Camafeo del mecanismo de los cafés.

 

 

1er café. Salíamos de la librería sin haber comprado nada, y ya nos conocíamos desde mucho tiempo antes, como si los últimos quince minutos hubiesen condensado todo el pasado de dos mariposas de Callao y Sarmiento que revoloteaban entre las ofertas, los saldos y los usados, tenés razón, los libros no son usados sino leídos, y siempre se puede volver a deambular por ellos con la mirada, a diferencia de una vela o un jabón, aunque yo prefiera las ficciones y vos hayas estado buscando cualquier texto que te contara lo que hacían los egipcios en el segundo milenio antes de Cristo, entonces ir a tomar un café era natural y simpático, espontáneo en mi sugerencia y en tu aceptación, era instintivo buscar un lugar donde deslizar con pulcritud la conversación de los libros a vos y a mí, de los egipcios a los dos, a nuestras vidas contadas a la manera de sinopsis de películas que habíamos visto solos, y tampoco nos pareció inesperado el abordaje de un taxi que nos llevara muy lejos de la librería y del bar, a una habitación donde los rayitos del sol se colaban por las heridas de la persiana y se derramaban sobre dos mariposas que saboreaban todavía el gustito del café, del café que formaba parte de ese momento dispuesto para la perfección del recuerdo. 2do café. Nos recitamos la letanía de todos los hombres y mujeres que se habían sentado antes a esa mesa tratando de mostrarse en cómodas cuotas semanales, caímos en la liturgia de indagarnos por la familia que desconocíamos, por el trabajo que no interesaba y por las peripecias de una vida ajena a ese momento y a esa mesa con mantel, con la limitación nueva de no conocernos desde siempre sino apenas desde hacía una semana o diez días, de haber transgredido la eternidad con la descarnada aritmética de los días cuantificables y estériles, y de sentir ya entonces que entre el primer café y ese otro habíamos roto la magia con la inflexión de un apellido y un número de teléfono y una cita y un te espero sin esperarte o sin tener ya las preguntas, que suelen ser más excitantes que las respuestas, y después caminé solo hacia la nada cotidiana, sintiendo que nunca más quería tomar un segundo café con vos, menos que menos el segundo, tan arduo. 3er café. Vos misma te diste cuenta de que estábamos entrando en la zona gris donde nuestras piernas se entrelazaban en la conjunción de tu trabajo y el mío, de tus discos y mis libros, tu mohín y mi tic, mis impaciencias y tu retraso…, pero de todo lo que había para contar a borbotones no quedaba nada, y llenar los intersticios de una casa a la otra, de una pareja a la siguiente y a nosotros, había perdido el propósito desde que supimos que lo tomabas con crema para ella, señorita, doble para mí, y sentimos que nos distanciaban como sombras la reiteración y la suma de actitudes petrificadas en el desinterés, en el desencantado magín de haber develado para siempre enigmas y misterios, y de sospechar que en lo sucesivo no haría falta indicarle a la misma camarera cómo te gustaba el café y que no ibas a consumir el vasito con agua, pero yo bebería los dos. 4to café. Atisbamos las claudicaciones de la individualidad en la elección de una película, y los platitos con pocillos cedieron su espacio circular al diario que invadía casi toda la mesa y nos tentaba con aventuras, ficción o comicidad, hasta que sacrificamos previsiblemente las preferencias y los gustos en el altar de la condescendencia hipócrita, y asumimos que la formalidad del cine nos alcanzaba a medio camino entre la verborrea y la pasión, pero la próxima elijo yo, te va a gustar vas a ver, no, no…, cómo que no mirás cine argentino, y al fin y al cabo optar por una película fue más trabajoso que acoplar dos anatomías, elegir es renunciar. 5to café. Este fue el encuentro del primer regalo, ni demasiado costoso ni excesivamente barato, un obsequio adecuado al café que había superado la pasión, el cine y el misterio, y se congratulaba en la mirada cómplice de la camarera que nos conocía tan bien y cruzaba con nosotros algunas palabras injustificadas para acreditar la propina consabida. 6to café.  Coincidimos una vez más en tu retraso y en mi espera sin esperarte, viendo tu lado vacío como un hueco en el aire y el en tiempo, sin saber si quería que entraras con tu sonrisa de sexto café y tu calor excesivo en este principio de verano, y comentáramos las noticias de los diarios de la mañana para llenar los espacios que teníamos reservados al canto de todo el amor y toda la vida y todo el previsible futuro que se acortaba con cada caracol de humo del café, con cada sorbito que yo daba con desinterés y que vos dabas manchando el borde de la tacita con el rojo carmesí que había esquivado mi beso. 7mo café. Me pareció bastante equitativo dejarte un rato con mi ausencia en el bar donde todos te mirarían con curiosidad, una mujer sola frente a una mesa es una perla para el merodeo de los ojos, aunque ni siquiera eso tenía importancia ya, y cuando estuvimos juntos recordamos el primer encuentro, el de los egipcios y el hotelito donde nos habíamos refugiado, con la nostalgia y la leve tristeza que nos previno de lo que estaba a punto de romperse, no por vos o por mí, sólo porque recordarnos sería una manera sagaz de amarnos mejor. 8vo café. Cambiamos de bar, pero no de barrio. Nunca vinimos acá, y ahora lo hacemos sólo para decirnos adiós. 9no café. Un café doble, por favor.

 

 

 

Héctor Gorla, 5 de enero de 2005