Camafeo de los Superamigos.

 

            Era el verano boreal, mediados de Julio para ser exacto. El día se había ido apagando al compás de unas horas lentas, y luego una noche bruna y espesa se apoderó del cielo… Entonces la calidez tuvo que quedarse fuera del Salón de la Justicia, donde solía mantenerse una temperatura constante de 18 grados. A eso de la medianoche llegó el momento de la inmolación de los poderes, acordada en muchos días de debates y discusiones. A partir de la mañana siguiente dejarían de sentir la frustración de saber que sus atributos ya no eran útiles para nadie: sin guerras significativas, con los supervillanos tras las rejas o en el ostracismo del espacio exterior, y sin perspectivas de que un monstruo intergaláctico atacara la tierra, los Superamigos pasaban sus horas mirando televisión o ayudando a los bomberos, que por cierto se bastaban solos para hacer su trabajo. Cada uno, a su turno, bebió el ponche elaborado con la ayuda de la bati-computadora, se arrellanó en su sitio y acechó el efecto. Al Perro Maravilla tuvieron que servirle en una escudilla y obligarlo a insumir el brebaje… Linterna Verde padeció algunas convulsiones esa madrugada, y Robin fue el más triste de todos, pues sabía que no volvería a ver la bombachita estrellada y excitante de la Mujer Maravilla, que aunque estaba ingresando en un maravilloso climaterio no  carecía aún de una pulposa hermosura. Cuando despuntó el sol… se sintieron humanos, indefensos y débiles como nunca, y supieron lo que era ser apenas un mortal.

 

Dos meses más tarde volvieron a reunirse en Nueva York, sólo para comprar vestuario moderno, distraerse, dilapidar una parte de la fortuna que habían acaparado durante esos años con el merchandise.  El último en llegar fue Aquamán, que salió de la boca del subte a eso de las 9 de la mañana, pálido, sudoriento y feliz. Casi al mediodía estaban saliendo de una de las grandes tiendas, deprimidos por la indiferencia de la ciudad alborotada, y en ese preciso momento el primer avión se estrelló contra la primera torre. Hubo confusión y caos, y Superman corrió a una cabina telefónica. Allí se rasgó la camisa vanamente, porque ni siquiera llevaba el traje de colores, que ahora le provocaba urticaria y no le servía para nada. Regresó con el grupo entre jadeos, a tiempo para ver y sentir el impacto del segundo avión contra la otra torre. Se identificaron con los bomberos y quisieron dar una mano, pero los invitaron amablemente a alejarse de la zona de peligro, porque ya no podrían ser los héroes de la jornada. Se oían gritos, se percibía en el aire el olor de la muerte, claro y rotundo. Los rascacielos se derrumbaron estruendosamente, y los otrora super-poderosos corrieron despavoridos delante de la ola de polvo y fragmentos, que los perseguía por la calle como un enorme búfalo gris. Flash, ahora pesado y lento, iba a la zaga del errabundo grupo, que se reconcentró a tres cuadras del epicentro del dolor.

 

Tormenta de Fuego se sentó en la vereda, intentando digerir su novísimo miedo a quemarse. Wendy, Marvin y Zan tampoco se sentían a gusto con el estreno de tal sentimiento, pero sabían que deberían acostumbrarse a ese extraño e inconsolable estremecimiento: ahí estaban los Superamigos, que intentaban recuperar el aliento en aquella esquina, y sufrían la sucia y paralizante sensación del pavor.

 

Entonces Jefe Apache y Vulcano Negro observaron, atónitos, el rostro de Janya, en el cual, a través de las manchas de tierra y tizne, las lágrimas habían marcado dos insolentes y tenaces surcos de sal.

 

Héctor Gorla, Marzo de 2003