Camafeo de una historia no contada.

 

Escribir con furia no es lo mismo que sentarse plácidamente con una copa a la mano y un recuerdo fresco de mujer, la máquina titilando a la espera de que uno le aviente palabras concertadas por una idea que nos sorprendió volviendo del supermercado con la impertinencia de un relámpago de verano, el perro dormido cerca de los pies, la chimenea encendida, qué horror, no se puede contar esto sin cólera, y de solo pensarlo… mirá… me dan ganas de volver con el revólver cargado… si no fuera… no sé qué haría…

 

Pero pido perdón, contarlo con la ira que el caso justifica no ayuda a que uno pueda expresarse como corresponde, con un principio de la historia que siempre es un momento relajado de la vida, y si la vida es algo más o menos sereno mucha más fuerza tendrá el relato aunque sea verdadero, porque ya se sabe que incluso lo que acaeció realmente necesita una dosis de gracia en el momento de enterar a los otros para que sea creíble, y sin embargo uno se descubre balbuceando de bronca y yéndose por las ramas porque en el medio se acordó de algo que vagamente venía a cuento y en vez de avanzar fue más y más para atrás, se ladeó a babor y a estribor del incidente, se dejó arrebatar por la violencia y padeció golpeteos de sangre en la sien, debajo de la cual uno ha regresado con el arma cargada y una bala en la recámara  amartillada precisamente, mucho ante de encontrar la bala real que Aurora guardó andá a saber dónde (por los pibes, viste, la precaución y la mar en coche), qué ganas de putear que siento mientras camino por el pasillo y el corazón galopa en un proyectil que allá adentro voy a disparar contra el impertinente, o acaso el frío del gatillo es un frío real y de muerte.

 

Estoy escribiendo en medio de la nada; en otra habitación de la casa hay un televisor encendido y alguien vocifera que las galletitas equis-equis son las mejores. Yo fabulo que lo estoy asesinando con el tableteo del teclado como música de fondo y un zumbido en los oídos con que me acucia la presión arterial en aumento, y aunque no le presto demasiada atención, aunque verdaderamente las palabras hormiguean en el monitor y además de a la ira obedecen a una urgencia por terminar el relato, que es todo lo que hay, vagamente siento que mi ectoplasma camina por el pasillo, que el revólver me tiembla en la mano listo para asesinar, que ya no tengo dudas acerca de lo que haré ni me importan las consecuencias de matar o morir, pues el sentido de tanto rencor es vengar la afrenta, cegarle la vida de una buena vez a ese hijo de mil puta.

 

A lo mejor deberían apagar ese maldito televisor que sólo me pone más nervioso, notar que el timbre suena con insistencia y que afuera, en la calle, hay gritos de gente que quiere entrar a preguntar por qué. Sus ojos desorbitados serían el único deleite de la muerte, no me importaría que me implorara o me suplicara perdón, le regalaría más de una bala y lo miraría desangrarse por un instante, y después vendría acá a dejar la furia por escrito mientras aún huelo a pólvora y escucho las pisadas en el pasillo de quienes vienen a preguntar por qué, este por-qué-lo-haría que apenas tengo tiempo de firmar, Héctor Gorla, 5 de febrero, stop.

 

2005.