Camafeo de la casa.

 

No siempre fue así, otrora un hombre normal, padre de familia, dos hijos, empleado, coleccionista de cajitas de fósforos. Una tarde (justo después de almorzar) se le metió en la cabeza la idea de que la casa se estaba hundiendo, lo mismo que Venecia, México o Shangai (según la sentencia de los urbanistas modernos, adictos a respaldar estos espantos con meticulosos estudios). Al principio (y hasta el final) la familia entera le creyó, porque no era de esos que hablaban pavadas y aseveraban vanamente. Incluso se preocuparon, a pesar de la ausencia de signos evidentes de que la propiedad fuese a ser devorada por la tierra o estuviesen colapsando los cimientos. Era una buena construcción. Dos plantas, un jardín, techo a dos aguas, cuatro ambientes, un patiecito floripondio. Aunque ningún vecino se quejaba de algo similar en el barrio, lo sensato era creer a pie juntillas lo que papá aseguraba con honda congoja, que la casa se inhumaba y que un día la perderían por completo. Contrató arquitectos, agrimensores, especialistas huidizos, y todos desecharon la falacia del enterramiento sin más trámite, pero no lograron convencer al obsesivo propietario. La casa se hundía. Él tenía que tomar previsiones para evitarlo o retrasar el fatal momento.

 

Lo primero que tiró a la basura fueron las cajitas de fósforos. Toda una vida de colección (casi dos mil de las más ignotas) fue a parar a la basura, incluso la Voiglander de bronce niquelado y comprobada antigüedad. Por dos motivos no intentaron disuadirlo: estaba muy seguro de lo que hacía, y además las cajitas siempre habían sido un estorbo para quienes no apreciaban el raro arte de juntar cosas que otros desecharon hace mucho tiempo. Después vino la premisa de deshacerse de lo que no fuera estrictamente necesario para la vida cotidiana: ropa gastada, artefactos que nunca se enviarían a reparar, otros que sí funcionaban pero que jamás se encendían, la cama demás, dos sillas, un parlante mudo.

 

Como eso no fue suficiente, le llegó el turno a los libros. Los antiguos, los nuevos, los de valor sentimental y aquellos de los cuales se ignoraba cómo habían ido a parar a los anaqueles, todos se regalaron o donaron a la biblioteca del barrio… Con tales desprendimientos, la casa seguramente pesaba menos y detendría su insensible caída hacia la nada.

 

Sin embargo no fue así, y un jueves empezaron a desaparecer los muebles y los objetos personales de la familia, bajo el ojo atento de un papá que, grave e inconmovible a las súplicas, hacía cálculos en su mente con los kilos aligerados por cada cosa que atravesaba el vano de la puerta.

 

Se fueron las bicicletas, la cama matrimonial, los roperos, la tele y las joyas de las mujeres. Pinturas y pelucas, valijas, tarros de cocina, discos y frazadas, todo, todo desapareció (aunque los chicos nada lamentaron más que ver al perro emprender el camino del ostracismo, cual un Cid ateniense, hacia la casa de Luján de una tía casi apócrifa).

 

Incluso este supremo sacrificio fue exiguo, y la casa seguía cayendo, aunque había aminorado su insensible aceleración. Para entonces lo único que les quedaba por hacer era andar por los ambientes con menos ropa, ayunar para adelgazarse y quedarse muy quietos y amuchados, a ver si así eran capaces de salvar el inmueble.

 

Fue precisamente la tía de Luján la primera en entrar y en enfrentarse con los amplios ambientes vacíos, con las paredes impecables (ni clavitos tenían), en salir al patio desmacetado, en no poder hacerse un mate en la cocina ausente, en estar en un baño sin calefón ni espejo,  en preguntarse, abstraída por el blanco cuadriculado de los azulejos, si acaso su enigmática parentela se había ido por el inodoro donde estaba sentada y pensando en el perro, que había sobrevivido al infortunio.

 

 

Héctor Gorla, Marzo 24 2004