Camafeo de Yo nene.

 

 

            Recién tocó la puerta, con el frío que hace esta noche. Venía más temprano antes, cuando la crisis despuntaba como una mala mañana. Lo veíamos arrastrando el carro cartonero y a una hermanita menor, y apurándose para no separarse de una madre cuyo paso ágil parecía querer perderlo. Le dimos todo lo que pudimos: paquetes de fideos, arroz, galletitas, latas de tomate, ropa innecesaria, algo de plata, poca. Ya pasaron dos años, y cada vez deambula más tarde por las invernales calles de Buenos Aires. Su tarjeta de presentación se cuela por las hendijas de la puerta, detrás de un golpe de timbre que tiene la timidez de la indigencia: la voz, engrosada de mes en mes por un crecimiento inevitable pero insuficiente, nos sigue anunciando que en la puerta está “Yo nene”. Así es imposible olvidarse de que hay miseria y desprotección, incluso en estos barrios donde de a ratos nos atrincheramos lejos de todo eso que nos dejaron los años infames, los hombres infames. Y a despecho de los indicadores económicos optimistas, de los nuevos créditos que tiene el país y de los arreglos misteriosos con nuestros acreedores, “yo nene” sigue dándose una vueltita por acá con asiduidad preocupante. En realidad no sé cómo se llama, aunque sospecho que no se lo preguntaré, porque para nosotros no tendría sentido que, a nuestro grito de “quién es”, él nos contestara con algo tan impersonal como Ricardo o Pepito o  Raulito o “el pibe que limosnea de noche”, sólo debido a que nos acostumbró así y a que “yo nene”, cortito y escueto como es, sintetiza con pasmosa vivacidad el desamparo que una caterva de palabras sugeriría apenas. Eso si, el pibe es educadito, y las veces que hubo que decirle “nada” ni siquiera hizo el amago de insistir, actitud que de seguro le habría granjeado algo en lo que no habíamos pensado antes. Y sale corriendo incluso hoy, con los pantalones largos color ratón.

 

            Después me siento frente a la computadora y escribo estas pelotudeses, que no le sirven para nada. Casi como si escribiera que escribiera si como casi nada para sirven le no que, pelotudeses estas escribo y computadora la a frente siento me después… Es el mismo sinsentido, y lo único real es el frío que hace afuera en la noche.

 

 

Héctor Gorla, 29 de julio de 2004 – 23:54