Camafeo buscador.

 

En los veinte años que pasaron desde la atávica adolescencia compartida en Caballito, Mónica había cambiado dos veces de marido, tres el color del cabello, cuatro de domicilio, una de país. Nadie podía seguirle la pista a la Mónica pálida y delgada que a lo mejor ya no era ni fresca ni grácil, y eso marcó desde el comienzo la futilidad de su búsqueda… Hombre voluntarioso al fin, su obstinación en tratar de encontrarla sólo se equiparaba con su soledad, y era ésta la fuerza indómita que impelía su denuedo. Hagámosle justicia, y otorguemos que extenuó todos los medios para dar con ella, desde los registros manuales a los electrónicos, desde la encuesta gentil a los viejos amigos en común hasta la exhaustiva indagación en los recónditos lugares de Internet donde podía cosechar una pista. Y nada. Embravecido, se reafirmó secretamente que estaban predestinados a volver a verse, sin que importaran el precio o las consecuencias. Así que dio un clic del mouse sobre su procesador de texto y comenzó a redactar con afiebrado esmero, concediéndose el tiempo indispensable para alimentarse magramente y dormitar con inquietud. Diez meses más tarde un hombre lánguido y huesudo había concluido su primera y única novela, y la disputa entre los editores por el privilegio de publicarla careció de cortesía y ética. El éxito editorial justificó sobradamente las artimañas, en especial cuando aparecieron las traducciones a populosos idiomas, a apartados dialectos. El autor eludía la fama desde la sala de agudos del hospital Piñero, y sus horas se deslizaban dolorosamente esperando la respuesta de Mónica. Sabía con certeza que a ella le encantaban las novelas góticas, y que cuando leyera la suya no ignoraría el mensaje de la página 347, párrafo 3, renglones 5 in fine.

 

Héctor Gorla, 24 de abril de 2002