El desviador.

 La humanidad está hecha de dilemas. Sabemos (más o menos) que dos más dos son cuatro y que de un limonero sólo podemos arrancar limones, pero no son estas argucias las que nos forman, sino los enigmas. Que si los platos voladores existen, que si el hombre llegó a la luna aquel día, que si Paul McCartnet murió y lo reemplazó un clon, o lo que sea que exista más allá del universo, es materia de la imaginación y de la opinión. Borges lo dijo: uno no vive con sus certezas, sino con sus opiniones. Y entre tantos signos de interrogación que sobrevuelan nuestras cabezas como angelitos rococó, qué mejor manera de ensombrecer el día que preguntarse si somos así porque lo traemos desde Adán, o por los mandatos o contramandatos sociales que nos allanaron el camino. A éste le gusta la música y deja los estudios de arquitectura, aquella tiene la bombacha floja, éste es trolo, fulanito sólo sirve para contar guita y menganita es la mejor taquígrafa del Congreso...

 Como sea. El asunto aquí es que el personaje de nuestra historia tuvo facilidad desde pibe para evadir los castigos, incluso cuando indudablemente los merecía y un lindo chirlo o una filípica flor y truco no podía sino contribuir a su educación informal. Siempre terminaba convenciendo a los mayores de las inconveniencias del escarmiento, de la incertidumbre probatoria, y por misteriosos caminos coloquiales llevaba a su padre, a su madre o a cualquiera que pretendiese ser su verdugo (más fácilmente a su madre) a un floreo verbal en que el pecado y la culpa se diluían sin que el interlocutor recordara cómo había comenzado la cosa.

 Habilidad natural o práctica social, vaya uno a saber. He ahí el dilema, para decirlo en buen románico: sos o te hacés. Probablemente sea una emulsión de las dos cosas. El que descubre que se mueve bien en el agua, va al club y se tira a la pileta para mejorar la destreza. El que se siente cómodo jugando ajedrez, o tocando el violín, estudia, practica, ensaya. Y nuestro personaje, advertido de la pericia germinal, fue por más y se perfeccionó.

 Descubrió a muy temprana edad que una palabra estratégicamente colocada en una plática trivial o en una carta a los Reyes Magos, funcionaba como disparador y facilitador de su voluntad. Y con el acopio de palabras y la superación de las técnicas, la vida se convirtió en un asunto menos tedioso y más adaptable a sus caprichos. No tardaron los amiguitos en darse cuenta de la potencialidad de tales artes, y lo sobornaron con lisonjas para que negociara permisos paternales a salidas inusitadas, o persuadiera al de la boletería del cine de que permitiese la entrada de un grupúsculo imberbe a la penumbra de la sala donde se proyectaba una para mayores de trece.

En el colegio secundario fueron proverbiales sus charlas de hora y media con algunos profesores, que al calor de las réplicas del astuto adolescente olvidaban dar las lecciones o tomar pruebas y soslayaban el oscuro comportamiento de todos los demás, ajenos a las artes conversacionales de su compañero.

 No tardó en advertir que la mujer era incapaz de resistirse al canto de sirena del halago engañosamente sincero, aunque ese costado de la cosa terminó por hartarlo a la edad en que los otros comenzaban a disfrutar los placeres de una compañera de ocasión.