Camafeo de la plenitud.

 

No es que los médicos lo reconozcan o que lo haya visto en un programa de televisión, pero llevo años pensándolo, diciéndome que no me pareció, que no es una tontería como la de mover una mano y que la otra se sacuda en exacta simetría, cosa que todos toman a broma de salón, y digan qué gracioso, no puede ser que los reflejos funcionen de una forma tan simpática… El médico me miró con cara de asombro, y se desligó del tema diciéndome que no me preocupara, en todo caso no le provoca ninguna incomodidad, mire… Me la mastiqué tranquilo y ya no trato de convencer a nadie, aunque las manos siguen moviéndose igualito, cuando me relajo… En cambio lo otro no se lo dije a nadie, lo guardo para mí solito desde la tarde en que me pareció sentirlo, allá por 1982. Tenía 25 años, y todavía no me habían dicho que es la parte de la vida donde llegamos a la plenitud y empezamos la cuesta abajo, despeñándonos por la vida casi sin sentirlo. Desde entonces me fui haciendo a la idea de que uno alcanza la cúspide de la vida no sólo a los 25 años, sino en un día exacto, en una hora precisa que algunos tenemos la posibilidad, o la fantasía, de percibir. Me recuerdo en la enorme cama que teníamos bajo la ventana del segundo piso, en el departamentito de Boedo y San Juan. Hacía un calor de primavera, y se vertía el sol sobre las sábanas donde yacía para arrullar a mi hija de poco menos de un año, acunada en mi brazo derecho. Los dos estábamos a punto de abandonar la vigilia y entonces entró mi esposa, que se tendió a nuestro lado. Nos quedamos entibiándonos bajo el sol, con la nena en el medio, y al poco rato dormíamos los tres.

 

Nunca volví a sentir la agradable conmoción de cuando desperté, tres horas después. Nunca volví a dormir como aquel día, con tan serena profundidad como si estuviera aún en el vientre de mi vieja, pero abrazado a mis dos amores de entonces. El paraíso debe sentirse de esa forma, o la muerte, vaya uno a saber. Aunque intenté recrear las mismas condiciones de aquel momento, tomando en cuenta la hora del día, el ángulo de la cama, la compañía de las dos, similar relajación y predisposición análoga, jamás conseguí parecido efecto. Mis desvelos llegaron a recrear los eventos de ese día casi hasta el puntillismo: almorzamos lo mismo, salimos a la calle igual cantidad de veces y a los sitios exactos de la ocasión original, y dormimos equivalente cantidad de tiempo, pero el despertar sólo me deparaba la decepción. Mi esposa nunca comprendió bien de qué se trataba todo aquello, y a medida que la nena crecía, era cada vez más dificultoso lograr que durmiera la siesta.

 

Finalmente me convencí de lo irrepetible del suceso, y me dediqué a transitar lo que me quedaba de vida con la clarividencia de un después, de un jamás, con una novedosa perspectiva de alejamiento… Estoy casi en los cincuenta, y quién sabe, a lo mejor el cuerpo me depara otro cimbronazo.

 

Julio 16 de 2007