Camafeo del camino (César, tercer año).

 

 

 La noche y la torrencial lluvia se congregaban para desdibujar la carretera, pero la aguja del velocímetro había superado los 165 kilómetros desde algunos minutos antes. Música y truenos inundaban el cálido y suntuoso interior, sorprendiendo al conductor en su desenfrenada y febricitante aceleración. Aún sentía el gustito de los postreros tragos de licor, que le descolgaban los párpados y lo arrastraban al estado hipnagógico de los desvaídos. Una luz que lo encandiló fue suficiente, un inconsciente y final intento para evitar lo irreparable, un golpe seco y el ruido de los cristales al romperse, del metal que se retuerce y rechina…, el último soplo helado de incertidumbre y agonía. Dos vidas se perdieron en ese feroz instante de estridencias y desmembramientos. El conductor abrió los ojos y vio el cuerpo exangüe del hombre, no lejos de donde yacía la niña. En medio de su dolor y embotamiento pudo incorporarse y lanzarse a un escape desesperado e inútil, llevándose la capa protectora del cadáver tibio. Cruzó pastizales y zanjas, franqueó empalizadas, recorrió caminos de tierra privados y municipales, traspuso puertas ajenas, y el día lo sorprendió no muy lejos del lugar del infortunio. La policía no tuvo inconvenientes en localizarlo por los alrededores, ni fastidio al confinarlo en una celda. Pero la fatalidad y el buen sino muchas veces van de la mano, y lo favorable para él fue que la fatídica carretera se enroscaba en aquel país sudamericano. Lo liberaron a los dos días, con las infaltables disculpas. Durante la investigación apenas lo perturbaron, y del juicio se informaba por los diarios... La sentencia consistió en una semana de arresto domiciliario, y le descontaron dos días que ya había padecido… Como preveían los letrados, lo que verdaderamente perjudicó su caso fue el haber hurtado la capa.

 

Héctor Gorla, Mayo 2 de 2002