(Ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en Buenos Aires… Lo supe gracias a Héctor Vázquez.)

 

 

 

Torta italiana.

El servicio de correos funciona cada vez peor. ¡Parece mentira que en 1942 ocurran estas cosas! Es cierto que la guerra ha trastornado todo, pero una carta enviada desde Italia no tiene por qué perderse así como así.

La mayoría de nosotros hemos nacido aquí, en Buenos Aires. De los cinco hermanos que somos sólo Giácomo, el mayor, vivía antes de que papá y mamá emigraran. Pero cuando lo trajeron tenía apenas dos años –o creo que no los había cumplido aún-, así que no recuerda absolutamente nada de su Lombardía natal, y está en las mismas condiciones que el resto de nosotros.

Hace dos lustros que nuestros padres zarparon en un barco viejo y mugriento rumbo a estas tierras nuevas, esperando encontrar acá quién sabe qué cosa que jamás encontraron. Cuando la costa de la península iba desdibujándose en la bruma de aquella mañana, tenían la firme intención de regresar pronto. Allá quedaban hermanos, padres, familia…

Sí: me parece que lo mejor es ir al correo a elevar una queja, una protesta enérgica. Que por lo menos sepan el daño que nos han causado…

Pero sigamos. Decía que anidaban la esperanza de regresar al cabo de corto tiempo, con los bolsillos llenos. ¡Hacerse la América! Una vez aquí, la América se los devoró, la vida se hizo más y más dura, con la llegada de nuevos hijos que eran otras tantas cargas económicas… Recién hoy podemos decir que subsistimos con bastante decoro, gracias a la verdulería que papá logró instalar en la parte delantera de la casa. Esta última no nos pertenece, claro, pero su dueño no se opuso a que nos proporcionáramos el sustento de ese modo.

El trabajo de la verdulería es agotador. Hay que levantarse muy de madrugada para…

¡Al diablo! ¿A quién puede interesarle la verdulería, o el resto? A lo que quiero referirme concretamente es a la carta que no llegó, provocando los acontecimientos que paso a consignar.

Hace diez días cumplí los ocho años. Recuerdo que unos meses atrás, cuando por casualidad hablábamos durante la cena sobre la fiestita que habrían de hacerme para esta ocasión, tuve la mala ocurrencia de pedirle a mamá una torta italiana. Ella y papá se la pasan hablando de Italia y de sus maravillas, que quizá algún día nosotros podríamos conocer. El hecho es que la idea surgió en mi bulliciosa mente con el entusiasmo propio de la edad; mis padres no se opusieron a tal ocurrencia, y más aún, no distaban mucho de ser quienes más la alentaban: aquella sería una manera alegórica de recordar a la lejana patria…

Todo quedó convenido, pues: mamá le escribiría a su hermana, la tía Colombina, pidiéndole que nos hiciera llegar dos kilos de la mejor harina italiana, y explicándole la causa de tan insólito pedido. Así se hizo, y tía Colombina contestó diciendo que no había ningún inconveniente en ello, pero que nos lo enviaría poco antes de la fecha de mi cumpleaños, para que no se echara a perder.

Sin embargo, no todo era alegría y precoces preparativos de fiesta, ya que tía Colombina le comentaba a mamá, en otro párrafo de su carta, que abuelita no estaba bien de salud: sus setenta y ocho años penosamente vividos le pesaban ya, y no quería morir sin antes haber visto a su hija mayor por última vez.

La lamentable verdad, con todo, era que de ninguna manera nos encontrábamos en situación de viajar a Italia. Aún vendiendo todo cuanto poseíamos, sólo alcanzaría para el pasaje de mamá, que no quiso llegar al supremo sacrificio que algo así significaría para todos nosotros…  Además, confiaba en que su madre habría de mejorar muy pronto.

