Camafeo bestial.

 

Grande y negra, costrosa a fuerza de mugre y sobrecargada de piojos, la bestia yacía a la vuelta de la esquina, emitiendo por momentos sonidos amenazantes y por momentos gimiendo lastimeramente, como si quisiera que alguien se apiadase de ella. La buena mujer se llevó un gran susto cuando aquel engendro se abalanzó sobre el perrito que trotaba despreocupadamente, bajo el sol de la tarde, a un extremo de la correa que sujetaba, por el otro extremo, su mano maternal. Doblaban la esquina, y allí se encontraba aquello, expectante. El pekinés, un ejemplar de cara fea -todos los de su raza son iguales-, comenzaba apenas a ladrar cuando la bestia lo tomó por el cuello y lo arrojó lejos, con correa y todo. La mujer gritó, la gente se acercó al lugar para ver cómo el pekinés se desangraba, reventado, sobre el pavimento, y cómo la extraña criatura aullaba y amenazaba con hacer correr parecida suerte a cualquiera que intentara acercársele. Llamaron a la policía, a los bomberos, al Instituto Pasteur y a los zoológicos, a cualquiera que quisiera acudir a matar esa abominación, o a dominarla... Parecía estar rabiosa; babeaba; su debilidad casi le impedía moverse, después de aquel alarde de ferocidad. La primera en llegar fue la policía. Intentaron rodearla, cazarla para estudiarla, para vivisectarla y ver cómo era por dentro, pero en definitiva a la policía poco le interesa la ciencia: alguno de ellos sacó el arma, alguno le disparó entre los ojos, y todos vieron cómo la bestia se desangró sobre el pavimento, con piojos y costra y rabia, y con una sangre gelatinosa que sólo limpió la lluvia del día siguiente.

 

A pesar de todo, dieron a Fernando Gómez, de cincuenta y cinco años, un entierro cristiano. Al fin y al cabo, todo lo que había hecho era asesinar a un pekinés.

 

Héctor Gorla, 26-27/06/79