Camafeo Santillán.

Es el final, claro. Mentira, no vemos pasar una película, la luz blanca al final del túnel es un simpático invento, que no existe. Todo lo que hacemos es inquirir por el punto, por los tres, cuatro, no más de cinco puntos que marcaron esta vida. Si no hubiese visto ese día a Jimena cuando regresaba de la reunión semanal con los compañeros de lucha, quizá de no haber desistido de aquel viaje, a lo mejor, si llegaba al andén dos o tres minutos más tarde…, y todo así. Cuatro o cinco puntos, nada más, y uniéndolos seguramente tendríamos la vida tal como fue. Si nos equivocamos en la elección podemos elaborar matices diferentes a los originales, pero en última instancia no existirían variaciones considerables. Y en el final, nadie quiere errar en estas graves cuestiones, si es suficientemente pujante el deseo de morir en paz. Siempre hay tiempo para llegar a una conclusión, la conciencia jamás desaparece hasta que nos hacemos de la respuesta adecuada. Una penosa agonía de varios días, o la súbita caída por el hueco del ascensor, nos proporcionan el instante preciso para definir el problema que nos ocupa. Así que no hay prisa, pero debo decidir. Y seguramente si llegaba al andén con retraso, Maximiliano habría seguido ahí, exánime, desangrándose. Jimena volvía de su clase de literatura alrededor de las cinco, y yo soy también una persona apegada a ciertos horarios más o menos estables. Otra mañana, otra tarde de abril, el amor habría llegado. Ese era un punto ineludible. Si hemos de establecer un jalonamiento de importancia, una jerarquización entre las decisiones propias o ajenas que nos definen, también es fundamental mi idea de llevar el palo, cansado de la injusticia que atormenta al país. Mi madre debería haber aceptado el trabajo en Salta, los dos nos hubiésemos ido lejos, y ella misma no estaría ahí, callada, esperándome en vano. En esta instancia, nuestras acciones se cruzan con las de los otros, así que en realidad un punto nuestro lo es también de alguien más, para quien puede significar un recodo, una bisagra. Alfredo, en su uniforme azul, estaba cerca del andén, con el dedo en el gatillo. Lo miré a los ojos, creo que le pedí clemencia. Para Maximiliano era tarde, quizá también para mí. El amor de Jimena habría llegado de cualquier manera, y la muerte también. Ahora lo sé, la muerte y el amor no se anuncian. Eso fue. Lo demás cambia, no eso. Alfredo no usó balas de goma, no tuvo piedad. Me pregunto cuánto tiempo tardará en darse cuenta -cuando llegue el momento- de que esa estación, ese gatillo, son el centro de su vida, el punto que verdaderamente deberá descubrir, lo que ya no conseguirá soslayar. Me arranca la bufanda, me sacude, pretende que me levante. También es tarde para él, ahora. Sólo que todavía no lo sabe.

Héctor Gorla, 29 de Junio de 2002