Camafeo disparatado de los tibetanos y de los podólogos.

 

Qué lindo, reencarnar. Cambiar el cuerpo como quien se compra un sombrero impecable, y olvidar las antiguas culpas y los miedos. Pienso en el lama supremo, en esa formidable traición a la vida que es renacer para seguir siendo el mismo hombre, el mismo lama que pregunta con ojos de niño sorprendido por su antiquísimo reloj, y desperdicia la oportunidad de ser pintor en esta vida, navegante en la que vendrá, arriero de yaks en la anterior. Hay un viejo chiste, que sólo reproduzco porque no viene al caso: los tibetanos, como los podólogos, creen en la reencarnación… Lindo pueblo, el tibetano. Misterioso como no hay otro. Tipos vivos como ellos solos, exceptuando al lama empecinado en seguir soportándose en cada existencia…; parece ser que la pasan bárbaro, volando de una vida a la otra, de una generación a la que sigue con una vuelta carnera astral, mientras algún iniciado les susurra en los difuntos oídos las palabras imprescindibles para espantar durante ese tránsito la confusión del alma que viaja. Personalmente, sería perro después de abandonar este ajetreado cuerpo, y no me importaría la raza con que el destino quisiera marcarme. Trataría de encontrar un dueño amable, con una casita en el barrio Caferata, y sobre todo con hijos adultos, porque los más chiquitos nos agarran para la joda. Después sería artesano, siempre y cuando mi actual torpeza no me siguiera hasta tan lejos. Más tarde podólogo, de esos que van a domicilio y te arrancan una puteada de dolor. Claro que no haría lo del pedicuro de Sandro, cuyo fanatismo lo llevó a guardar un ojo de  gallo del ídolo y exhibirlo orgullosamente en la vitrina de su consultorio. Con esos antecedentes, creo que los cantantes famosos se niegan a someterse a cualquier clase de extirpación, por si se cruzan con un enfermero aficionado al souvenir biológico. Sería fotógrafo, que a lo mejor es el antónimo de tibetano. Sería paseador de perros… ¡Ah, paseador de perros! Eso está muy bueno. Pertenecer a esa casta que miro con envidia desde el colectivo cuando viajo a la oficina, quince minutos antes de las ocho de la mañana… Y siempre en Buenos Aires, nada del Tibet. Prefiero seguir fascinado por el misterio de aquellas cumbres y de la gente que pulula en las laderas del Potala, y vivir en esta ciudad no menos misteriosa pero igualmente inhóspita y pobre –o quizá más pobre.

 

Héctor Gorla, Mayo 2004