Ya he dicho que el 15 de este mes fue mi cumpleaños. Un día antes, es decir el martes por la mañana, recibimos la harina que nos enviaba tía Colombina, en un hermoso frasco de vidrio con tapa a rosca… Sólo que la carta que venía pegada al recipiente había sido arrancada por manos inescrupulosas, o bien por los caprichos del destino.

El entusiasmo que nos conmovía a todos cuando destaparon el frasco y nos permitieron atisbar en su interior era indescriptible; el episodio era por sí mismo una fiesta completa.

El contenido nos asombró vivamente. Aquello no era lo que nosotros conocíamos con el nombre de “harina”, pero había que tener en cuenta que ésta era especial, ya que estaba hecha con el trigo de Sicilia. Mamá también sintió curiosidad por aquel polvito tan peculiar, y papá otro tanto. Deliberaron brevemente, y llegaron a la conclusión de que si tía Colombina lo había enviado, seguramente por algo sería. Quizá se tratara de un nuevo producto de repostería, o algo así.

No había que seguir dudando: la torta se haría, y los pequeños lo festejábamos bailando y corriendo alocadamente por la casa.

Mamá pidió que nadie la molestara, y se puso manos a la obra. De vez en cuando alguno de nosotros quería penetrar en la cocina para enterarse de cómo marchaba todo, pero era imposible lograrlo; a lo sumo podíamos ver, a través de los cristales empañados de la puerta, la forma en que preparaba la masa y, luego, la colocaba en el molde.

Por fin todo estuvo listo. Cuando hubo que llevar el molde con su contenido a la panadería de la otra cuadra, todos quisimos ir. Don Carlos, el dueño del establecimiento, era una buena persona y accedió con gusto a prestarnos un lugarcito en su horno. Decidimos esperar allí mientras se cocinaba el bizcochuelo; en casa, ya habían quedado preparados el chocolate y la crema.

El asombro de los panaderos a cargo del horno era grande. El bizcochuelo de mamá no levaba, así que creyeron que no le había puesto la suficiente levadura. Pero ella no cometía errores de ese tipo; aseguró que la masa estaba bien preparada, y que lo que hacía falta era que la dejasen un rato más en el horno. Así se hizo, pero cuando finalmente sacaron el bizcochuelo, a punto de calcinarse, comprobaron que lo que había quedado era una capa de dos o tres centímetros apenas.

Extrañada nuestra madre, asombrados nosotros, pero sin conceder al asunto demasiada importancia, volvimos a casa con el humeante compuesto en nuestras manos. Lo pusimos a enfriar en el alféizar de la ventana de la cocina, que daba al patio, lugar por demás adecuado, ya que era lo suficientemente elevado como para quedar fuera de nuestro alcance.

Por la noche se procedió a decorar el bizcochuelo, y entonces sí, la torta estuvo lista. El resultado de tanto trabajo no era una torta común, sin embargo: era mucho más delgada. Pero aún así, con la crema y el chocolate que la recubría su aspecto resultó ser francamente tentador… Demasiado tentador, diría yo, para un hogar pobre como el nuestro lo era, en donde una torta significaba un acontecimiento de verdadera importancia.

A la mañana siguiente madrugamos todos: era un día de fiesta. Lo primero que hicimos los menores fue ir a ver la torta, que seguía allá arriba, inexpugnable, en el alféizar. Desayunamos con rapidez, y no partimos hacia el colegio sin antes pasar a verla por última vez, como para despedirnos de ella… Finalmente, con una gran pesadumbre, nos fuimos de prisa (no obstante que era mucho más temprano que de ordinario), quizá en la creencia de que de ese modo volveríamos antes a casa.

Pero la jornada fue muy, muy larga, en el colegio, en especial para mí, que por la tarde iba a ser el agasajado… Mis hermanos me trataron con mucha deferencia esa mañana, en los recreos (me parece que fue la única vez que Giácomo no me pegó), ya que los había amenazado, para el caso contrario, con un atroz castigo, que consistiría en no darles una porción de mi torta, de mi torta italiana… (Claro que yo no iba a hacer eso; alguien anda por ahí diciendo que los niños somos crueles, pero yo no me habría atrevido a perjudicar en tal medida a mis hermanos, aunque me hubiesen maltratado como siempre.)

