Camafeo asesino.

 

En algún punto entre el primer café que compartieron en el barcito de Rodríguez Peña y Córdoba y ahora, cuando ella cerraba la puerta y se marchaba destilando histeria, había decidido que lo mejor era matarla, no simplemente alejarse o apartarla de su vida, no sólo ignorar su existencia, sino matarla en el sentido más físico y brutal de la palabra, con sangre y todo (eso del veneno es para las mujeres y los maricones). Había tiempo para pensar en la escabrosidad de los detalles, porque la bronca de ella iba a durar cuatro o cinco días (como siempre que caía en ese estado lamentable), y volvería como si nada y se acostaría en la cama junto a él, para hacerle sentir un brazo en su cuello como una bufanda molesta, sin mencionar el perfume que había elegido con tan mal gusto y en el que persistía a pesar de las objeciones reiteradas que le había hecho sobre ese asunto exasperante, antes, claro, de pensar en que un cadáver huele a cadáver aunque se aplique Chanel número cinco, y que ya no importaba.

 

Una vez más había que esperar que se le pasara la calentura y volviera con la frente gacha, se sumergiese en sus brazos y le buscara las piernas entre sueños para dormir incómodos durante algunas horas, absolutamente en vano. Ese parecía ser el mejor momento para desgarrarla con el cuchillo o con el tenedor o con lo que fuere, para descargarle sobre el cráneo la furia de una plétora de discusiones domésticas que no pasaban de un portazo un insulto una mirada de odio, y qué mierda tenés en la cabeza que no entendés lo que te digo, tal por cual -  para descargarle la bronca contenida todos esos años el mejor momento era ese, cuando dormía contra él, le entibiaba el pecho con la cercanía y respiraba tan cerca de su oído con la boca entreabierta, ¡oh!, tan cerca.

 

Al final se fue también, cansado de estar solo. Seis días y otros seis, cinco meses, un año y medio, la muy turra a lo mejor había sospechado lo que la acechaba y se había obstinado en no volver. Él dejó la casa como estaba, con los tenedores, los cuchillos y todos los utensilios cortantes o punzantes que fácilmente podían haber intruseado en el cuerpo de ella, con los instrumentos contundentes. Varias veces tuvo el impulso de salir a buscarla para pedirle que volviera, que se acostara junto a él y rodeara su cuello y su perfume y su tibieza, pero se contuvo y soportó la bronca como un machito de Dios, la bronca de no tenerla cerca y suya para intentar quitarle la vida, su propia vida.

 

Héctor Gorla, 30-7-04