadoras, mucho menos Internet. No tenía que ser todo igual, a lo mejor en cinco años se dejaban de usar los combustibles fósiles. Su padre no descansaba en la piecita de al lado, y de hecho, al lado había un baño en desuso. Nunca irían a vivir al piso de Caballito, envejecerían en San Telmo, sostenidos por la jubilación del trabajo en el que jamás emprendería la carrera de ascensos. Temió por su amante, se sorprendió al saberla depresiva ahora, sospechó que se arrojaría al paso del tren en la estación Floresta, desahuciada del imposible amor. Lo único seguro era que su sexo volvería a morir, los dientes se irían uno a uno otra vez. Cerró los ojos, apretó los párpados. Se abrazó con fuerza a Carola, presumió en ella a un hijo que no sería ni su adorada Gabriela ni Joaquín, que residía en Rávena, y se creyó ahogado por la angustia. Carola se estremeció al sentirlo crispado, se movió un poco, siguió durmiendo. Mientras tanto, él continuó andándole la panza con la mano el resto de la noche, a ver si tenía suerte y encontraba la cicatriz de las cesáreas.

 

Héctor Gorla, Agosto 2002