Y así fue que, en efecto, ninguno de ellos se quedó sin probar ese postre preparado con tanto cariño, y esperado con ansiedad aún mayor. Mis padres también comieron, pero puedo afirmar que la mayor parte fue a dar en el fondo ávido de mi estómago…

A estas alturas ya no me cabe la más leve sombra de duda: tenemos que protestar ante el correo. So sí, creo que lo más conveniente será que lo haga papá, pues nadie le prestaría su atención a un jovencito que acaba de cumplir ocho años, aunque las circunstancias lo impelan a decirlo todo…

Y bien. Ya no quiero seguir recordando esto; sólo agregaré que esa tarde, una vez que nos hubimos aseado convenientemente (incluido papá, que tuvo que cerrar la verdulería más temprano), nos sentamos a la mesa y rodeamos el codiciado manjar de chocolate, crema y harina italiana experimentando una feliz sensación de festividad. Con una solemnidad rayana en lo ceremonial, papá trozó el pastel y dijo algunas palabras alusivas a Italia; a continuación, mamá sirvió chocolate caliente y puso una porción de aquél en cada plato, habiendo reservado para mí, desde luego, el trozo mayor (¡maldita sea mi suerte!).

Comenzamos a comer… Los primeros bocados fueron digeridos con rapidez: la ansiedad y la voracidad empujaban esa porquería por el tubo digestivo. El verdadero gusto del inverosímil alimento no lo percibimos sino cuando habíamos ingerido una considerable proporción de él, camuflado como estaba con tal cantidad de crema y chocolate…

Papá fue el primero en observar que el pastel no sabía del todo bien. Un bocado más, y concluyó que era francamente asqueroso. De inmediato nos manifestamos todos de acuerdo con esa opinión, pasando sucesivamente por el asombro, la decepción y la contrariedad… Nadie quiso continuar. Lo que quedaba fue arrojado a la basura, donde los perros lo lengüetearon hasta despojarlo de su dulce.

Mamá preparó pan con manteca, lo espolvoreó con azúcar, y en eso consistió la celebración, después de tantos aprontes… Una tristeza general flotaba en el ambiente, mientras afuera, en la calle, iba haciéndose la noche… No dudo de que jamás tendré, en los años que viva, otro cumpleaños tan penoso como aquel.

En todo esto, sin embargo, hubo algo que pudo ser peor: las consecuencias físicas. El benjamín de la familia sintió un ligero malestar estomacal esa madrugada, pero nada que no pudiera subsanar un té de boldo muy cargado.

Ha transcurrido ya más de una semana. Hoy, hace apenas un momento, recibimos una carta de tía Colombina, y todas las incógnitas se disiparon… Es una carta breve, concisa, “itálica”… Mamá está desmayada, y lo mejor será que vaya a ayudar a los demás a tratar de reanimarla, aunque se me ocurre que vamos a tardar un buen rato en conseguirlo, debido a que el shock emocional ha sido en extremo violento… Voy a dejar la carta sobre esta mesa, para que puedan leerla… Pero no me iré sin antes hacer constar que el escándalo que hemos de orquestar en el Correo Central va a ser mayúsculo, y dará que hablar; incluso es posible que salgamos en los diarios…

“Querida Luisa: No tengo mucho para decirte. Te escribo más que nada para disculparme con vos y con tu hijo, por no haberles hecho llegar aquella harina que me pediste en una oportunidad. Como te imaginarás, la angustia no nos permitió pensar en nada; todo sucedió con demasiada rapidez… ¡En fin! Estas cosas pasan, y debemos resignarnos. Adiós, hermana; cuídate, y en tu próxima no dejes de hacerme saber si recibiste sin dificultades las cenizas de mamá. Cariños. Colombina.”

 

20-7-80