Camafeo Villalonga Furlong.

 

Era un objeto pequeño, compacto, azul. Se lo había regalado un amigo para su cumpleaños, frente a todos los invitados: más amigos, vecinos, tíos, primos, su noviecita. A la hora de quitar los envoltorios fue haciéndolo con esmero y cuidado con cada uno de los obsequios, y agradeciendo los primorosos mensajes de las coloridas y delicadas tarjetas. No siempre se cumplen trece años, y casi nunca te regalan tantas cosas, tal como iban a enseñarle los venideros años. Cuando le llegó el turno al diminuto paquete todos contuvieron el aliento, y un silencio profundo permitió escuchar el rasgado del papel celofán. Por sobre su cabeza asomaban las de sus papás y las de los demás adultos, mientras los chicos se apretujaban detrás de él para tratar de ver. Hasta ese momento no se había dado cuenta de la expectación que aquel paquetito despertaba en los presentes, incluso más que el que le entregó la mamá de Elsita, quien solía hacer buenos obsequios. Aquello era muy chiquitito y no tenía una fisonomía reconocible, como la pelota de Claudio o el Mecano Nº 5 de Juan. “Dale, abrílo” lo alentaba su madre, mientras el papá apoyaba una huesuda y enorme mano sobre su infantil espalda, en un gesto de urgencia. Cuando el papel celofán cayó al piso apareció el objeto, azul y brillante. Por cortesía leyó en alta voz el escueto mensaje de la tarjeta, reducido a una enigmática palabra: “Disfrútalo”. Todos admiraron aquella cosa, y la mayoría comentaba que pocos chicos podían tener algo así a los trece años. Sus padres asentían y refrendaban esos comentarios, y aclaraban que no iban a dárselo hasta que fuese algo mayor y tuviera conciencia de su privilegio. La mamá se apropió de aquella cosa con una sonrisa, y a pesar de sus protestas lo ocultó en un lugar seguro, hasta que todos se fueron… Esa noche le permitieron tenerlo después del consabido baño, y llevárselo a la cama para comenzar a regocijarse. Dos partes salientes avanzaron lentamente desde el objeto cuando tocó su panza azul, como ojos retráctiles. Una luz roja brotó desde arriba, e iluminó con suavidad el techo de la habitación. No emitía sonido, y ese era un gran defecto. Años más tarde iba a descubrir que una de las partes era eminentemente musical, cuando ya era tarde y su abuela no estaba para enterarse. El ritual se repitió noche tras noche, durante años. Se dormía con aquello, pero cuando despertaba y deslizaba la mano bajo la almohada no lo encontraba, porque la mamá, en su vigilia, se encargaba de volverlo a guardar hasta la noche siguiente. Casi nunca se lo daban de día, menos aún si otros chicos compartían el patio o la vereda. Sólo una vez, cuando estaba en la preparatoria, lo sustrajo subrepticiamente del escondite materno y se lució con su posesión frente a todo 3º “A”, aunque nunca había visto tan enojado a su padre como cuando se enteró de la travesura. Casi tres semanas lo privaron de su tesoro, hasta que las buenas calificaciones del tercer bimestre lo hicieron de nuevo merecedor de la confianza que había perdido. Con los meses, con los años, el objeto fue cambiando de color, pero siempre tenía tonos brillantes. Durante 1967 lució marrón, y fue degradándose hasta que en marzo del ´69 mostró un bello e intenso colorado. Una mañana del ´71 todos despertaron con la melodía monocorde que provenía de la hendidura del costado derecho, y que delató cómicamente el último y mejor estudiado escondite maternal. Dos años después hubo que dejarlo dos días completos sobre el alféizar de la ventana del patio, hasta que su temperatura bajó otra vez a niveles que eximieran del peligro de incendio, porque sorpresivamente se había recalentado hasta el punto de no poder sostenerlo sin protegerse las manos con un repasador de cocina. El mundo cambiaba, llegaron los milagros de la electrónica, las vidrieras de llamativos comercios mostraron dispositivos mágicos que tenían insólitas funciones, y que con el dólar a un peso podían adquirirse sin grandes sacrificios. Pero nunca, nunca en verdad, pudo conseguir otro objeto similar al que todavía guardaba su madre, aunque estuviese dispuesto a invertir en su compra dos sueldos íntegros, además del aguinaldo y las vacaciones. La última vez que lo vio era amarillo, cálido y melodioso, y brillaba como cuando era niño. Todo se perdió cuando sus padres se separaron, y enviaron los muebles a Villalonga, la guardadora que después quebró. Con los muebles iba el gran baúl que había pertenecido al abuelo Renzo, y dentro de él aquel maravilloso objeto. Vanos fueron sus esfuerzos por recuperarlo, y de nada le sirvió poseer el recibo de Villalonga: abajo, en letras pequeñas, advertían que un atraso de 3 meses en el pago causaría la pérdida de lo que se había almacenado en los depósitos. Pero bien recordaba que la última vez que lo vio era amarillo, cálido y melodioso, y brillaba como cuando era niño, como nunca había visto brillar ninguna cosa sobre la tierra.

 

Héctor Gorla, Abril de 2002