Camafeo del silencio.

 

Casi tres lustros de matrimonio, y longitudinalmente la necesidad de irme, de irrumpir en la vasta soledad para averiguarme en el sosiego. Me atenazaba su voz chillona, su parloteo incesante…, me intranquilizaban los ruidosos hijos revoloteando por la casita con jardín, me ofuscaba la puerta del baño sonando a madera vieja bajo los nudillos que delataban una premura intestinal… Era generosamente intolerable el grosero televisor a toda hora encendido, que trasuntaba su carga de miseria y violencia, de zozobra y precariedad, de la que precisamente quería preservarlos. La amaba, la amo todavía, incluso cuando le revelaba que cuando pudiera comprar el departamento de dos ambientes, me iría a vivir solo. Dos ambientes pequeños, y este gran ventanal desde donde miro la ciudad agitarse bajo las nubes de julio. Ellos están bien, me lo confirman algunas noches infinitas en que oculto el auto cerca de la casita y les atisbo la vida. La soledad es una droga hipócrita, nos hunde en la ilusión de la libertad precisamente cuando nos asesta el lento y artero golpe de la muerte irreparable. No lo desconozco, lo acepto. Elegir es renunciar, y tuve que pagar ese precio. Sólo para lograr este armónico silencio donde las ideas aletean en una penumbra exiguamente amueblada… Durante muchas horas del día y de la noche el teléfono está descolgado, dormido y sordo a los impertinentes gritos de la vida exterior. La lámpara me ofrece una luz perfecta, orientada desde la izquierda. Hay un vaso al alcance de la mano, que contiene el líquido predilecto. No soy feliz, pero tengo mutismo y quietud…

 

Ahora puedo leer. 

 

Héctor Gorla, 28 de abril de 2002