Camafeo de la infidelidad.

 

Esteban duerme, Esteban siempre duerme. Se acuesta temprano como las gallinas, cierra los ojos y a veces ronca. Después de todo fue él quien se empecinó en comprar la computadora, y pronto perdió el entusiasmo por ella, como le pasa con todo en la vida. Cuando me dijo que podría navegar, recibir correo de la tía de Coruña, y no sé qué más…, pobre Esteban, no sospechaba que tendría un romance con… bueno, no importa con quién, se sentiría tan mal. ¡La pucha!, ¡los dos son tan diferentes! Esteban nunca fue de decir palabras lindas, sólo te abraza y te besa para expresarse. El otro, en cambio, se desangra en los mail, se entrega y provoca excitación. La noche es mi momento favorito para disfrutar sus mensajes, aunque hoy me duele el brazo izquierdo y no puedo concentrarme. En estos párrafos, por ejemplo, fechados hoy a la tarde, revive nuestra última relación, me transmite instantes que he palpitado con menos atención que él. Recuerdo, con sus palabras, las manos enormes sobre mis caderas, su aliento tibio en mi cuello, un escozor me congela mientras recorro la pantalla. Me quema la mención de su piel apoyada en la mía, siento que el pecho se me parte de dolor… Por suerte Esteban  duerme un sueño profundo, a lo mejor hoy tomó el sedante para el estómago. Es más segura esta hora, aunque tal vez debería llamarlo para que me hiciera un té, sólo esta noche. Claro que antes de eso sería adecuado dar un clic donde dice “salir completamente”, cerrar el explorador, cerciorarme de que la PC no me va a poner en evidencia. Incluso convendría que desconectase el módem, reiniciara, no sé… En alguna parte quedan almacenadas las cosas que pretendemos volatilizar. Para colmo el otro es tan expresivo, aquí particularmente se despachó a gusto. El dolor en el brazo es insoportable, el pecho se rompe, las letras de su mail ahora son borrosas para mí, pero sus palabras siguen en la pantalla, delatoras. ¡Dios!, caigo al piso, seguramente es un preinfarto. Esteban tiene que acudir a socorrerme, pero desde donde yazgo no puedo evitar que lea lo que tiene que ignorar. A lo mejor, si me estirara, podría alcanzar al cable que alimenta al maldito aparato, tironear de él, desconectarlo. Sería una solución momentánea, pero me daría tiempo para pensar en algo mejor. Si me tocase estar internada algunos días en el sanatorio, él no encendería el aparato infernal, no hurgaría en sus entrañas buscando el engaño… A mi regreso podría arreglar este desastre… No, el enchufe está lejos, el dolor me paraliza, y Esteban no se despertó por el estruendo que hice al volcar la silla. Ninguno de los dos me sirve ahora, estoy sola, sumiéndome en la obscuridad. Sería bochornoso que el otro me viera así, pero con Esteban podría contar… Oigo sus pasos, me llama, se acerca, me toca… Va a la pantalla, lee, raja una puteada. Soy yo y mi dolor, mucho dolor, creo que mi corazón va a estallar. Es más que un preinfarto, es más que un viaje al sanatorio… Sigue leyendo, percibo que me mira con odio… Regresa a la habitación mascullando algo… Y vuelve a dormir, que es lo que siempre hace. Esteban se acuesta temprano,  como las gallinas...

 

Héctor Gorla, Octubre 2002