Camafeo de la violencia.

 

Ahora ya es tarde, pero entonces me sentía ansioso, frustrado la mayor parte del tiempo. La gente se quejaba por los asaltos, por la violencia que había en las calles. Amigos, primos, gente conocida, cada uno había tenido una experiencia más o menos traumática, dolorosa siempre. Y menudeaban las precauciones sagaces, los disimulos e ingenios tecnológicos de exigua eficacia. Recuerdo que alguien me preguntó si había sido asaltado, si me habían robado dinero, si mi casa había sido ultrajada para el despojo de posesiones. Recuerdo que pensé en ello por primera vez, muy cerca de cumplir cincuenta años. Vuelvo a sentirme azorado como cuando balbuceé la respuesta, también asombrosa para mi interlocutor: ni él ni yo nos explicamos el sinsentido de nunca haber sido atacado en una ciudad y una época violentas… Colegimos que no era por el exceso de cautelas (sencillamente las desconocía), sino por la desidia de los mal vivientes, ineptos en su tarea. Mi puerta estuvo abierta de par en par durante años, incluso en invierno; las ventanas desprotegidas, carentes de cortinados que resguardaran nuestra intimidad. Candela no soportó vivir más tiempo con la puerta abierta, temblando de miedo, sobresaltándose cada vez que un rostro inquietante miraba con morbosidad, al pasar, hacia el interior de la casa a través de las ventanas instigadoras. Y hace algunos meses se mudó con los chicos a un departamento del centro, protegido por la tecnología y la servidumbre entrenada que el dinero puede comprar... Reconozco mi obsesión, mi búsqueda del peligro tan mentado. Poco sabio ha sido recorrer las villas de la Perito Moreno a pie, bien vestido y no desprovisto de dinero. O salir del banco con el portafolio cargado de efectivo, caminar con indolencia esas cuadras, viajar en colectivo, detenerme en las vidrieras… Mientras tanto esperaba el golpe artero, sorpresivo, demente, furioso de quien nada tenía que perder… Banal espera, pueril expectación por el peligro, por el dolor o la muerte. Otros más precavidos que yo sucumbían a los asaltantes, se convertían en rehenes, perecían a veces sin poder contar la sensación del riesgo o del sacrificio. Pero yo debía conocer esas emociones, estar en medio de la locura, codearme con la sangre y el maltrato. Sólo por eso tomé el arma, sentí la frialdad del acero, el peso del momentáneo poder en mi mano. Había en la ciudad alguien más que, como yo, ignoraba lo que para el resto había sido una pesadilla. Creo que él fue la elección perfecta, el mejor destinatario de la saña, el que más acabadamente me mostraría el terror en los ojos ante mi despiadado ataque… Ahora sé de qué se trata, aunque lo viví del lado opuesto. Es tarde para el arrepentimiento, pero ya no siento ansiedad.

 

Héctor Gorla, Octubre 2002