TRASNOCHE.

Mucha gente se había reunido en la plaza de las Tullerías, esa tarde, para ver cómo el hombre subía al cadalso con paso inseguro. Trastabilló, estuvo a punto de caer, pero la marcha debía continuar: dos guardias lo conducían con firme voluntad, decididos a llevarlo hasta el fin. Alguien le dijo unas palabras, sonidos vagos que el hombre no comprendió, sumergido en aquel estado de semiinconsciencia que apenas le permitía mantenerse de pie. Repasó mentalmente, mientras a su alrededor se hacían los últimos preparativos, los días anteriores; todo había sido demasiado vertiginoso como para comprenderlo. Todo había sido también muy confuso: una calle obscura, un grito en las sombras y el cuerpo que cae, herido de muerte. Otra sombra que huye, y la calle desierta a esa hora de la noche… Nadie lo había visto, y sin embargo todos comprendían que había sido él, como si se tratara de la única persona en el mundo con un motivo lo suficientemente valedero como para dar muerte. Notó, con cierto estupor, que lo ponían de rodillas y le acomodaban la cabeza en la guillotina. Se dijo que era inocente, que algún día se sabría la verdad, qué verdad. Aquella noche, él llegó a casa más temprano. ¿Cómo probarlo? La calle, la niebla que cubría a la ciudad, las solapas del impermeable sobre el rostro. La portera no lo había visto entrar, únicamente aquel día. Y mientras tanto, silencio en la plaza de las Tullerías. Una persona, nada más, sabía que él estaba aquella noche en el extremo opuesto de la ciudad: las palabras de amor, las caricias furtivas y el cuarto hediendo a humedad: nada más. Sus ojos, los de la mujer, eran marrones, y su cabello lucía una rara gama de colores que abarcaba desde el negro más intenso del nacimiento hasta un rubio chillón, a la altura de los hombros. Ella, la única. Solo, caminó el trayecto que lo separaba de su casa. Sentía necesidad de hacerlo de ese modo, no obstante tratarse de una considerable distancia. En la penumbra apenas herida por el cuchillo de luz de un farol, con frío, envuelto en una densa neblina, tropezó con algo. Se arrodilló y lo tocó: un cuerpo, un cuerpo frío, seguramente muerto por un puñal de luz. Miró a su alrededor: la calle Leblanc y la intersección con la Avenida Clerc. No podía haber caminado tanto; una mujer rubia acababa de estar con él en el otro lado de la ciudad, y de pronto se encontraba allí, tan lejos, sólo cinco minutos más tarde de haber besado sus labios por última vez. En efecto, hacía frío, pensó, pero tenía ya poca importancia. La multitud, siempre silenciosa, aguardaba. Una mujer rubia había dado aviso a la policía, y ahora observaba, con ansiedad, cómo la cabeza del hombre rodaba un instante y finalmente se detenía, despidiendo sangre, en uno de los extremos del cadalso, a los pies del verdugo, mientras el hombre se decía que para la vez siguiente tendría que ser más cuidadoso.

23-5-80