Camafeo de la muerte y del idioma.

 

Jesusa moría, y con ella el misticismo de la familia. Herrera la había convertido en viuda cinco años antes, en una agonía final de casi dos días. En esas horas, el hombre, encerrado en su cuerpo por la embolia, garabateaba un pedazo de papel con trazos indefinibles, de a ratos, entre suero y suero, y cuando exhaló el último suspiro la mujer desligó la hoja de la mano inerte y la guardó en un cofrecito… En los meses que siguieron, a veces se recluía en el comedor, alisaba el recuerdo sobre la carpeta blanca de la mesa solitaria y trataba de descifrar el mensaje, hasta que los ojos le lloraban de cansancio. Los hijos habían porfiado en que ahí no se atesoraban palabras, ni letras, ni pensamientos. Las marcas hechas con tinta azul más bien correspondían a movimientos reflejos de la mano, del brazo herido por las agujas, y no provenían del dictado de la razón sino del de los músculos agonizantes. Los rasgos no respetaban los renglones, subían, se curvaban, se transformaban en una línea recta de margen a margen, caían zigzagueando. Pequeños círculos, figuras amorfas de varios tamaños completaban la obra de don Herrera, que se parecía a un cuadro no figurativo más que a una misiva póstuma... Jesusa moría, pero había aleccionado a sus vástagos para que le acercaran el retazo de papel en su último instante, dada la certeza que un terrible e ineludible mal había otorgado a la contingencia de su propio fallecimiento. La hija menor intentó evitar la morbosidad de lo prometido, pero su hermano se negó a faltar a la palabra que su madre les había arrebatado oportunamente. Abrieron el cofrecito, extendieron el papel. Lo suspendieron frente a los ojos ausentes de Jesusa, quien había supuesto que recién entonces entendería la nota de don Herrera, escrita en el idioma inasible de la muerte.  La llamaron, y el brillo de sus ojos volvió a fulgurar un momento, sólo para recorrer la grafía imprecisa del difunto, el simbolismo olvidado en cinco millones de años de evolución… Jesusa sonrió, todo estaba tan claro, tan inmemorialmente legible. Sintió que conocía desde un pasado infinito el idioma cifrado en las pictografías, aunque ese conocimiento le había sido esquivo durante la vida… Musitó algunas palabras entrecortadas al oído de su hijo mayor y se fue maravillada.

 

Era tarde cuando los hermanos entraron en la casa paterna, que ya no albergaría a nadie. Discutían con susurros, para no revelar un cometido misterioso e improbable. Caminaron directamente a la pieza de Jesusa, a la cama de metal donde don Herrera la había hecho mujer y madre… Sacaron las bochas de los respaldos y dirigieron la luz de la linterna al interior de los anchos e insospechables caños de bronce… A la muchacha le había parecido una locura aceptar los desvaríos de dos moribundos, pero felizmente su hermano se había empecinado en constatar…

 

Héctor Gorla, Septiembre 2002