Camafeo cinematográfico.

 

 

Cuando rodaron las tomas finales la idea ya había adquirido consistencia en la mente de los productores del film. No podemos decir que aquella empresa cinematográfica fuera camino a la bancarrota, pero lo cierto es que estaba muy necesitada de una vigorizante inyección monetaria que la revitalizara como en mejores épocas. Como quiera que sea, jamás habrían podido lograrlo abandonándose a la calidad de las cintas que salían de sus estudios, porque éstas carecían de ella. En cuanto a la actriz de segunda que se prestó al fraude, no lo hizo tanto por ingenuidad como por afán de gloria: estoy firmemente convencido de que tenía plena conciencia de lo que iba a hacer. Lo primero fue hallar el modo de llevar a cabo el fraude; era difícil, porque cualquier tipo de accidente que se pudiese provocar no garantizaba de ninguna manera los particulares resultados que se pretendían. La solución al problema vino por el lado de un oscuro cirujano, que terminó obteniendo una buena parte del botín por el papel que le cupo desempeñar en esa farsa. En los estudios se podía improvisar cualquier ambiente: ¿por qué no un verdadero quirófano? Así que ahí, en el set acondicionado convenientemente, tuvo lugar la operación. En las dos horas previas se organizó una calurosa despedida para la actriz, donde champagne y caviar menudearon y a la que asistieron las cinco o seis personas involucradas en el secreto, quienes quisieron de ese modo festejar el éxito por adelantado. Luego, la intervención quirúrgica resultó inmejorable. Lo demás fue fácil. Un rompecoches, al que no sé qué clase de promesas le hicieron, se encargó del resto: el choque fue en pleno centro de la ciudad (tan real, por lo violento, que hasta el rompecoches resultó con heridas leves), a altas horas de la madrugada, que es cuando suelen ocurrir estas cosas. Sacaron a la actriz con gran dificultad de entre los hierros retorcidos del vehículo, y la trasladaron, en medio de la expectación de los curiosos, a una clínica cercana... Dos horas después se conocía la noticia: la actriz haba quedado desbecerrada... Las múltiples fracturas y heridas a lo largo y ancho de su bien torneado cuerpo eran, claro, rastros del "accidente", pero nadie supuso (yo me enteré por casualidad) que la descerebración en realidad era obra de un certero bisturí, detrás del cual se parapetaban intereses muy concretos. La descerebración era en aquellos días poco frecuente en personalidades públicas, y cuando ocurría conmovía poderosamente la sensibilidad de la masa... Es indudable que aquellos villanos supieron cómo hacer las cosas, porque además de todo, en este caso se trataba de una actriz joven que apenas empezaba a disfrutar de sus minutos de popularidad... Esta hermosa mujer de veintiocho años estuvo en coma vegetativo casi dos semanas, lo más que la ciencia pudo mantenerla en ese estado. Murió cuando dejaba de ser noticia (desplazada del interés general por el atentado al patriarca de Constantinopla), pero sus fastuosos funerales ocuparon las primeras planas de los hebdomadarios ostentosamente cholulos. En el ínterin, se había comenzado a exhibir el último film de la estrella (que ahora lo era, y con creces). No cabía duda de que era una obra mediocre, pero nadie pareció reparar en ello..., ¡ni siquiera la crítica especializada! Su protagonista, desde donde se encontrara, allá arriba (o allá abajo), seguramente sonreiría satisfecha... Artísticamente su trabajo no valía nada..., pero hay que ver el éxito que tuvo.

 

 Héctor Gorla, Mayo 16 de 1981.