Camafeo cinematográfico II.

 

 

El director de la película tenía 12 años. Era un niño prodigio por algún misterioso motivo que sólo comprendía la gente de la industria. Pero como todo niño, era caprichoso. O por lo menos, caprichoso como todo niño caprichoso. Asentaron el set de filmación en la quebrada de Humahuaca, a orillas del río Grande, a dos kilómetros de la pequeña villa de Tumbaya por el camino que cruza los plantíos frutales y atisba las sierras. Cuando todo estuvo listo para encender las cámaras, al niño se le antojó que para comodidad de la producción la iglesia tenía que ser instalada en el centro del plató, y no hubo cristiano que le hiciera comprender que se trataba de un monumento que databa de 1796, ornado con pinturas valiosas de la escuela cuzqueña e interesantes piezas de orfebrería… No, no; no le importaba. La película era todo un acontecimiento para la diminuta ciudad, y el intendente terminó cediendo a los antojos del púber director, aún en contra de las voces comunales que protestaron por la decisión. Muy de mañana, en el calor seco del altiplano, los ingenieros tomaron la batuta y desmantelaron la iglesia, que trasladaron piedra por piedra, a lomo de hombre, dos mil metros hacia el río. Allí la reensamblaron, dándole el aspecto original, estucándola de nuevo y consiguiendo un logro para la industria cinematográfica, pues todo el proceso se había realizado en tiempo récord (tres días, aunque claro, era un edificio pequeño).

 

El agente secreto estacionó su auto compacto y poderoso, cubierto del polvo de la quebrada, a veinte metros de la puerta de la iglesia, donde se parapetaban los terroristas que asolaban al mundo. La consola del vehículo se expandió y desplegó una pantalla con un gran círculo en cuyo centro podía verse la iglesia. Un cañoncito emergió del capót, presto a disparar. Inserto del cañón, música de fondo que marca la tensión del momento. Primer plano del rostro del agente, seguro de su cometido. Otro inserto: el dedo índice del protagonista, a punto de pulsar el botón rojo. Más tensión. Y en un alarde de diseño de imagen y sonido, la cámara sigue la trayectoria de la bala trazadora, que hace explotar con estruendo 5.1 y lenguas de fuego al portón dos veces centenario… La siguiente escena transcurre en el interior del santuario.

 

Dos semanas de rodaje en esa locación pasaron rápidamente. Otro récord se logró cuando hubo que volver a poner la pequeña capilla en el centro del pueblo: 24 horas bastaron. Eso si, no se hizo con la misma dedicación, pues no se podía perder mucho tiempo en eso… Piedra a piedra, los vecinos trataron de reconstruir el histórico edificio tal como estaba diez días antes, pero ya se habían marchado los ingenieros que podían dirigir, y las piedras estaban mezcladas. Hicieron lo que pudieron, pero lo que quedó fue una tapera sin grandeza ni carisma para albergar a ningún santo. Encima se había quedado sin portón…, y los feligreses, atemorizados por un posible desmoronamiento, rezaban desde la calle.

 

La película fue un fracaso, pero eso no salió en los diarios. Tampoco se publicó que el mismo día del estreno, a eso de las 11 de la mañana, la iglesia de Tumbaya se vino abajo de un solo golpe…

 

El director tuvo que volver al colegio, y se cree que jamás terminó la secundaria.

 

 

9 de julio de 2006