la frase intrusa

 

Parker 51.

Hoy, la mayoría de los escritores trabaja con procesadores de texto, correctores ortográficos y estadísticas de estilo. Es más, se venden en el mercado unos programas para computadora que, provistos por el usuario de la idea básica, son capaces de “escribir” un cuento en forma artística y elaborada. Más aún: se dice que los creadores de un software con estas utilidades demandaron por plagio a un famoso escritor de la Europa oriental, cuyo último libro de cuentos fue un éxito acabado. Pero sin llegar a tanto, y hablando en serio, se conocen casos de literatos que no trabajan sino frente a la pantalla (monocroma o color); así que si los escritores de la Edad media estaban limitados por la luz del sol, los de hoy dependen del aprovisionamiento eléctrico (110 ó 220).

El único caso de un escritor famoso que no recurría a la electrónica era el de C. S. Al menos era el único que Juan conocía. Quizá si C. S. hubiese trabajado de otra manera habría dejado más material escrito. Pero no: siempre prefirió la pluma fuente y el papel rayado; así que cuando murió, a fines del año pasado, sólo dejó dos colecciones de relatos breves como muestra de su talento inmarcesible.

Juan casi no podía creer lo que el supervisor le contaba. Se había enterado de que C. S. había muerto muy pobremente, tal como vivió. No tenía casa, o auto, mucho menos tarjeta de crédito o respaldo bancario. Todas sus miserias habían ido a parar a un viejo arcón de madera, que algún pariente más o menos cercano confió al depósito por diez o quince años. Y ahora el supervisor le comentaba que él en persona había acomodado el arcón en una estantería del sector 4B, al fondo de los depósitos de Madero, y que todo lo que había en él era mugre.

--¿Cómo que mugre? – preguntó Juan.

--Sí, cosas sin valor. No hay papeles, claro. Anteojos, ceniceros, zapatos viejos, naipes, el retrato de una mujer… Sólo mugre.

--Sabés que no se puede abrir esos arcones hasta que no venza el contrato…

--Sentí curiosidad, y no quise esperar quince años. Pero escucháme, Juan: ¿quién va a acordarse de que acá están esas porquerías? ¡Montoto!

--Aún así…

--Quedate tranquilo, no pasa nada. Dejé todo como estaba, hasta con los precintos originales.

--Si vos lo decís…

Hubo un silencio. Juan tenía que volver a la oficina del primer piso, y el supervisor ya no parecía dispuesto a seguir hablando. Fue entonces que Juan recordó a qué había ido a ese galpón, y le pidió al supervisor que le firmase unos papeles que debía archivar.

El escritorio del supervisor era pequeño, al igual que su usuario. Sobre él, en medio del desorden de papeles y junto a una foto familiar, un vasito-calendario contenía dos o tres bolígrafos con el logotipo de la empresa. Iba a tomar uno de éstos, pero se detuvo: en vez de eso, miró a Juan y metió la mano en un bolsillo del interior de su campera. Extrajo una pluma fuente de cuerpo negro y capuchón plateado, que Juan reconoció como la clásica Parker-51.

Firmó con ella, volvió a encapucharla y tras entregar los papeles extendió la Parker a Juan, mirándolo con simpatía:

--¿Te gusta? Es tuya.

--¿Por qué? Es demasiado valiosa para obsequiarla.

--Va por los favores que me hacés en la oficina. Vamos, tomála. Yo prefiero algo más moderno, como la footing-ball.

--En ese caso…, gracias.

Juan la tomó, y se estremeció. Al mismo tiempo se oyeron unos pasos acercándose al galpón, y los dos se despidieron. Cuando Juan salía se cruzó con el gerente de planta, que lo saludó secamente. En un gesto instintivo había disimulado la Parker-51 entre los papeles, y antes de llegar a la oficina la confió a un bolsillo trasero de su pantalón.

Al entrar en la oficina se precipitó sobre su teléfono, que sonaba. La voz que se oyó en el auricular fue la del supervisor, amistosa:

-No tuve oportunidad de decírtelo: te confío esa Parker porque sé que sos lector de C. S., su dueño anterior.

--No me digas que proviene del…

--Sí, pero ya está. Era lo único importante que había. Vos no tenés nada que ver… Disfrutála.

Y colgó. Juan apoyó con lentitud el auricular sobre la horquilla, a la vez que acariciaba el promontorio que la Parker-51 formaba en la parte de atrás de su pantalón, y pensaba en qué cantidad de baúles podía haber abierto su amigo-ladrón-supervisor.

 

 

1994