Camafeo circular del curro.

 

… como antes. Cuando alguien consigue hacer dinero descubre que es lo más fácil del mundo, mientras el resto se devana los sesos en la búsqueda del mejor camino hacia la fortuna. Pero en serio, es facilísimo. Basta una idea mínimamente astuta, un pequeño descubrimiento, un instante de lucidez. Y entonces ¡zas!, tanto pensar para esto que era una pavada. Y la plata llega y satura, y qué hacemos con toda esta guita ahora que compramos la casa, el coche, las vacaciones, los amoríos y el ocio. Ahora que tenemos hasta lo que no queríamos, lo que no deseábamos cuando vendíamos chuchearías en el bondi, los dos, con calor y con frío, oliendo a sudor y haciendo el versito con la voz impostada. Lo que pasó fue que se abusó de eso, las boludeses ya no llamaban la atención, y a veces nos cruzábamos dos o tres buscavidas en el mismo bondi, ofreciendo berretadas similares. Ahí ocurrió el milagro, y no sé si la idea fue mía o de ella, o si fue un azar de la miseria. No te lo voy a negar: la primera vez nos peleamos en serio. Diez minutos, más o menos. Por un asunto de celos, qué sé yo. Y en lo más acalorado de la trifulca, con el colectivo lleno y todos -hasta el chófer- mirándonos con atención, Elena sonrió, me miró, la miré, y dije: “Señores y señoras, esta fue una improvisación de nuestro teatro callejero. Muchas gracias por su colaboración.” Más vale, todos pusieron las chirolas y nos aplaudieron a rabiar. Cuando bajamos en Once se puede decir que habíamos encontrado la papa, que ya éramos ricos. Después fue cuestión de organizarnos, y descubrimos que si multiplicábamos las líneas de ómnibus de Buenos Aires por los trayectos, por la ida y vuelta, por los horarios, habría laburo para siete siglos y medio. Al tiempo teníamos contador, y una oficinita con amanuense que nos organizaba los recorridos. Compramos computadoras, nos hicieron libretos, ensayamos. Hacíamos un tiempo exacto, que arriba del colectivo equivalía a paradas, a cuadras, a pasajes y avenidas. Todo se organizó: subir acá, bajar allá, empalmar, volver, cambiar de línea, y diez minutos de descanso por cada dos horas de yugo. Nos posesionábamos en los personajes, y la gente notaba los artistas que había en nosotros. A veces yo era un marido celoso, que la había descubierto encamada con el amante. A veces la engañada era ella. O peleábamos por la herencia multimillonaria de la tía Frola, o planeábamos el asesinato de su dorima, y nadie se daba cuenta hasta que pasábamos la gorrita. Un éxito total. Nos ofrecieron algo en la televisión, pero francamente hicimos números y no nos convenía. Pero un día… todo mal, ese día. Peleábamos en joda, como siempre, y de pronto peleábamos en serio. Se chivó por la mosca, y no había manera de hacerla entrar en razón, a la muy turra. Bajamos a las puteadas, y la seguimos en casa. Y la seguimos dos o tres días, y terminamos con los abogados, los contadores y la mar en coche. Tanto vento para qué, para nada. Para no tenerla, transpiradita y todo, no importa. Para perderla por la puta guita. Existe otra gente, pero no es lo mismo. Y como que hay un Dios que ella debe pensar que estaba bueno eso de pelear en joda para la gente, por la moneda, o por nada, como antes…

 

Héctor Gorla