Camafeo de la muerte y la aritmética.

 

Miriam y yo decidimos hace unos meses realizar una investigación de moderadas aspiraciones literarias. Ella restaría horas al trabajo de su estudio de arquitectura, y yo haría lo mismo en mi taller de computadoras. Convinimos desde el comienzo el título de la obra terminada, con acento y misterio incluidos: “Cómo murieron”. Seguíamos el apotegma de que los hombres y mujeres célebres habían hecho la historia con una pasión que se sublimaba en el momento del deceso: morir como se vivió…, y la conjetura de que conocer esas horas finales sería un aporte interesante al estudio de la grandeza y la debilidad humanas. La amplitud de la tarea nos excedía, y por eso sondeamos a nuestros amigos prosistas para que aportaran un capítulo al morboso mamotreto… Lo más difícil era la elección que cada quien debería hacer de un personaje; Miriam comenzó a trabajar en la muerte de Freud, tal vez por afinidad. Yo inicié mis indagaciones sobre Einstein, aunque todavía ignoro por qué lo escogí. Un filósofo español, amigo de mi socia, ofreció ocuparse de Séneca, y el proyecto se puso en marcha con el insensato entusiasmo que imbuye lo que no tiene norte seguro. Mientras buscábamos coautores, intentábamos realizar una lista de los notables que morirían en nuestro primer tomo, y precisamente entonces apreciamos anomalías aritméticas. Habíamos diseñado una ficha con noticias geográficas y cronológicas que encabezaría cada capítulo, pues la idea era no aburrir al lector con el consabido “Fulano nació el (…), al oeste de equis ciudad, y falleció en su casa de las afueras de (…), en (…), debido a (…)… “, etc. etc. Cuando algunas de las fichas quedaron inconclusas, o evidenciaron incongruencias, advertimos pormenores prodigiosos… Por ejemplo, buscando la biografía de un escritor chileno nacido a finales del siglo XIX, confirmamos sin lugar a dudas que el fallecimiento de este señor había acaecido a mediados de 1907, por lo cual su vastísima obra correspondía al período comprendido entre la preadolescencia y la mocedad, ya que en el momento de morir no alcanzaba los 16 años… Jamás pudimos establecer la época de la muerte de un actor inglés de los albores del cine mudo, quien aparentemente aún vivía y apagaría en su siguiente cumpleaños 115 velitas; las sospechas se confirmaron cuando tropezamos con su nombre en los créditos de la película “El gladiador”, en la cual había trabajado como extra de riesgo de tercera categoría… Como decía, algo andaba mal. Por estos dos casos, y otros igualmente sorprendentes, llegamos a la conclusión de que alguien realizaba una pésima labor. Quien debía llevar la aritmética humana cometía errores desde muchas centurias pasadas, y nadie parecía notarlo o intentar corregir las inexactitudes que se acumulaban… Jesús mismo no había muerto a los 33 años… Miriam y yo iniciamos la redacción de una obra diferente, donde expondremos estos equívocos con lujo de detalles, para demostrar la creencia de que buena parte de la historia ha sido escrita sobre datos falsos, concebidos sólo para explicar las distracciones cronológicas de este enemigo de los números. Quizá muramos antes de la siguiente navidad, y no podamos completar este emprendimiento… Pero si tenemos suerte, y por estos mismos errores u omisiones contables seguimos aquí cuando el presente siglo esté por expirar, a lo mejor llegamos a prologar la quinta o sexta edición en rústica.

 

Héctor Gorla, 3-1-4